Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Josephine De Lacy el Miér Abr 18, 2018 11:24 am

Agotada estaba ya de tantas compras, pero a Josephine le gustaba estar al tanto de todo lo que le concerniese. Si iba a donar uniformes nuevos para los niños del orfanato, ella misma debía participar en la elección de las telas y opinar acerca del estilo de la confección, no era dada a delegar nada, ni siquiera esas cuestiones. En eso gastaba sus horas en aquellos últimos días.

Quienes la conocían, sabían que era una mujer frívola y dada a lujos que la mayoría juzgaría de excesos. Pero no podía soslayarse su gran corazón, su generosidad… Aunque podía parecer que todas aquellas características difícilmente lograrían convivir dentro de una sola persona, pero así era en Josephine, la viuda de De Lacy.

Caminaba por el centro de la ciudad acompañada por dos de sus esclavos, uno jovencito recientemente adquirido y la otra su adorada Nkunda quien no era solo su esclava de confianza, sino también su amiga más querida. Sucedía que Josephine estaba en contra de las desigualdades sociales –otra de las tantas contradicciones de su vida-, tanto entre esclavos y blancos como entre hombres y mujeres, ¡cuanto más entre humanos y sobrenaturales! Por eso, por ese odio hacia los que promovían la intolerancia, era que se consideraba una fiel seguidora –y financiadora- de la causa de la Orden de los Insurrectos, un organismo fundado por rebeldes que se organizaba en secreto y hacía algún tiempo, con el objetivo de darle batalla a la Inquisición. Hacía algunos años ya que se había hecho a sí misma un juramento: siempre que pudiera ayudar a los diferentes, a los especiales, a los marginados, a los maltratados, a los sobrenaturales –como ella, como ella, como ella-, lo haría; era por eso que tomaba parte en la causa de aquellos rebeldes que tenían como norte lo que muchos considerarían una mera utopía.

Distraída por esos pensamientos caminaba Josephine, seguida de cerca por los dos esclavos. Se dirigían al coche que los esperaba en la esquina -pues ya se acercaba la hora del almuerzo y ella prefería regresar a la casa-, cuando un hombre la envistió con tanta fuerza que ella acabó de espaldas en el suelo y bastante aturdida. Nkunda gritó, Guekko se asustó al ver lo que había ocurrido con su señora y tiró los paquetes, pero Josephine mantuvo la calma. Lentamente se incorporó y, ayudada por los brazos fuertes del esclavo se puso en pie para ver a los ojos al causante de semejante atropello. ¡Qué horror! ¡Qué azoro! Lo pensaba, pero nada la perturbaba. Cuando lo vio, cuando sus ojos calmos entraron en contacto con los aturdidos de él, Josephine supo que en verdad era él quien necesitaba ayuda y que ella podía ayudar a ese hombre; así fue que acabó por sonreírle en lugar de soltarle alguna frase mordaz.


-¿Se encuentra usted bien? –le preguntó, como si toda aquella situación se hubiese dado al revés.



Cuando hay libertad todo lo demás sobra.

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Re: Señales | Privado

Mensaje por Maurice Dupré el Mar Mayo 15, 2018 11:41 am

Hacía tiempo que la vida de Maurice había dejado de tener sentido. ¿Cuántos años habían pasado desde que perdió a su familia? ¿Cinco? ¿Diez? ¿Quince? El tiempo en su mente era como una mancha densa y opaca que sólo dejaba entrever lo acontecido en los últimos días, suponiendo que no estuviera demasiado borracho. Por suerte — o por desgracia— para él, no contaba con apenas francos para adquirir alcohol, así que, siempre tenía que arreglárselas para robarlo de algún sitio. A veces entraba en las tabernas y hacía uso de su asombroso carisma para ganarse la confianza del tabernero y llevarse una de sus botellas. Para hacer esto, sin embargo, necesitaba estar sereno y concentrado, algo muy difícil dada su situación, con lo que, la mayoría de las veces —incluída la de ese día—, terminaba robándoselas a un pobre mendigo como él que había caído en el sueño hipnótico de la embriaguez.

Le dio un trago rápido y bastante largo para calmar la sed que azotaba su garganta. El vino estaba avinagrado y dejaba un regusto desagradable en la parte trasera de la lengua, pero hizo el efecto que Maurice buscaba. Se sentó en un poyete que había en el centro de una plaza, prácticamente vacía, y volvió a beber, esta vez más despacio. Debía controlarse si quería que esa botella le durara lo suficiente hasta conseguir otra.

Los rayos de sol impactaban directamente sobre sus ojos, así que, con ellos medio cerrados, observababa su alrededor como buenamente podía. Cuando llegó allí, después de hacerse con la botella, no había demasiada gente, pero la ceguera que le producía la luz le impidió ver que la plazoleta se había vaciado poco después de su llegada. Las figuras de unos hombres que se acercaban hacia él llamaron su atención, aunque demasiado tarde. Se levantó y fijó la mirada en el momento en el que uno de ellos le daba el alto. Inmediatamente supo que habían ido a por él, así que echó a correr, sin rumbo, con la intención de dejar atrás al grupo de inquisidores que lo perseguía.

Parecía que, después de tantos años, habían terminado encontrándolo. Maurice estaba seguro de que aquel día llegaría y, en los momentos de mayor lucidez, valoró muy seriamente si le compensaba seguir viviendo en esa inmundicia o terminaba con todo de una vez por todas y se entregaba él mismo a la Inquisición. Nunca llegó a hacerlo —no se encontraría huyendo, en tal caso—, pero las ganas de terminar con todo eran cada vez mayores. ¿De qué le servía seguir viviendo si no tenía ni a su mujer ni a sus hijos? Aunque no era capaz de dar respuesta a esa pregunta, ¿por qué su cuerpo le impedía rendirse y lo instaba a seguir corriendo?

Escuchó el chasquido de un arma y, acto seguido, sintió el impacto de una bala en el hombro. La botella, que no había tenido tiempo de soltar, cayó al suelo y se hizo añicos, aunque Maurice ni siquiera escuchó el sonido del cristal al romperse. Soltó un quejido y se llevó una mano a la herida, pero eso no consiguió relentizar su marcha. Las voces de los hombres tras él seguían pidiéndole que se detuviera, sin éxito.

Conocer las calles de la zona le ayudó a dejar atrás a sus perseguidores, con lo que pudo, al menos, respirar tranquilo unos segundos. Se escondió en un callejón y apoyó la espalda contra la pared mientras recuperaba el aliento. Su hombro le dolía mucho, aunque, al revisar la herida, vio que no era demasiado grave. Escandalosa, sí, pero podría curarse bien siempre que no se infectara. Respiró hondo y miró a su alrededor: había comercios y coches de caballos por doquier, y las aceras estaban repletas de gente que iba y venía inmiscuida en sus propios asuntos.

Salió de su escondite y comenzó a caminar fingiendo normalidad. La gente, sin embargo, se fijó en él demasiado rápido, con lo que terminaron delatándolo. Las voces de los Inquisidores volvieron a sonar en su espalda, dando comienzo a una nueva carrera. Maurice dobló una esquina en la que había un coche aparcado y se dio de bruces con una mujer que caminaba en sentido contrario. Ella cayó al suelo y él tropezó, haciendo que su brazo herido se resintiera más de lo debido.

¿Acaso te parece que me encuentro bien? —espetó, soltando toda la rabia y el miedo acumulados.

La esclava se espantó al ver el trato que le estaba profiriendo a su señora, mientras que el otro joven se movió para intentar alejarlo de allí. No obstante, a Maurice poco le importaron las intenciones del chico. Dio un par de zancadas y se coló en el coche —cuya puerta abierta esperaba a que su legítima dueña montara en él— rezando, por todos los medios, que los Inquisidores no le hubieran visto entrar.


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Re: Señales | Privado

Mensaje por Josephine De Lacy el Jue Mayo 17, 2018 11:51 pm

¡Pero qué atropello! ¡Qué hombre tan vulgar! Ella seguía sintiendo que debía ayudarle, pero la situación era en verdad incómoda aunque no se permitiría perder la seguridad que la caracterizaba, dejar de tener el control de las situaciones que vivía nunca estaba en sus planes. Se acomodó el cabello, pensando en cómo proceder, mientras lo veía usurpar su carruaje. A punto estuvo de ordenar al cochero que le solicitase al hombre que bajase cuando notó algo en la atmosfera, percibía miedo –uno tan poderoso como el que mostraba el hombre-, percibía odio y algo más, algo que reconocería en cualquier lugar del mundo: condenados.

Pocas cosas odiaba más Josephine que a los condenados, esas personas que se habían entregado a la inquisición y que usaban su sobrenaturalidad -sus dones, nada menos- a su favor, para volverse en contra de otros sobrenaturales. Notó que estaban cerca, al menos podía ver a dos cambiantes avanzando entre las calles –justo en dirección a ella- como si buscasen algo, o a alguien. Josephine miró al indeseable que la había atropellado y no le costó entender que él estaba huyendo, presupuso que lo hacía de los inquisidores que de momento eran dos cambiantes pero que podían estar en compañía de unos cuantos más que, aunque humanos, sabían bien como atrapar a cualquiera. Y eso, aunque le pesase, la ponía a ella también en peligro puesto que así como ella veía el aura de los cambiantes, ellos podrían ver la suya de hechicera. Debía salir de su vista inmediatamente pues no quería problemas con ellos.


-Nos vamos ya mismo de aquí. Carga todas las cosas, muchacho –ordenó y se movió apurada, con su personal por detrás.

Josephine subió al carruaje con su esclavo por detrás, afanado en no perder ningún paquete. Nkunda, en cambio, se ubicó junto al cochero luego de cerrar la puerta. Josephine corrió la cortina, pues quería mantener los ojos puestos en esos cambiantes, aunque cualquiera diría que tenía el verdadero peligro ubicado frente a ella, de hecho era eso lo que pensaba su esclavo, no necesitaba verle para saberlo, le bastaba con percibir su terror al tener que compartir viaje con el desconocido.


-Nuestro acompañante está herido, Guekko, fíjate si puedes hacer que la sangre deje de brotar.

El carruaje se movió y comenzaron el regreso a la casa. Nkunda estaba preocupada por la situación –y abría constantemente la ventanita que comunicaba el interior del carruaje con el frente, buscando directivas en la mirada de su señora que permanecía imperturbable-, todo había sucedido muy rápido y Josephine era consciente de que tanto el cochero como los esclavos estaban creyendo que su señora había enloquecido al dejar viajar con ellos a un tipo como ese.

-Usted sabe bien que acabo de salvarle la vida –le dijo al hombre y relajada se cruzó de piernas mientras se estiraba el vestido para que cayese a un costado-. Había al menos dos hombres tras usted, pero los hemos perdido, no tardaremos en salir de la zona comercial de la ciudad. Quisiera saber qué me dará a cambio usted luego de haberme atropellado como lo hizo y de que así y todo yo haya decidido salvarle el pellejo, señor… como sea que se llame. Claro que veo su herida, le aseguro que puedo ayudarle a que su dolor remita y que ésta cierre rápido, pero antes necesito alguna explicación y espero que sea entretenida, pues nos quedan unos veinte minutos de trayecto hasta mi casa.



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