Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Baphomet el Jue Abr 12, 2018 9:15 pm

No recordaba quién me había dicho que pasar desapercibido en una ciudad como París sería pan comido, pero de haberlo recordado, me habría asegurado de hacérselo pagar. Nada más lejos de la realidad. En las últimas dos semanas, desde nuestra llegada a la capital de Francia, nos habíamos topado con toda clase de problemas. Para empezar, estaba la siempre fastidiosa necesidad de encontrar una nueva residencia al establecernos en una ciudad distinta. El dinero no ha sido nunca un problema para mi: tras haber vivido tantos milenios no sólo he tenido el tiempo necesario para amasar una buena fortuna, sino que me resulta sumamente sencillo idear nuevas formas de obtener financiación; pero todo lo demás que implica el obtener algo parecido a un "hogar" me supone un auténtico suplicio en muchísimos aspectos. Para empezar, no puedo presentarme ante nadie en mi forma habitual. No sólo porque aterrorizaría a todo ser viviente a mi paso, sino porque eso acabaría de lleno con mis deseos de pasar desapercibido. Eso implica dos cosas, que debo usar mis dones para engañar a mis interlocutores, y que, además, tengo la necesidad de relacionarme con otras personas, algo que, francamente, prefiero evitar a toda costa.

Pero qué le voy a hacer, es un mal necesario cuando quieres establecerte en un nuevo sitio. Si eso hubiera sido todo, no me hubiera resultado tan molesto. Pero eso no significó el fin de mis problemas en absoluto. Sino únicamente el inicio.

Mi condición, en general, y mi forma de ser, en particular, me ha llevado a rodearme casi exclusivamente con aquellos que comparten mi misma naturaleza, o que al menos, se parecen a mi en algún que otro aspecto. Pero esa necesidad de rodearme de no muertos no implica que me lleve especialmente bien con ellos. En muchas ocasiones las disparidades que se manifestaban en nuestras formas de pensar, causadas en gran medida por la gran diferencia en cuanto a edad y milenios vividos, me provocaban auténticos dolores de cabeza. Los que acaban de convertirse se vuelven por alguna razón soberbios y temerarios, y desean a toda costa dejar su marca, hacerse notar, algo que resulta tremendamente problemático. Aparte de eso, resulta casi imposible controlarlos, y mucho menos con palabras. A ver, no es que me importe disciplinarlos, o dar fin a sus patéticas existencias (tampoco es que me fuera a costar mucho), pero eso me obligaría a tener que buscar nuevos sirvientes continuamente. En definitiva, demasiado tedioso. Por eso mismo acababa teniendo que lidiar con los problemas causados por semejante panda de patanes. 

Ni diez días habían pasado desde nuestra llegada a la ciudad, cuando ya teníamos a la inquisición pisándonos los talones. Mis avisos, dejando claro que en caso de querer cazar en masa o causar estragos debían hacerlo fuera del territorio cercano, para variar, fueron ignorados completamente, y como consecuencia, dos de mis sirvientes fueron ejecutados. Honestamente, ellos se lo habían buscado, y no es que su pérdida me resulte tan terrible en realidad, pero me molesta un poco que se reduzca el número de mis sirvientes. Con el paso del tiempo me di cuenta de que un número de veinte solía ser el más adecuado. No eran demasiados como para poder controlarlos, pero tampoco era un número tan pequeño como para no poder serme útil en mis planes. Quizá que haya dos menos no parezca una pérdida demasiado significativa, pero ellos eran los encargados del intercambio de información con los países del norte de Europa. Ahora me veía en la necesidad de encontrar a otros que tomaran ese rol. Y lo más fastidioso de todos: instruirlos. De verdad, ¿de quién había sido la maldita idea de viajar? Ah, sí, ahora lo recordaba. Mía.

A veces se me olvidaba el hecho de lo mucho que mi personalidad había cambiado a causa de la influencia de cierta persona. 

Al final, aparcado el tema de la búsqueda de una residencia hasta que las cosas se calmaran, las catacumbas acabaron convirtiéndose en mi nuevo escondite. Para variar. Es bastante triste lo mucho que me he acostumbrado al olor a humedad y suciedad, a descomposición, que siempre se respira en esta clase de sitios. Gran parte de mi eternidad se ha descrito por la necesidad de subsistir moviéndome en las sombras, hasta el punto de que a veces tenía que preguntarme cómo otros me veían. He caído demasiado bajo. Antes era considerado una especie de Dios maligno, un demonio capacitado para influir en la vida de la gente, y ahora... ¡Miradme! Compartiendo hogar con alimañas de toda clase. Hasta las ratas parecían querer mofarse algunas veces. Si no fuese por el hecho de que mi interés por casi cualquier cosa es prácticamente nulo, me habría vuelto loco (otra vez). Y todos los que me conocen saben que mi locura no suele venir acompañada por cosas buenas, precisamente. 

- Mi Señor, creo que les hemos perdido el rastro. Ya no soy capaz de detectarlos. -Kristóff habló en tono calmo, aunque su semblante, encogido por el miedo, delataba lo tenso que se sentía. No era de extrañar. Podía imaginarme perfectamente mi expresión en aquel momento. Y si mi simple apariencia era capaz de despertar pavor en otros, lógicamente la misma estando enfadado no era mucho mejor. Más bien lo contrario.

Bufé y asentí, sin molestarme en dirigirle una nueva mirada. El pobre vampiro no había hecho nada por lo que pudiera culpable. De hecho, había sido uno de los pocos que supo acatar mis órdenes desde el primer momento. Pero eso no me hacía sentir mejor, precisamente. Mis planes tendrían que posponerse por un tiempo por culpa del escándalo generado. No era de extrañar. Si de golpe aparecen desangradas ocho familias, una tras otra, en el espacio de tres noches, claramente la Inquisición iba a intervenir. ¡Si es que no se podía ser más estúpido! - Ya lo sé, yo tampoco noto su presencia, y su aroma se ha desvanecido. Aquí estaremos seguros durante un tiempo. No creo que se atrevan a seguirnos hasta este sitio. La oscuridad nos da ventaja. Aunque tampoco podemos estar tranquilos. No tengo claro hasta qué punto están implicados, pero hay algunos de nuestros iguales entre sus filas. -No es que pensara que pudieran ser rivales para mi, pero el resto de mis seguidores no correrían la misma suerte. Especialmente porque yo no iba a interponerme ni a protegerlos.

A excepción de Kristóff, el resto de mis sirvientes se dispersaron por la zona para turnarse con las labores de vigilancia. Las siguientes horas serían esenciales para saber si realmente les habíamos perdido el rastro o si aún no se acababa el peligro. 

Nos esperaba una noche larga.


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