Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

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Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Jue Abr 19, 2018 1:47 pm

"You'll never know the psychopath sitting next to you
You'll never know the murderer sitting next to you
You'll think, "How'd I get here, sitting next to you?"
But after all I've said, please don't forget".

- ¡SUFICIENTE!

Esa es la única palabra que todos en la Mansión De Louise temen. Emitida por la heredera de Ettienne y Gabrielle, la única con la capacidad de liderazgo, es señal de caos total. Y más cuando la acompaña de la oración más espantosa de todas: - iré a tomar un té y leeré una novela - eso significa que no estará todo el día en casa. La ama de llaves observa al mayordomo en tanto que, como si fueran telépatas, ambos hacen el repaso de cuántas personas están en la mansión habitando ahora mismo. Doce individuos exceptuando a la servidumbre. ¿Qué van a hacer con tantas personas? - signorina, lamento informarle que tenemos en casa dos licántropos a punto de ver la luna llena y a dos cambiantes con mal carácter y... - el mayordomo intenta indicarle que no es prudente que se vaya  - Entonces sería prudente, Romeo, que les indicaras que si no van a cumplir con la regla número uno de la casa, pueden retirarse - sonríe ladina caminando hacia su habitación.

El hombre se traga el sofocón de tal respuesta, voltea hacia la ama de llaves, ella puede tener mejor suerte. Madame Violet entra tras la joven para cerrar la puerta y mirarla con los brazos en jarras - me parece que fue usted muy grosera, con el pobre de Romeo, signorina. Él sólo quiere que todo esté en orden y... - es la única capaz de hacerla entender, excepto en ocasiones como ésta donde:  - ¡Y si entendiera cómo me duele la cabeza con tantas cosas por atender, me ayudaría un poco más procurando que no haya problemas en lo que salgo a tomar un poco de té y leo una novela! No falto a mis obligaciones y sólo me tomo un día a la semana. ¿O tendré que esperar a mañana donde viene la comitiva de Karl Hans? - eso es mil veces peor que dos licántropos y dos cambiaformas.

Por un momento duda en qué hacer, Annabeth lo nota y sabe que es el momento de la estocada final  - si consideran que pueden estar solos mañana, entonces me iré. Sólo no me engañes, porque ambas sabemos que no será así, En conclusión: nos vemos al anochecer - toma su bolsito, el sombrero y sale escopeteada a toda velocidad para evitar que ella pueda encontrar una sola hendidura en su discurso e impida que se aleje. Baja las escaleras sonriendo con diversión pensando que lo tiene, está a punto de ser libre - Signorina Annabeth, ¡Signorina Annabeth! - casi lo logra. Se detiene volteando a mirar al primer piso donde la mujer asoma medio cuerpo para detenerla - ¿Y qué haremos si se pelean? - la joven se queda pensativa hasta que recuerda algo  - echad polvo de plata a cuatro cubetas llenas de agua. Si se pelean, les echas el contenido, verás que detienen el exabrupto - abre la puerta y sale para subir a toda carrera al vehículo que le espera ya.

El consejo no es malo, les arderá lo suficiente para separarse y entender que en la Mansión no se resuelven los conflictos a puñetazos. Sonríe sin creer que lo ha logrado cuando recarga la espalda contra el asiento mirando cómo el bosque que separa su hogar de la ciudad, va quedándose atrás. Una vez en pleno centro, baja del carruaje para hacer una actividad que le agrada de verdad. Se introduce en la primera librería que encuentra, es una de sus favoritas. Busca entre los libros antiguos y los nuevos algo que le llame la atención. Su dedo enguantado recorre los lomos de los tomos con una sonrisa distraída. Elige uno sorprendida de encontrarlo, al tiempo que alguien más lo toma. Voltea a mirar intrigada al propietario de esa mano que está sujetando al mismo tiempo que ella una edición del Manuscrit trouvé à Saragosse. - Buen día, disculpe usted, es mi intención llevarme este libro - le observa con curiosidad.

No es un empleado del lugar, parece más bien un caballero. Por instinto, sujeta mejor el objeto haciendo que avance un par de centímetros en su dirección. Ha estado buscándolo durante meses, - puede buscar el suyo, si gusta - la consigna está ahí: busque el suyo porque éste, es mío. No va a soltarlo. No va a perderse de la narración que, dicen, es tan buena. Lo que ella no sabe, es que es el único ejemplar en todo París que queda sin dueño.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Vie Abr 20, 2018 3:53 pm

-No cuentes nunca con una mercancía el día que la necesitas…- Solía decir su padre cuando rentaba el negocio familiar en Holanda –Y mucho menos si estas deben cruzar el atlántico…- Refunfuñaba el último de los Fevre tras dar la decimotercera disculpa del día en uno de los múltiples talleres y casas de costura de la ciudad -¿O era la decimocuarta?- Poco importaba.

Tras recibir la nefasta noticia de que el cargamento de pieles exóticas provenientes de las colonias holandesas en Sudamérica sufriría un retraso de al menos otra semana debido a las continuas tormentas y borrascas que estaban azotando el océano, Bernard azuzó a los mozos de su almacén a terminar de preparan otros envíos menos exclusivos pero que tendrían que facturar lo suficiente para mantener los gastos durante unas semanas más. Los pocos obreros del almacén empezaron a apear a un ritmo más que aceptable el cuero curtido de bovinos ingleses y empezaron a mullir y limpiar la lana de borrego español. –Con un poco de suerte conseguiré que estas malditas lluvias no me arruinen el negocio- Cuando uno de los rincones del almacén quedó libre de cajas, vio como en una de las paredes del almacén, la humedad acumulada empezaba a anunciar una eminente gotera.
Gruñó en un gesto más animal que humano mientras recogía su abrigo largo de una percha cercana a la puerta del almacén y ahuecaba su sombrero de copa. Dado que parecía que el día no parecía que fuera a mejorar, parecía un momento genial para terminar la jornada laboral ahora que todavía tenía un negocio.

Más calmado en el anonimato que daban las concurridas calles de la capital francesa, pensó más tranquilamente que podría hacer en la única tarde libre que había tenido en mucho tiempo, aunque casi sin darse cuenta sus pasos lo habían llevado hasta una de las librerías más antiguas de París. Desde luego no sonaba mal perderse entre las enormes estanterías y con suerte adquirir otro tomo para su pequeña librería personal. Se le ocurrían pocos placeres mayores en esta época que olvidarse de todo leyendo un libro mientras la pesada lluvia de la capital golpeaba contra la ventana.

En cuanto cruzó el umbral, el cargante olor de las calles parisinas, una mezcla de humedad, empalagosos perfumes y otros olores que es mejor no describir fueron sustituidos por el cálido aroma de la madera de nogal, el papel antiguo, el cuero y un ligero aroma a polvo. Dejó que su instinto lo llevara de manera errática por el pequeño laberinto de estanterías hasta que observó un nombre inusual, "Manuscrit trouvé à Saragosse", una obra española que parecía más bien un compendio de historias conectadas entre sí. No recordaba haber visto nunca ese libro y menos traducido.

Distraído como estaba, no se dio cuenta que la delicada forma de una mano femenina también había asido el mismo ejemplar e incluso para alguien poco acostumbrado a tratar con gente, parecía poco dispuesta a permitirle llevarse ese libro. –Fantástico, parecía que aquel día no acabaría nunca. Sin poder evitarlo su nariz de abrió aspirando el aroma de la joven, un selecto perfume, matizado por el fresco aroma de los húmedos bosques que rodean la capital.

-Pardon madmoiselle, pero también esperaba poder disfrutar de este libro- sonríe Bernard sacando una de las más corteses sonrisas de su repertorio mientras mantenía la mano relajada pero firme sobre el curtido cuero de la tapa. –Es complicado encontrar una señorita con gusto por la literatura polaca del siglo pasado. Lamento contrariarla madmoiselle mais me gustaría añadir este libro a “Gitans en Andalousie”, uno de mis libros favoritos y obra del mismo autor, así que me haría un gran favor si retirara la mano-.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Sáb Abr 21, 2018 7:52 am

Su carácter desenfadado le ha brindado buenas compañías a lo largo de su vida, corta quizá para aquéllos que llegan a Phoenix, larga para quien tiene que pelear día con día durante veintisiete y pico de años. Puede que con las palabras adecuadas Annabeth se sienta en la condición de ayudar y proteger. Con las incorrectas, el individuo frente a ella se encontrará con pared en cada paso del laberinto de su carácter. Encrucijadas sin salida y quizá, en el peor de los casos, con una leona digna de un descendiente del León de Nemea. Así son los Moncrieff y su carácter forjado en su tierna infancia con sus padres biológicos fue en ocasiones un tremendo dolor de cabeza para los adoptivos.

El caballero empieza bien, demasiado. La hace observar sus ojos, deslizando la minuciosa inspección por su rostro y después, las ropas que le engalanan. Da un acertado punto por su gusto sobrio y agradable, quizá alguien versado en lides con quien pueda conversar apacible y al lado de una taza de té. ¿Por qué no? Sólo hay algo en todo ésto que no puede ignorar. Ella tira un par de centímetros hacia ella el tomo y él regresa esos dos centímetros y aumenta dos más hacia dirección contraria. Ésto es un estira y afloja donde Annabeth no quiere perder. Y mucho menos cuando escucha lo que él cree de la lectura por la cual están pugnando - es incorrecto, señor mío. No es una lectura polaca aunque está cerca geográficamente. Es un manuscrito ruso escrito por Jan Potocki. Es una novela gótica comenzada en 1797 y ésta es la primera parte de ella. Son historias entremezcladas, por lo que me había indicado uno de mis camaradas rusos, ambientada en 1715 cuyo protagonista es Zaragoza. Es una novela fantástica, donde incluso, hay personajes como gitanos, princesas moras, endemoniados, miembros de la Inquisición e inclusive, un Judío Errante. Se ha equivocado de lectura - y con el conocimiento de que él está confundiendo el libro, lo toma sin delicadeza colocándolo sobre su pecho.

El atuendo elegido para ese día de actividades frívolas, es tan claro como su propia alma. Con la cintilla roja en la cintura cuya finalidad es acentuarla aún más. Delgada y bien proporcionada, la figura femenina es delicada. El abrigo sobre los hombros imprime un detalle de cuidado por la lluvia afuera desatada. Es una fortuna haberlo traído porque no consideró la posibilidad de que lo nublado del día fuera a ser tan mojado. Parpadea con una leve sonrisa interesada en el caballero - puede preguntarle a messié Ferdinand sobre lo que le he explicado antes y le dirá lo mismo. Además, son pocos los ejemplares editados y muchos menos los traducidos al inglés. Por lo que este libro es un tesoro que sólo a los románticos de las fábulas y trasfondos fantásticos  como yo, puede interesar. Sin embargo, doy una nota alta por su segunda elección. "Gitans en Andalousie" es una lectura vibrante y llena de connotaciones educativas que prefiero leer en la intimidad de mi hogar, ahora, si me disculpa - hace una cortés reverencia antes de darle la espalda para ir a donde el encargado está cobrando.

Deja el libro sobre la encimera para que el hombre lo envuelva - mademoiselle De Louise, un placer tenerla aquí, ya llegó... oh, veo que ya lo encontró. Se divertirá mucho con este libro, sé que lo ha estado esperando desde hace mucho y para desgracia mía, es el único ejemplar que pude conseguir - el encargado es un hombre entrado en años, delgadito, con barba entrecana y unos ojos verdes chispeantes que hace las alegrías de Annabeth - messié Ferdinand. Agradezco el empeño mostrado en conseguir este ejemplar, de verdad, no sabe cuan contenta estoy de que lo haya conseguido - toma el bolsito para buscar las monedas que complementen el precio que le indica el hombre. Justo, siente la presencia de alguien más, por curiosidad levanta la cabeza para ver al caballero de hace unos instantes a su lado. Su expresión es de puro desconcierto - ¿Le puedo ayudar en algo más? - y por instinto, coloca una mano abierta sobre el libro.

No sabe por qué su instinto le indica que no ha terminado de conversar con el caballero y que su libro corre grave riesgo de ser secuestrado.


Última edición por Annabeth De Louise el Mar Abr 24, 2018 6:02 am, editado 1 vez


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Lun Abr 23, 2018 6:22 am

Debía haberlo supuesto, con el día que llevaba desde luego no iba a encontrarse con una agradable joven, simpática y que compartiera ya no solo su amor por los libros si no, uno de los pocos ejemplares que se encontrarían en París en aquel momento.  Por supuesto tenía que encontrarse con una señorita caprichosa y estirada, aunque admitía que prefería el descaro de aquella joven a la exasperante pasividad de la mayoría de las damas de su clase, que parecían estar más preocupadas por la adecuación de su vestido al día de la semana que a las toneladas de cultura que podían encontrarse en las calles de aquella ciudad. –Vamos Bernard seguro que podría haber ocurrido un encuentro peor en esta biblioteca, por ejemplo que fuera una de esas damas que tenía encargado alguna piel del envío retrasado- intentó consolarse el mercader a las que ya de por si las interacciones sociales no le hacían especial gracia, mucho menos una discusión velada como aquella.

Aquella parte más oscura de su ser que parecía regocijarse en su interior con el exceso de autocontrol que tenía que derrochar Bernard, bastante erosionado ya por el horrible día que ya empezaba a hacer mella en él. Sin embargo, se encontró por primera vez mirando más detenidamente a aquella joven, pese a que la dicción y las maneras eran perfectas, dignas de una dama de su clase, aquella confianza, tanto al hablar como en los gestos y sus conocimientos no parecían casar con el resto de damas de la élite parisina con las que por desgracia tenía el dudoso gusto de tratar normalmente.
Tal vez por aquel  extenso escrutinio a la joven damisela, no estuvo lo suficientemente atento ni mordaz a la locuaz respuesta de la joven, ni lo suficientemente hábil como para evitar que el suave tirón de la enguantada mano acabara por poner el libro fuera de su alcance. Cuando al fin se repuso y fue a replicar, con el mismo descaro del que había hecho gala durante toda la breve conversación, dejando a un azorado y cansado Bernard con la palabra en la boca. –Al menos ya se ha acabado este pequeño encontronazo- volvió a consolarse el mercader.

Sus ojos volvieron a pasearse por las estanterías llenas de historias y secretos en muchos casos más viejos que él, por mucho que aquella maldita enfermedad quisiera alargar de sobremanera su vida. La verdad es que en aquella sección abundaban novelas y otros escritos de gran prestigio de la literatura europea, precisamente por eso, le llamó poderosamente la atención encontrarse con una obra como “le monde des fantômes” de Antoine Agustín Calmet,  una obra de marcado corte fantástico que pretendía ser en muchos aspectos un tratado sobre el mundo sobrenatural. No era una obra habitual y menos algo de corte tan “fantástico” en aquella librería, por lo que pronto estuvo acariciando el suave cuero negro del encuadernado. –Tal vez en sus páginas pueda haber algo de cierto después de todo- pensó el licántropo mientras intentaba seguir encontrando información que le hiciera conocer algo más del mundo de la noche del que parecía formar parte.

Tras acabar de decidirse por aquel tomo del siglo pasado, se dirigió a la recepción de la prestigiosa librería, aunque se llevó una desagradable sorpresa al encontrar entablando una conversación a la señorita del condenado libro con el agradable tendero. Estuvo tentado por un momento a volver a esconderse en la intimidad que le daban las estanterías llenas de libros para no tener que encontrarse de nuevo con aquella dama, pero una parte de él encontraba cierto placer en llevarle la contraria a aquella señorita de alta clase, por lo que se acercó al mostrador lleno de libros y volvió a saludar cortésmente a la pareja. –Monsieur Ferdinand, menos mal que está usted por aquí, antes estábamos teniendo una pequeña charla mi nueva amiga aquí presente y yo sobre la procedencia de este sublime libro, sosteniendo mi amiga su pertenencia a los escritos rusos aunque yo sostengo que Jan Potocki pertenecía a la nobleza polaca de Podolia, por lo que me gusta reconocerle el mérito de tan célebre autor a la nobleza de este país.- El pobre tendero, que había captado la tensión en el ambiente miró alternativamente a cada uno de los dos clientes, carraspeando secamente decidió acabar con aquella situación por la diplomática calle de en medio, muy necesaria cuando se tiene que lidiar de cara al público con personas de carácter complicado como en aquel momento debían parecerle ellos dos. –Verá señor, aunque el primer libro se publicó por primera vez en San Petersburgo lo que ha dicho de su autor es verdad, por lo que yo tampoco sabría en que literatura clasificarlo… y ahora si me permite envolverle ese libro mademoiselle… - El azorado librero pasó a la trastienda con paso ligero, intentando salir de aquel pequeño atolladero.

-No la culpo mademoiselle, desde luego el clima político de Polonia es para no enterarse de nada y ya sabemos que los rusos tienen esa irritante costumbre de apropiarse de lo ajeno por cualquier método posible- apuntilló el mercader ocultando cierta sorna interior. Depositó el tratado sobre la mesa mientras llamaba con la voz un poco más alta al curtido vendedor –Maldita sea Ferdinad, la semana pasada me dijiste que no traías “esos cuentos de hadas mal escritos” y hoy me encuentro en tu estantería con la obra cumbre de Agustín Calmet- El viejo tendero salió de nuevo de la trastienda con el libro perfectamente envuelto –Y lo mantengo garçon, llegó en un lote de segunda mano hace unos días, si lo sacas de esta librería me estarás haciendo un favor, no quiero historias de majaderos ocupando sitio en mis estantes- concluye el tendero de manera tajante mirando el libro encima de su mostrador.


Última edición por Bernard Favre el Sáb Abr 28, 2018 10:10 am, editado 1 vez
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Lun Abr 23, 2018 9:56 am

Hay momentos en los que Annabeth se olvida de que no es la única persona en el mundo. Su primer gran defecto en ocasiones, es su protagonismo perenne en todas las situaciones creyendo que todo lo tiene que resolver o bien, todos le hablan o la buscan. Ver que el caballero con el que se disputara un libro estaba ahí para hablar con el librero le hace bajar la cabeza un poco. Sonrojadas las mejillas por mal suponer que el hombre estaba ahí para disputar de nuevo su libro y sólo aclarar el punto de su otrora mal encuentro la apenan. Alza la mirada curiosa al escuchar la conversación sostenida y los datos ahora sacados a la luz. Parpadea con la pregunta y, como si fuera un pequeño que quiere escuchar a su madre aclarar el punto, voltea hacia el librero con esa chispa de interés genuino.

La respuesta la hace parpadear y, sin que lo sepa, sus cejas hacen el típico gesto Moncrieff donde casi se juntan formando arrugas en medio de éstas. Su boca se entreabre confundida - entonces el autor es polaco y se publicó en San Petesburgo. Sí, sí, envuélvalo, por favor, messié Ferdinand. Y gracias por su contribución a mis conocimientos - su sonrisa es radiante dejando mostrar los muy parejos dientes delanteros, parte de su orgullo femenino, un detalle de estilismo que no es preocupante para la época. Ella es muy tajante con su higiene personal, con su apariencia ante los demás. Así que se pasa horas lavándose y perfumándose, así como usando los cepillos dentales que son una innovación para la época donde pocos cuidan de su dentadura. Es Annabeth una mujer preocupada por su futuro. ¿Qué dirán de ella si pierde algún diente por no lavarse? ¡Qué horror!.

La sonrisa se va borrando cuando desvía su atención al caballero de al lado, en tanto el hombre mayor ha ido a envolverle su libro, parpadea antes de que, es inevitable, vuelva a refutar - le reconozco el acierto ante la procedencia del escritor. Y no hay necesidad de apuntar hacia los conflictos político-económicos de nuestros hermanos de Europa Oriental, mucho me temo que no van a solucionar demasiado, no como nosotros, que ya tenemos ésto arreglado. Usted estuvo equivocado en cuanto al contenido de la obra. Consideraría ésto un empate. El libro me lo quedo yo, por supuesto - su sonrisa esta vez no muestra los dientes ni la alegría antes regalada. No. Es con una autosuficiencia y una expresión de triunfo que dan ganas de tomarla del fino cuello como el marfil y apretar hasta que quede el rostro azul. Si hay algo que estos veintisiete años no ha cambiado, es el ímpetu de competir y ganar. Es ese su segundo gran defecto, la vanidad por ser la mejor. Algo que su ama de llaves, madame Violet, ha procurado disminuir sin mucho éxito como puede apreciar ahora el licántropo.

El tercer gran defecto, es la curiosidad infinita que la mata y en este caso, no puede evitar mirar en la portada el título, su memoria se activa como si fuera un sonido a la distancia que llama la atención del minino interior que se hospeda en la joven. Sí, hay un felino habitando en su interior con tal desatino, que no puede contenerse. Ni siquiera escucha al par hablando, toma el nuevo libro en el mueble dejado con la ignorancia de lo que provocaría para hojearlo. Abre la boca asombrada antes de leer por encima algunas líneas - ¿Por qué no me dijo que tenía semejante obra en sus estantes, messié? - sigue pasando las hojas con rapidez. El hombre mayor la observa con pánico en los ojos - jamás me comentó que le gustase tal literatura, mademoiselle. Entiendo que Potocki sea de su interés por el tipo de lectura ligera que le agrada, más un tratado sobre vampiros es impensable en usted - el dedo índice enguantado se mueve de un lado a otro expresando un "no" - lo quiero - sentencia con el tomo aún en las manos.

El librero mira a uno y a otro - es el único en la estantería al igual que la obra de Potocki, no creo conseguir... - ella le interrumpe en tanto vuelve a mover el índice - no excusas, además, ya está éste, me lo quedo y éste también - los lleva a su pecho como si de ahí nadie se atreviera a quitárselos. ¿O sí?


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Mar Abr 24, 2018 4:50 pm

Se ahuecó levemente el sombrero mientras en su interior se formaba una pequeña sonrisa. No estaba acostumbrado a tratar con personas y mucho menos a confrontar con ellas tan diametralmente como le había ocurrido con aquella señorita, por lo que reunir el valor para revocar el descortés comentario de la joven era un verdadero logro para el licántropo, aunque hubiera tenido que ocurrir unos minutos después debido a su ya asumida incapacidad social. Verdaderamente había sido un pequeño regalo hacer titubear a aquella señora delante de un tendero con el que parecía tener confianza y sin perder nunca esa fachada de educación que le permitían mantenerse en un mundo que ya no acababa de comprender del todo, trabajo harto complicado dada la facilidad manifiesta que tenía aquella señora de alta cuna para sacarlo de sus casillas.

-Lamento mi frivolidad a la hora de tratar un conflicto geopolítico tan peliagudo e importante mademoiselle, suelo hacer negocios en esas latitudes y verdaderamente es un tema preocupante.- Contestó el mercader rápidamente ante el comentario de la joven, a sabiendas de que no era cortés realizar un comentario como aquel tan fríamente. Más aún le sorprendió el conocimiento de la dama respecto al tema en cuestión, las particiones de Polonia no eran ni por asomo un tema dentro del ámbito normal de las damas de aquella pomposa ciudad. No obstante, aquella sonrisa e intriga por lo versada de la joven en diversos temas se esfumó en cuanto volvió a relucir aquella cargante antipatía natural. Con un suspiro Bernard echó un vistazo rápido a una de las pesadas librerías de manera de nogal que enmarcaban la conversación. –Si tuviera un poco de suerte por hoy esa estantería se podría caer sobre mi cabeza y al menos perdería de vista a esta señorita- pensó verdaderamente hastiado de los desplantes de aquella señora. Tal vez por eso, por el horrible día que llevaba, por aquel tiempo tan húmedo que apenas dejaba salir de casa o tal vez verdaderamente aquella mujer era verdaderamente complicada de tratar pero algo le llevó a no dejar que aquella mujer continuara con aquella actitud. – ¿Acaso estábamos compitiendo en algún juego mademoiselle? Y por supuesto, puede quedarse con el libro, le vendrá bien para conocer algo más sobre ese excelente autor-

Pero para asombro del mercader, aquella señorita todavía podía sorprenderlo con su actitud, cuando haciendo gala de un descaro enorme como de un egoísmo supino se apropió de su segundo libro de la tarde. El último de los Fevre podía aceptar que le fastidiaran una tarde de lectura con una forzada caballerosidad, pero dos se le antojaba simplemente inconcebible. Ni siquiera dedicándole más tiempo a una respuesta se le ocurría una fuerza capaz de impedir que saliera de aquella librería con un tomo que podía contener tantas respuestas a sus muchas preguntas, por lo que más por instinto que por conocimiento, se acercó a la joven hasta pasar depositar su mano izquierda en el hombro de la joven mientras miraba al azorado librero–Lo que mi amiga quiere decir Monsieur es que si no empieza a traer más obras de este género perderá dos ávidos clientes de este local.- Sonrió de modo forzado a sus interlocutores, mientras debía reconocer que el fugaz tacto con la silueta del hombro de la joven le resulto extrañamente agradable. –Y ahora mademoiselle si es tan amable de devolverme mi libro...- sentenció con una voz más ronca de lo que hubiera considerado correcto el licántropo debido al contenido enfado mientras le ofrecía una mano vacía a la joven a la que miraba con severidad poniendo un especial énfasis en ese posesivo que se había vuelto tanto una cuestión de orgullo que en la representación de una agradable tarde de lectura junto al fuego. -Por esto nunca me cojo los días libres, son agotadores-.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Mar Abr 24, 2018 9:05 pm

Está por llevarse todo en el juego cuando le hacen mella las palabras del caballero. ¿Era un juego de poder? Se queda en suspenso pensativa antes de que por el rabillo del ojo aprecia la actitud de messié Ferdinand. La mortificación masculina está combinada con la del azoro. Las ocasiones en que ha visitado el comercio, se ha caracterizado por ser una persona amable y alegre. Esta nueva faceta no parece que le guste al dueño del lugar. Es sólo necesaria la mirada censurable para que ella se sienta avergonzada. Si va a comprar a ese lugar es porque el librero se parece en mucho a su padre, en su físico y trato. Se queda callada durante unos segundos sintiendo esa mirada sobre su persona tan típica de su padre cuando se había mandado una grande. Y si lo reflexiona, se la mandó.

Sobre todo, porque no puede pasar por alto el hecho de que el caballero ante ella le ha tratado demasiado bien, le llama "amiga" aunque no lo sea, ha soportado estoico cada embate y se pregunta si no se está excediendo en su trato con él y abusando de éste. De reojo vuelve a observar a messié Ferdinand quien dice lo que el otro hombre no es capaz por su educación - yo lo entiendo, me parece un poco desubicado que termine alguien con los dos libros y el otro, sin ninguno. ¿No lo cree mademoiselle De Louise? - y eso es suficiente para que el tomo llene la mano extendida hacia ella, más que la solicitud amable del caballero - me parece que te lo envuelvo, garçon, antes de que alguien se arrepienta y quiera llevarse todo - ese alguien aprieta el ojo izquierdo en unión de los labios como si hubiera recibido un golpe. Y antes de desaparecer, la remata por completo - una disculpa podría dejarla en mejor posición ante mis ojos, mademoiselle. No se preocupe, no voy a escucharla puesto que estaré adentro envolviendo libros - desaparece en la trastienda dejando a la joven con las mejillas rojas como la grana.

Sus pies parecen en ese instante lo más interesante del mundo. Las enaguas del vestido también, hasta que da un respingo cuando escucha la voz en la trastienda - no se preocupe, no tengo prisa, puedo estar aquí adentro toda la tarde, no la escucho hablar - se muerde la lengua echando hacia atrás un rizo que se escapa de su peinado colocándolo tras su oreja - de acuerdo, soy muy mala dándome cuenta de cuándo parar. De cuándo me he excedido y sé que con usted lo hice. Lo la-men-to - dice bajito antes de aspirar aire profundo y encarar sus problemas como lo que es, una dama, así que fija los ojos azules en los verdáceos del hombre antes de parpadear y luego, soltar poco a poco el aire contenido en los pulmones - quiero decir que mi conducta fue inapropiada, le pido encarecidamente que acepte esta disculpa, no es mi mejor día. Y supongo que con mi actitud, tampoco estoy haciendo fácil el suyo. Así que, para mostrar mi congoja por su incomodidad, le ofrezco fumar la pipa de la paz ofreciéndole algo que a usted le llamó la atención - y le ofrece el libro de Potocki.

Una pequeña sonrisa se planta en sus labios, mitad disculpa, mitad intento de agradarle - le pido que acepte el libro para que pueda demostrarle cuánto me apena el haber sido una irreverente, como le dije, en ocasiones me cuesta refrenarme, voy a trabajar en eso - le hace una reverencia esperando su respuesta. Al menos eso sí puede hacerlo. Tener la educación para no dejarlo con la palabra en la boca de nuevo. El librero sale de la trastienda entregando el libro a Bernard. Mira a uno y al otro - bueno, ahora que se solucionaron los problemas, me encargaré de encontrar un tomo extra de cada libro - Annabeth sonríe de lado asintiendo - me los guarda, por favor. El caballero se lleva ambos - Ferdinand la mira, después pasa sus ojos hacia Bernard, si eso es lo que quiere la joven, él no va a contradecirla, - son treinta francos y en cuanto lleguen, se los guardo, mademoiselle De Louise - espera el pago.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Miér Abr 25, 2018 11:37 am

Si tan solo hubiera tenido algo más de práctica en reuniones sociales, si recordara como leer los sutiles cambios en la postura del cuerpo, las diferencia en el brillo de las miradas de las personas, la rigidez en los músculos de la cara o la postura de las manos tal vez hubiera estado preparado para el giro de la conversación que llegaría tan solo unos instantes después, pero el licántropo había perdido la mayoría de aquellas actitudes tras años de autoexilio, tras muchos años de abandono social y de vivir tras la máscara que la sociedad parecía ya haber diseñado para hombres como él. Por eso, pese a que esperaba que el dueño de aquella librería acabara intercediendo antes de que el asunto pasara a ser un espectáculo muy negativo para la imagen de un negocio serio como aquel, no esperaba aquel tono tan sumamente cercano con la joven ni que aquel señor entrado en años desapareciera en la trastienda con la intención de darles algo de intimidad.

Apenas había asimilado aquella información, mandando una última mirada de súplica al tendero totalmente no correspondida, ya que este se hallaba ya de espaldas al joven cuando capta varios movimientos nerviosos por parte de su acompañante y cuando la miró levantar la vista de su vestido hasta sus ojos unos pesados sudores empezaron a calar su espalda. ¿Estaba siendo amable?¿Se estaba disculpando con él?¿A qué se debía ese cambio de actitud tan repentino?¿Sería alguna especie de broma de la alta sociedad a la que no estaba acostumbrado? Esas y muchas preguntas más se agolpaban en la frente del licántropo, que no había tenido otro remedio que secar su frente con un pequeño pañuelo blanco oculto en uno de sus bolsillos. Podía aguantar los desplantes y faltas de respeto con cierta facilidad, ocurrían a diario en su trabajo, pero poco o nada tenía de experiencia en un comportamiento social más cercano y amigable, por lo que por primera vez en muchos años se dio cuenta de que a su guion de caballero francés le faltaban muchas páginas por escribir.

Para empeorar aquella situación, mirar aquellos ojos azules tan claros de donde ya no quedaba apenas nada de la seguridad e hipocresía que destilaban hace apenas unos segundos estaban consiguiendo que al mismo ritmo que se mojaba su espalda, se secara su boca, por lo que en un primer momento le es imposible articular una respuesta a la cortés disculpa de la joven, lo que hace que su nerviosismo aumente aún más. –No… no hay de que disculparla mademoiselle, y si le sirve de consuelo no es ni de lejos lo peor que me ha pasado en el día-. Intenta suavizar la situación aunque el tono es varias veces más grave de lo recomendable para lograr ese efecto.

Baja levemente la guardia cuando la damisela hace una reverencia, gesto bastante más protocolario y estandarizado que el resto de la conversación, lo que le devuelvo un poco de control sobre la situación, aunque este es rápidamente destruido cuando su interlocutora le ofrece de aquella manera tan gentil quedarse con ambos libros, intención que comunica a monsieur Ferdinand antes de que el mismo pueda responder. Sus ojos se van un instante a la estantería de antes, que tristemente parece igual de firme y segura que hace unos instantes.

-Pero mademoiselle- comienza a hablar intentando recobrar la compostura lo mejor posible ahora que hay más personas en la conversación –no puedo permitir que usted salga de aquí sin ningún libro por el mismo motivo que usted no ha permitido que yo lo hiciera.- Aquellos ojos azules siguen mirándole, restándole cualquier acopio de resolución que pudiera encontrar y cuando parece que el último de los Favre va a caer de nuevo en un tenso silencio, sus labios se despegan sin que él casi sea consciente de lo que dice. -¿Qué le parecería a la señorita vernos en la cafetería de en frente la semana que viene para intercambiar ambos libros?  Así ninguno de los dos debería esperar a que el garçon Ferdinand encuentre otro de estos raros ejemplares. Por la pérdida de ventas no se preocupe Monsieur, pienso tener ese libro en mi estantería de todas formas- El tono de Bernard sigue siendo demasiado serio para transmitir la simpatía que intentaba imprimir en la propuesta, pero más raro aún era llegar a la conclusión de que verdaderamente esperaba poder volver a ver aquellos ojos azules en otra ocasión.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Miér Abr 25, 2018 2:44 pm

"Destapa el champagne,
apaga las luces,
dejemos las velas encendidas
y afuera las heridas".

Por una ínfima décima de segundo las hostilidades se han retirado y dos almas heridas se reúnen para intentar consolarse la una a la otra para crear un vínculo futuro que puede ser irrompible. Cual pequeñas hebras textiles, se reúnen para que Cloto, la Moira griega, en su huso, forme el hilo de la vida y del destino en tanto Láquesis lo toma para enrollarlo. Dos existencias unidas como en Japón, por un fino hilo rojo atado a sus meñiques que al contacto de la piel se vuelve irrompible. El destino no sólo es una palabra, es un verbo y sustantivo. Se forma alrededor de aquéllos que inconsciente de sus designios, obedecen sin darse cuenta de que una simple acción como una disculpa u otra diferente, como aceptar el error del otro y consolarle con un acto justo, son suficientes para seguir el camino trazado en el firmamento.

Así entonces, mientras Annabeth hace a un lado sus excentricidades, recibe un premio que la deja intrigada. Un intercambio de penitencia que no alcanzó a vislumbrar a tiempo y que sólo un viejo como Ferdinand pudo, con un colmillo retorcido, preveer y como un Cupido mortal, les lanzó una flecha atravesando ambas almas para ver el resultado. Una cita, una alternativa diferente a lo que acostumbra y la sonrisa se le escapa natural y afable. - No lo había pensado así. Y me gusta la idea, ¿Por qué no? - no puede más que reír con la propuesta, un sonido musical y alegre. No estridente o fingido. Si no muy natural al alma pura que lo emite haciendo brillar el resto del cuerpo humano. Resplandeciendo los ojos azules que se tornan chispeantes, sonrojando un poco las mejillas y removiendo un poco los cabellos haciendo que dos mechones se suelten del peinado elaborado obligándola a tomarlos entre sus falanges para colocarlos tras la oreja derecha.

Asiente mirando a Ferdinand que tiene esa sonrisa de viejo sabio - Bien, entonces quince francos para cada uno. Y consigo los otros dos ejemplares. Yo no pierdo clientes, los inculco a seguir atravesando mi puerta - cobra lo convenido y después de eso, Annabeth hace una reverencia - Nos vemos entonces la próxima semana, messié. Ah, cierto, mi nombre es Annabeth De Louise, un placer haberle conocido - le extiende la mano para estrechársela olvidándose por un momento que es una dama y que la etiqueta marca que le debiera besar el dorso. - ¿Le parece bien a las cinco como dicta la tradición inglesa? ¿O es demasiado temprano? - se mordisquea el labio inferior indecisa mostrando el colmillito izquierdo en ese gesto. - Yo tomaré té, el café tiene un efecto contraproducente por lo que dice mi ama de llaves, es demasiada concentración de energía que con posterioridad, no puedo controlar - confiesa con una expresión inocente que busca que el caballero no se asuste ante semejante idea.

Si ya la conoció "tranquila", seguro que no quiere verla "incontrolable". Es Annabeth capaz de tornarse en un huracán con la cafeína en el cuerpo. Sin saberlo, a pesar de su apacible apariencia, es un diablillo en potencia. Algo tiene que ver con el espectro autista heredado por su padre, bendiciéndola en parte con la inteligencia y el razonamiento lógico. Maldiciéndola con el hecho de que pocos pueden acercarse tanto a su círculo interno. Y Bernard tiene un punto a favor: es un versado de las letras, lo que desata su minino oculto en su interior para ir a juguetear y aprender a su lado. - De acuerdo, estaré a esa hora, si me disculpa, tengo que ir a leer - finaliza cuando el caballero expresa su parecer respecto del horario - con permiso, messié Ferdinand. Le encargo mi libro y muchas gracias por todo - se besa la palma de su mano para luego, echarlo al aire en dirección del maduro hombre que ríe divertido.

Se marcha con el libro en las manos contenta, al verla irse, Ferdinand decide de una vez hundir más la flecha en el cuerpo de Bernard - es una buena jovencita, si sabe ver los interiores de las personas. No se deje impresionar por cómo habla, que no le para la lengua, tenga la costumbre de ver sus ojos. Esos no le mienten, los de ella, no lo hacen. Ahora sí, le buscaré el otro libro, tener aquí otro ejemplar de semejante y vulgar lectura para mademoiselle De Louise. Creía que no se dejaba llevar por cuentos de abuelas - finiquita anotando las ventas en una libreta y los pedidos para recordarlo la próxima vez.


Una semana después

Faltan siete minutos para las cinco de la tarde cuando Annabeth baja del carruaje frente a la cafetería. Se le ha ido el santo al cielo y después, a la luna. Entre tantas cosas que tiene pendientes, tuvo que buscar la manera de esconderse de madame Violet y de paso, hasta del jardinero para llegar a su cita. Sería una gran falta de respeto fallarle al caballero de la librería. Levantándose las enaguas del vestido agradece que ese día haga un sol esplendoroso a diferencia del día pasado, por lo que en cuanto pone los pies en el piso, casi sale corriendo para entrar al local abriendo la puerta de golpe. Las cabezas de los clientes la voltean a mirar al unísono por la forma tan abrupta de dar los primeros dos pasos.

Se queda en el marco de la puerta cuando recuerda que olvidó algo - no pierdo la cabeza porque la traigo pegada - susurra por lo bajo regresando a donde ya el cochero le está llevando su bolsito, su libro y un par de paquetes envueltos en papel - muchas gracias, Gastón, puedes retirarte. Ven a por mí a las siete, ¿De acuerdo? - supone que a esa hora ya habrá terminado. Para cuando encuentra la mesa donde está Bernard, ya son las cinco menos tres minutos. Niega con la cabeza dejando los paquetes en la superficie plana, el libro, el bolsito antes de acercarse al hombre. Tuvo un día tan ocupado, que se olvida que es la segunda vez que le ve, por lo que acostumbrada a hacerlo con las personas que llegan a Phoenix, se pone de puntillas para depositar un delicado beso en su mejilla izquierda y luego, en la derecha envolviendo al varón en un aroma dulce, más no empalagoso.

Sin darle tiempo a Bernard a reaccionar, toma asiento frente a él, desprendiéndose de los guantes para suspirar - lamento haber llegado tan tarde, no vuelve a suceder. ¿Qué pensará de mí? Le agradezco su infinita paciencia porque seguro que tiene ocupaciones y yo llegando tarde - que quede claro: llegó tres minutos antes de la hora acordada. Se acomoda un par de mechones que rebeldes han escapado del peinado tras la oreja y le ofrece un paquete - mi forma de congraciarme con usted por la tardanza. Sé que le gustará, no se preocupe, tengo uno en casa en iguales condiciones. Y ah, le conté a mi ama de llaves lo sucedido y le manda ésto - le ofrece el segundo y último paquete - es una tarta de frutos del bosque que, tengo que reconocer, le queda riquísima. Dice que es su agradecimiento por haber sido tan paciente conmigo en la librería y que - se interrumpe al mirarlo callado. Aspira un poco antes de negar con la cabeza - lo volví a hacer, volví a hablar incontrolablemente. ¿Lo lamento? - cierra el ojo derecho y los hombros como si hubiera recibido un golpe.

- Al menos abra el paquete por favor, espero le agrade - en el interior de tal paquete está un tomo de una primera edición de "Gitans en Andalousie" denotando que, a pesar de todo, recordó que era su libro favorito.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Jue Abr 26, 2018 11:02 am

Apenas acababa de terminar de pronunciar la frase que prácticamente sin autorización había salido de su cabeza cuando ya se estaba arrepintiendo. Llevaba muchos años sin poder ni querer conocer a otra persona y ahora le pedía como si no ocurriera nada, como si fuera una persona normal, con derecho a llevar una persona normal. Además no tenía otra ocurrencia que proponérselo a una señorita de tan alta clase, solo porque había sido educada con él por unos segundos, y todo ¿por qué?¿por aquellos ojos de un azul imposible? que aún le miraban, dejándolo indefenso como un ratón ante una serpiente.

¿Había dicho que no? ¿Qué si? Le costaba escuchar lo que aquellos labios querían decirle con el ruido de sus propios pensamientos en su cabeza y el de sus pulsaciones en el odio. Incluso llegó a temer por una pequeña fracción de segundo que aquella risa, aunque musical y risueña escondiese una burla por la supina estupidez que acababa de cometer. Tal vez por eso le sobresaltó tanto la ya conocida voz del librero, cuya presencia había olvidado por completo por unos instantes, perdido en aquellos dos irises, aunque al menos ese susto sirvió para desestancar todo el pantano de pensamientos que le mantenían tan lejos del mundo real. –Bernard Favre para servirla mademoiselle- dijo el hombre, quedándose a medio camino de agachar la cabeza para besar la mano de aquella dama, que se conformó con un ligero apretón de manos, otra falta al protocolo que le causaba verdadera ansiedad al licántropo, y no era en absoluto un día falto de motivos para tenerla. –A las cinco es una hora fantástica señorita De Louise-, sonríe el mercader mientras una pequeña explosión de alegría que no había sentido en mucho tiempo le invade cálidamente los pulmones. –Y de seguro que no necesita ese café para estar rebosante de vitalidad señorita, continúa el caballero verdaderamente intrigado de que un ser tan pequeño pudiera derrochar aún más energía que aquella dama en cada uno de sus movimientos.

-Por supuesto mademoiselle, allí estaré sin falta, espero que disfrute de su lectura, yo también debería de continuar con mis recados, esta librería tiene la capacidad de hacerme perder horas enteras cada vez que tengo que acercarme por este barrio y los chicos del almacén ya estarán preocupados por mi ausencia-. Prefirió guardarse para si no obstante, que aquella visita había sido con diferencia en la que el tiempo más se había escurrido de entre sus dedos con el ímpetu de un torrente desbordado y que si por el fuera, habrían seguido allí charlando el resto de la tarde. Maldijo y agradeció a la vez cuando aquellos orbes azules se separaron de los suyos, mientras su dueña se encaminaba a la puerta. –Sus quince francos garçon- Continuó Bernard cuando la señorita había salido ya de la tienda, aunque para resignación del licántropo, el viejo tendero no había tenido aún su última palabra. –Si le soy sincero Messieur Ferdinand aún no estoy muy seguro de lo que acaba de pasar aquí- Concluyo con una sonrisa cansada.

Una semana después


Después del derroche de fuerza que había demostrado aquella damisela en la librería no debió de extrañarle aquella forma tan “repentina” de entrar en la selecta cafetería de la capital francesa, aunque casi al instante, lo único que podía pensar el licántropo es que estaba especialmente arrebatadora, aquellos mechones rebeldes enmarcando su tez, solo la hacían aún más humana y los rayos de sol que entraban por el gran ventanal le sentaban mucho mejor a aquellos ojos que la sobriedad de la librería donde la había conocido. Aquella visión hizo que se alegrara de haberse decidido para aquella ocasión para un conjunto igual de sobrio de los que acostumbraba a llevar, pero más elegante, reservado mayoritariamente para sus tratos comerciales con la clase pudiente del país, conjunto formado por un frac y un sombrero de copa que reposaba relajadamente en el perchero del establecimiento, al igual que su chaqueta.. Permitió que el dulce aroma de la muchacha lo embriagase y que la calidez de sus mejillas templara levemente las suyas, algo frías debido a los nervios. –Llega usted exquisitamente puntual mademoiselle- contesta de manera agradable el caballero mientras toma una de aquellas femeninas manos entre las suyas, depositando un pequeño beso en el dorso, que tal vez se dilatara algún momento más de lo estrictamente protocolario, suficiente para que la sangre de la bestia durmiente en aquel momento, casi perezosa, empezara a revolverse en su interior, intrigada.

Sonrió mientras como ya pensaba, la muchacha avasalló su asiento, impidiendo que el mercader le ayudara a acomodarse debido a la dificultad añadida del vestido –Al menos ya empiezo a poder anticiparme a estas pequeñas excentricidades- piensa para sí mismo, intentando mantener los numerosos nervioso bajo control. –Apenas acababa de sentarme señorita De Louise- Lo que no pensaba contarle era como con los nervios había llegado a la cafetería unos cuarenta minutos antes de la hora prevista, conociéndose ahora aquel barrio mejor que el suyo, debido a los continuos paseos para mantener la ansiedad bajo control.

Y poco más pudo pensar el caballero mientras la dama tomaba la iniciativa de la conversación, en la que esta vez, se había prometido poner toda su atención por mucho que aquellos ojos acapararan toda su atención, al menos hasta que esta empezó a ser compartida a su vez por los labios de la joven. El aplomo que había mantenido el mercader durante los primeros minutos de conversación no obstante, empezó a derrumbarse sobre sí mismo cuando la joven le comentó los dos presentes que le traía. La naturaleza de la tarta la había adivinado antes de que la muchacha se lo comentara, pues sus sentidos se agudizaban lentamente a medida que el espíritu de la bestia iba saliendo lentamente de su letargo. A los suaves y dulces aromas del perfume y de las frutas rojas, empezaba a sumársele otro, más no sabía aún su naturaleza.

-Mademoiselle no era necesario ningún presente- empezó a contestar azorado mientras cada una de sus manos tomaba uno de los dos regalos, rozando levemente los ahora desnudos dedos de la dama por error. –Aunque viniendo hacia aquí no pude evitar fijarme en esta maravilla y pensé en usted- dijo mientras de una de las sillas tomaba el libro de Jan Potocki, “voyage dans l'empire de Chine”  el libro tiene una rosa a modo de marca páginas una rosa rosa, de la que solo es visible apenas unos centímetros del tallo y la majestuosa flor carmesí–Dejó usted entrever su entendimiento por la política de otros países y me pareció un detalle muy acertado dado nuestro gusto común por este escritor. La rosa- se traba antes de continuar –También me recordó a la señorita y siendo holandés, no pude resistirme- sonrió el licántropo mientras volvía a mirar aquellos ojos azules.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Jue Abr 26, 2018 12:21 pm

"Ya no pienses más en nuestro pasado,
hagamos que choquen nuestras copas
por habernos encontrado".

Ella insiste en su llegada tarde, él en que fue puntual. Para la etiqueta inglesa por supuesto que llegó tarde. Se tiene que estar cinco minutos antes de la cita. Para la joven que observa a su compañero, es una falta de etiqueta imperdonable por lo que el darle el libro es un toque que aminora su auto reproche. El roce de sus pieles le causa una pequeña descarga de electricidad aunada a una de feromonas que ella no sabe que pasó, mas el olfato agudo del licántropo sí. Está en una desventaja que ignora por completo, a esas alturas del mes, su cuerpo está desprendiendo cierto aroma imperceptible para la nariz humana, cuestiones de maduración y del llamado de la naturaleza que busca reproducirse.

Ignorante nuestra protagonista de qué puede provocar esa exudación de hormonas, se queda mirándolo y aprecia por fin esos ojos verdes que antes no se dio a la tarea de observar, ensimismada en su propio egoísmo de obtener sus lecturas favoritas. Mueve la cabeza de derecha a izquierda para denotar su desacuerdo - me parece, messié Favre que era propicio demostrarle mi total rendición a las demandas impropias en la librería y el traerle este humilde obsequio una manera de rematar el tratado de paz entre nosotros - si la sorprendió que él pensara algo parecido y le trajera uno también, quedó atrás con la sonrisa enorme que le prodiga alargando las manos para tomar el volumen y observarlo con deleite - ¡Lo estuve buscando por meses! ¿Messié Ferdinand lo tenía en su librería? - primero lo que le gusta: la lectura, después sus ojos de cielo se posan en la rosa pasando el dedo índice diestro por ésta.

Abre el libro ahí donde la flor se encuentra para tomarla entre los dedos admirándola. - Mi padre solía regalarle a mi madre rosas de este color. Yo solía preguntarle ¿Por qué en español se le dice "rosa roja"? El vocablo "rosa" refiere a un color. ¿Por qué los españoles la llaman así? ¿No está mal dicho? - la lleva a su nariz para deleitarse en el bouquet. - Sí, era insoportable aún de pequeña con mis preguntas que mi padre no sabía qué contestar, mi mamá lo solucionaba rápido mandándome a leer - se ríe con los sentimientos a flor de piel observando el delicado regalo - le daría un beso en la mejilla como agradecimiento de no ser porque puede ser impropio. Es decir, no nos conocemos y - se interrumpe recordando el consejo de su ama de llaves.

Coloca el libro con mucho cuidado sobre la mesa poniendo con mucho más delicadeza la flor y se pone en pie. Acorta la distancia entre ellos para dejarle el beso en la mejilla con un sentimiento propio de un cariño y una sensación de tristeza que ahora mismo opaca un poco la vitalidad de la joven. Para no levantar más la atención, se sienta al lado del caballero - gracias - su sonrisa es pequeña, - lo lamento, el gesto fue muy dulce y me removió memorias - antes de poder explicar más, la señora que atiende el lugar llega hasta ellos - mademoiselle De Louise, es un placer tenerla de nuevo aquí. ¿Le ofrezco lo de siempre? ¿Su té y la tarta de queso con frutos del bosque? ¿O querrá probar la tarta de chocolate con un toque de bourbon? - es una mujer regordeta, bonachona, con cara de felicidad que le ilumina el día a la joven que sonríe por fin - buenas tardes, madame Abbes, me parece que el té es algo imprescindible, lo acompañaré con - guarda silencio un instante desprendiéndose del sombrero antes de colocarlo en la percha junto al del caballero - ¿Dijo chocolate con bourbon? - la regordeta mujer se ríe asintiendo con la cabeza.

Annabeth lo medita en tanto la mujer voltea hacia Bernard - en tanto Mademoiselle decide, ¿Qué le ofrezco, messié? Tengo café, té, chocolate caliente, tartas de vainilla, de frutos del bosque, la de chocolate que comenté o puedo ofrecerle galletas, algún budín o un panecillo - es toda una personalidad, amable y amigable. Vivaracha como pocas y a pesar de ello, prudente. Dice las palabras exactas. La dama inglesa sigue pensando a finales de cuentas, el chocolate es como el café, le da más energías de las prudentes. Y no puede negarlo, la combinación la tienta demasiado. Es un conflicto para su pequeña cabeza - mientras me decido, madame Abbes, ¿Puede traerme un vaso con agua? No quiero que se marchite - alarga la mano para sujetar el libro y la rosa. La mujer asiente - por supuesto, mademoiselle - llama con la mano a alguien que al acercarse, recibe la indicación - un vaso de agua fría para la mesa rápido - el mozo apresura el paso para complacerlos. La mujer vuelve su atención a los clientes.



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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Vie Abr 27, 2018 10:54 am

Admite que le da cierto placer ver a la dama contrariada por su inexistente tardanza, que para el caballero muestra un sano interés en su pequeña cita, por lo que una sonrisa sincera se dibuja en su gesto normalmente sombrío y serio –Me ha dado usted una maravillosa excusa para releerme este libro. Seguro que disfrutaré de ambos regalos al lado de mi chimenea- se inclina hacia ella en la silla, a modo de confidente, deleitándose otra vez con el embriagador aroma de la joven –Muy posiblemente a la vez mademoiselle- puntualiza el licántropo. Su sonrisa se hace por un instante más ancha al recordar su primer encuentro en la librería y en cómo podría ser la misma persona que esa dama de excelentes maneras y gesto dulce que tenía frente a sí ahora –Señorita de Louise, por mi parte ese pequeño infortunio está ya totalmente olvidado, solo me apetece disfrutar de su dulce compañía y conocer un poco más de usted-  

Ese tomo vino de un viaje a Holanda que realicé hace unos años, aunque en sus páginas encontrará un viaje mucho más largo e interesante- No reacciona tan bien a la enorme efusividad con la que la señorita acepta su regalo, por lo que intenta mantener la sonrisa anterior, aunque esta se va deshinchando cuando la joven le narra la preciosa historia familiar, que esconde una pena que incluso para la vivaracha Annabeth le resulta complicada de disimular. Pese a la melancolía patente en aquel gesto, le agrada el pequeño gesto de cariño de su acompañante, pero una parte de él, se alegra aún más de que aquella ahora delicada criatura decidiera sentarse a su lado y no en frente. En un gesto que pretende ser reconfortante, aprieta suavemente el hombro de la joven sobre el vestido –Es una escena preciosa la que relata mademoiselle, es un precioso recuerdo, muchas gracias por compartirlo. Por desgracia casi todo lo bello de este mundo es efímero, o tal vez sea bello por su brevedad-comenta mientras mira la rosa carmesí antes de recitar:

A florecer las rosas madrugaron
y para envejecerse florecieron
cuna y sepulcro en un botón hallaron


-Es una lástima que me sepa una estrofa de un poeta de tal lengua, pero no pueda ayudarla con la duda sobre ese vocablo mademoiselle. Pero por favor cuénteme algo más de usted, apenas se que es usted posiblemente la dama más enérgica de este país, que es una ávida lectora y que no me gustaría conocerla después de haber tomado una taza de café, cosa en la que discreto totalmente- Comenta de manera distraída el comerciante mientras retira la mano del hombro de la joven con fingida indignación.

La llegada de la camarera interrumpe de manera abrupta la conversación y aunque una parte de Bernard agradece que ayude a cambiar el pesado ambiente que se había instalado por unos instantes, otra encuentra levemente molesta la interrupción, pues de verdad desea conocer mucho más de la joven que le acompaña. – Lo lamento señora pero en cuanto ha dicho budín no he podido echar cuenta a nada más- le sonríe Bernard educadamente a la hostelera. –Lo acompañaré con un petit noir- La afable mujer hace más ancha su sonrisa –Por supuesto señor. Le daré unos instantes más para decidirse señorita de Louise- dice mientras se retira brevemente tras una breve inclinación de cabeza.

Bernard vuelve a centrar su atención en la delicada tez de su acompañante mientras le comenta- Veo que es usted muy conocida en este barrio mademoiselle, me alegro de estar compartiendo ese gusto- sonríe esperando que no sea muy evidente como sus pupilas se desvían más tiempo del debido a la curva de aquellos femeninos labios, cuando por fortuna, el vaso de agua fría solicitado y la mujer que lo porta, lo sacan del breve ensimismamiento, aunque sin que Bernard lo note, la salvaje influencia de la bestia empieza a salir de su letargo, espoleada por el aroma de una presa diferente.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Vie Abr 27, 2018 4:10 pm

"Porque puedo mirar el cielo,
besar tus manos, sentir tu cuerpo,
decir tu nombre".

Está acostumbrada a estar rodeada de personas que le exigen su atención. De ser ella protagonista y antagonista de historias variadas que se desarrollan en su hogar. ¿Por qué entonces le place cuando el caballero se torna amigable y en cierto punto, contenedor? Sí, porque esas palabras amables aunadas con el gesto de tocarle el hombro son contenedoras de los sentimientos que se le escapan como arena entre los dedos siendo golpeada por el mar de sus propios anhelos y recuerdos. Por un momento, lo observa, desde la barba cuidada y castaña con algunos hilos dorados, esos ojos azules que la envuelven así como la larga mano que le cubrió con facilidad el hombro.

La voz barítona del hombre recitando el verso la deja en un estado de total ensoñación hasta que se obliga a seguir sus palabras. Son esos ojos azules que la distraen. Frunce un poco los labios en desaprobación de sus actuares escuchando todas sus exigencias, antes de poder articular palabra, madame Abbes la entretiene. Y mientras escucha las elecciones de messié Favre, ella apoya el brazo en la mesa y sobre su palma, la barbilla abarcando con sus dedos la mejilla y parte de su sien haciendo que el cachete le forme una gran arruga cuando ladea la cabeza que es sostenida con dicha mano. Hace una mueca antes de parpadear. Emite una exhalación cuando la francesa se retira desviando su atención al caballero que le hace sonreír - cada semana me tomo un día para tomar el té y leer. Así que voy a la librería de messié Ferdinand, compro el libro de la semana y vengo a leerlo acá. Tengo esa costumbre desde hace ya tres años, por lo que me conoce madame Abbes, messié Ferdinand, la florista de la esquina, que es una delgadita señora que tiene tres hijos y uno de ellos siempre que me ve dice que cuando sea grande se casará conmigo, así que lo estoy esperando porque tiene siete años y el mes que entra, cumplirá los ocho. Él dice que cuando tenga diecisiete, pedirá mi mano - se ríe divertida ante la idea.

Al regresar la dueña del lugar con el vaso, Annabeth decide de una vez por todas - ambas. Sendos pedazos de ambas e iré alternando. Así no me quedo con el antojo de una u otra. Mi nana decía que en la vida hay que saber elegir, cuando me ponía en la mesa para elegir el gelatto o las fresas con nata, así que lo resolví fácil. Elijo ambas, consumiré un poco de cada una y el resto me lo llevo para disfrutarlo después - la francesa se ríe a carcajadas - de acuerdo, mademoiselle De Louise. Salen ambas porciones para la dama, el budín para el caballero y el petit noir ¿Algo más? - la inglesa niega, así que tras despedirse, se retira. La ojiazul devuelve la atención al caballero para sonreír tomando la servilleta de tela y poniéndola sobre sus piernas como toda dama debe hacer. Aspira profundo para recitar con dulce voz: - Éstas que fueron pompa y alegría despertando al albor de la mañana, a la tarde serán lástima vana durmiendo en brazos de la noche fría. Este matiz que al cielo desafía, Iris listado de oro, nieve y grana, será escarmiento de la vida humana: ¡tanto se emprende en término de un día! A florecer las rosas madrugaron, y para envejecerse florecieron: cuna y sepulcro en un botón hallaron. Tales los hombres sus fortunas vieron: en un día nacieron y espiraron; que pasados los siglos horas fueron - cuando termina habiéndola declamado como una musa, se sonríe ladina al tiempo que cierra el ojo derecho haciéndole un guiño - "A las Flores", de Calderón de la Barca. Es un soneto que integra la obra de "El Príncipe Constante", a mamá le encantaba la poesía y papá, cada que la oía declamar, decía que era la hora del bourbon y la pipa, así que se encerraba en el despacho. Yo no tenía tanta suerte, así que mamá me enseñó a declamar - se ríe divertida antes de negar con la cabeza por tan bellos recuerdos.

Eso es lo que le queda de sus padres, compartirlos con alguien que no los conoció era algo agridulce. Porque él no la intentaría consolar por saber cómo fue la abrupta muerte de dos personas en la plenitud de la vida. - Dejemos de hablar de mi persona, hablemos de usted, messié Favre. Es usted entonces un adicto de las lecturas, tiene una biblioteca personal, es holandés, le gusta en sus peores días ir a encontrarse con mujeres irreverentes en librerías, de verdad, messié Favre, yo en su lugar le habría dicho que se fuera y me habría quedado con los dos libros, mal hecho, mal hecho - le reprende juguetona con el índice moviéndose centímetros adelante y atrás - trabaja en un almacén de no sé y no sé a qué se dedica. Podría ser usted fácilmente un almacenista de no ser porque sus prendas son de exquisito gusto y pocos tendrían acceso a la lectura. Ah y claro, tiene una chimenea donde se recuesta a leer. No tiene perro, ni gato porque no le veo ningún pelo de animal en su percha, así que es usted todo un misterio. Hagamos algo, juguemos a Simón dice, pero en lugar de hacer algo, contestemos algo. Le enseño. Simón ordena que me diga cuántos años tiene, a qué se dedica y si he acertado en mis preguntas. Para que vea que es honesto el juego, yo tengo veintisiete años, soy una dama de sociedad que acostumbra ir a leer un día a la semana y a tomar el té, siempre y cuando no me encuentre con dos lecturas que me apasionen porque soy capaz de robármelas a menos que messié Ferdinand me regañe y tenga que disculparme, me considero una adicta del conocimiento y de los libros. No hay mejor olor en el día que el de una librería y no, no tengo perros ni gatos, quisiera un gato, más mi ama de llaves dice que suficiente tiene conmigo. No sé si tomarlo como cumplido o sentirme insultada - se ríe divertida. Un rayo de luz se refleja en esos orbes, la locuaz lengua no puede contenerse - y tiene un impresionante par de ojos azules que me gustaría ver más de cerca - apenas lo dice, se da cuenta de su error para tragar saliva bajando la mirada de golpe acicalando su servilleta con nerviosismo - digo, es un interés meramente profesional. Me gusta analizar bien lo que me llama la atención, que diga, no es que usted me guste, que diga, no es que no sea atractivo, no, que diga, eh... ¡Ah, ahí viene madame Abbes! - mejor aprieta los labios. Sí, es mejor estar callada, así no se va de boca.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Sáb Abr 28, 2018 12:27 am

-Es una costumbre verdaderamente encantadora mademoiselle, ciertamente pocos en esta ciudad podrán gozar de semejante bagaje y conocimiento en su haber como usted en temas literarios- sonríe Bernard en respuesta a la joven –Ojalá mi trabajo me permitiese desarrollar mi hobby con semejante pasión y ahínco. Y desde luego el hijo de la florista tiene un gran gusto al haber haberla elegido a usted como blanco de su amor madmoiselle, aunque yo consideraría un delito hacer esperar tantos años a la más bella dama de París- Tras hacer el comentario, el último de los Favre apenas puede contener un parpadeo perplejo ante su propia ocurrencia y la notable falta de autocontrol, que corta transversalmente con su papel de educado y correcto caballero. –¿Qué diablos haces Bernard?- Apenas conoces a esta dama- Pero aunque el trate de negárselo a si mismo, la influencia de su yo animal, impulsivo, primario, egoísta e exigente se filtran en su personalidad a través de sus instintos, espoleados por el aroma de aquella joven cuyos ojos le quitan la respiración.

-Su ama de llaves le llamará la atención por llevar un postre a casa sin avisar a su servicio mademoiselle, sonríe divertido un relajado Bernard que se contagia del buen humor creado por las dos mujeres. –Aunque seguro que esa pequeña maravilla dulce bien merece una posible reprimenda- continúa mientras le guiña un ojo a su acompañante en actitud cómplice.

El mercader conoce aquel poema extranjero debido a sus constantes tratos con el país hispano, el mejor proveedor de lana de oveja y chivo de su negocio, por lo que sus transacciones comerciales suelen ir acompañados de intercambios culturales con los recios caballeros españoles que gustan de recordar los versos de una de sus épocas culturales culminante. –Calderón de la Barca- murmura a la vez que su acompañante totalmente perplejo ante la cultura y la dicción demostrados por la misma al recitar tal poema de memoria. –Desde luego no sé exactamente a que negocio se dedica su familia pero podría usted trabajar con mucha mayor soltura que cualquiera de los integrantes de la Académie française , por lo que aquellos ratos con su madre puede considerarlos más que aprovechados- sentencia el caballero aún visiblemente impresionado por la espontánea poesía que ha escuchado.

Suelta una pequeña carcajada ante la caricaturesca descripción de sí mismo que le da la dama, haciéndose más sonora ante el juego propuesto por la joven que en ese momento, vuelve a empezar a hablar atropelladamente como ya empieza a ser costumbre, impidiendo cualquier intento de detener tal discurso.

-Soy un libro abierto para usted mademoiselle- dice de manera afable Bernard mientras empieza a redibujar su propia imagen para la señorita –Mi madre era francesa, aunque yo como bien dice nací en Holanda, país que tiene casi en igual número, bancos, flores y días lluviosos. Tengo 29 años. Por suerte no, no soy mozo de almacén aunque hay días en los que parece que lo fuera. Soy el dueño de un almacén y mercado de pieles, tanto de uso cotidiano como exóticas en el norte de París, distribuimos tanto a particulares, como a peleteros o centros de alta costura- sonríe dándose cuenta de como le vuelve por unos instante su tono de vendedor. –En todo lo demás tiene toda la razón, gran ojo al detalle señorita de Louise, la lectura es una de mis pocas adicciones y lo lamento pero no, en eso se equivoca, no suelo conocer a mucha gente fuera de mi negocio y debo reconocerle que este rato con usted es verdaderamente una excepción a la norma, que por otro lado, bien merece muchas más como ella –puntualiza con tono afable dándose cuenta de que es verdad, verdaderamente espera poder seguir perdiéndose en esos dos océanos contenidos en tan luminosos orbes.

El desliz de la joven deja brevemente azorado a su acompañante, que por unos instantes no sabe como reaccionar. Instantes que no obstante, el sibilino predador que convive con él utiliza para despertar por completo y hacer que su influencia se destile por su huésped. Casi se relame ante el inocente desliz de la ahora sin duda receptiva joven, a la que sus bestiales ojos, que comparte con los inseguros y gentiles de Bernard, ven como una presa diferente, aunque igualmente apetecible se encuentra ante él. Esta leve lucha interior apenas se deja traducir al exterior por un leve cambio en el color de los ojos del mercader que parecen ahora algo más oscuros y un tono algo más ronco en la voz con él que vuelve a contestar a la joven –Como dije mademoiselle, sus deseos son órdenes para mí- comenta en un tono solemne y caballeroso que contrasta con la actitud sagaz con la que despega la espalda de su asiento, para reducir la distancia entre él y la joven a lo mínimo que el protocolo dicta decente, aunque la mano izquierda del licántropo rompe todas las barreras, posándose distraídamente en la  rodilla de la joven, de manera que queda oculta para el resto de clientes, con la que empieza una imperceptible caricia a las tersas piernas de la joven por encima del elegante vestido.

Retira la mano justo a tiempo para evitar que la señora Abbes pueda sospechar un comportamiento extraño en ambos clientes, aunque la última caricia la realiza de manera aún más lenta, marcando las yemas de los dedos en la suave piel de la joven con más convicción, como si una parte de él odiara retirar aquella extremidad. –Muchas gracias madamme – vuelve a sonreír educado ayudando a la hostelera a bajar el rebosante café hasta la mesa en un cortés gesto antes de volver a clavar sus ojos en los irises cian de su acompañante retomando de manera natural la conversación, dejando levemente de lado su dulce –Dado su amor por la lectura creo que acabé muy bien parado de nuestro primer encuentro, de saberlo, no me habría atrevido a interponerme entre un tomo y usted- ríe divertido –Y por lo que veo que su ama de llaves es una mujer casi tan de temer como usted mademoiselle.

-Bien creo que me toca- sonríe de nuevo de manera pícara cuando la dueña del local se encuentra lejos de su mesa –Aunque como al final usted me ha pedido una acción saltándose las normas- dice haciéndose falsamente el indignado –Creo que tengo derecho a pedirle yo una acción? ¿No le parece? ¿Me permitiría oler más de cerca su exquisito perfume una vez más?- pregunta de manera inocente y cortés mientras vuelve a reducir el espacio entre ambos.


Última edición por Bernard Favre el Sáb Abr 28, 2018 1:43 pm, editado 1 vez
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Sáb Abr 28, 2018 7:32 am

"Y las caricias serán la brisa
que avive el fuego de nuestro amor".

La oportuna presencia de madame Abbes soluciona el aprieto en el que se metió. Ella y su bocota. Ya se lo decía su madre "Anna, con esa boca que tienes un día te meterás en un aprieto y no estaremos para sacarte con bien. Ya te lo dije, "gordita y bonita" te ves mejor que abriendo tus fauces de gato para perderte por tu propia curiosidad. "Gordita y bonita", Annabeth". La vitalidad de la francesa es suficiente para tener la oportunidad de recobrar el control porque no entiende qué pasó de pronto. Podría haber contestado que su pasión sólo era factible un día a la semana y de cuatro a siete de la tarde. No era demasiado tiempo y que él podría darse ese lujo.

Podría haber contestado que no le importaría esperar a un hombre si era tan amable y dulce como el pequeño de siete, casi ocho años. Y ahora recuerda, en tanto la mujer coloca la primera tarta sobre la mesa, que él dijo que ¿Era la más bella dama de París? Su garganta queda seca de pronto. ¿Está coqueteando con ella? El té es dejado sobre la superficie del mueble cubierto por un mantel muy agradable a la vista hecho a mano por el tipo de tejido. Podría haberle dicho que madame Violet no se molestaría por probar nuevas experiencias y que seguro estará intentando recrear la delicia de chocolate que ahora mismo queda ante sus ojos. Esponjosa, cubierta por chocolate líquido dejando una estela de olores que incitan al paladar. No podría decirle que el negocio de su familia es el cultivarse para ser mucho más versados que cualquier catedrático en la más prestigiosa universidad.

Hubiera fingido que a sus padres les gustaba mucho investigar y documentarse por mero hobbie. En parte era cierto, mas él no tenía qué saber que la biblioteca de la mansión no tenía ni una décima del contenido que está ahora oculto en otro lugar donde podría recrearse con artículos más versados que aquél por el que casi no les permite concretar esta cita. Por supuesto que no le dirá cómo le cambia la expresión cuando ríe así, a carcajadas. Por eso se había fijado en sus ojos, tan azules con ligeras tendencias a tornar verdes. Alguna vez comprobó que los iris son capaces de cambiar de tonalidad dependiendo las ropas de la persona o de la luminosidad del sitio. Y él tiene en estos momentos un tono azul que parece combinado con un verde profundo. No puede distinguir bien, por eso se había ido de boca.

La ascendencia del caballero es dual. Como sus ojos. Francés y holandés. Una combinación maravillosa para un carácter serio y, con mayor confianza, afable llegando a niveles donde puede relajarse y reír a carcajadas. Con ese tono tan barítono de voz, su risa es atrayente. Veintinueve años, por un instante lo hacía más viejo. Quizá es esa forma en que sus arrugas se forman en los extremos de los ojos. Quizá por su mirada que parece cargar con más peso del que debería alguien de su casi edad. Dueño de un almacén y mercado de pieles. Eso explica el buen gusto en la vestimenta, colores, telas, texturas. Por un instante se pensó el pedirle un buen número de pieles para el invierno. Algunas veces es preferible tener algo de borrega pura para evitar las heladas de algunas noches para sus invitados. Los hombres lobo no tienen tanto problema, su temperatura corporal es mayor que la media, más los humanos no.

Adicto a la lectura. ¿Se puede pedir algo más? Quizá es por eso que ella no sabe cómo reaccionar ante él. Acostumbrada a ser la buena anfitriona de casa, los tratos cordiales son el elemento básico del funcionamiento de Phoenix. No hay coqueteos, ni sonrisas cómplices como si de dos enamora... "Ni se te ocurra pensarlo, Anna, ni se te ocurra pensar en esa palabra en particular. Gordita y bonita, gordita y bonita" se reprende a sí misma. Está analizando todo lo acontecido sin emitir una sola palabra, en parte por su desliz verbal y la otra, porque algo en él cambió cuando le dijo de ver más de cerca sus ojos. Al instante en que accedió, con esa voz más ronca que le recorrió la espalda causando descargas eléctricas por todo el cuerpo, forzando al estómago a hacer un hueco profundo para estremecer el resto de la epidermis, se vio inmersa en un nuevo mundo.

Donde no existe la cafetería, ni siquiera madame Abbes quien en ese momento estaba a diez pasos de distancia distraída con un mozo, sólo la luz del sol que profundiza en esos orbes que se tornan verdes de un oscuro tal que se queda hipnotizada. La presencia del varón se aprecia avasallante, no hay nadie más que él. Hay algo en su aroma que la deja desprotegida, desvalida, indefensa ante las demandas del lobo -sin que ella entienda que él es un licántropo- que le busca, le domina y subyuga. La boca se le reseca sin poder apartar sus orbes azules de los verdes de ese depredador que se acera a ella. Ni siquiera la mano indebida en su rodilla es suficiente para sacarla del trance. Todo lo contrario, hay una descarga imperceptible de feromonas en cuanto lo hace como respuesta al llamado del alpha. Cada roce de esos dedos en su rodilla, cada círculo del pulgar la estremece sin fin.

Si madame Abbes hubiera tardado un poco más, Annabeth se había atrevido a una locura sin retorno. Más el apretón en su rodilla antes de alejar su roce la obliga a alejarse. "No, por favor, que siga allí" se sorprende con tan oscuro secreto. La voz de la francesa es suficiente para traerle a la realidad aunada con la del caballero que repone la compostura como si nada hubiera pasado. ¿Qué pasó con el tímido y callado messié Favre? ¿Quién es éste tentador y atractivo hombre que le hace sentir mariposas en el estómago como dicen las románticas? Está jugando a algo muy peligroso. Debiera salir de ahí de inmediato para pugnar por algo de estabilidad para su mente. - Gracias - sonríe apenas pensativa en lo que ha sucedido. La algarabía parece esfumarse de su ser. Toma la jarra de crema para dejar caer una cantidad justa a su paladar y la endulza. Remueve un poco para dejar al lado la cucharilla tomando el primer trago. Eso le hace recobrar la compostura. El caballero sigue hablando, los papeles se han intercambiado.

Ella está seria, taciturna y él parlanchín, alegre cual cascabel. Incluso sus ojos están más azules que nunca. Va a tomar un primer pedazo de tarta cuando detecta que la voz del caballero cambia una vez más. Alejada madame Abbes, las piernas le tiemblan de sólo pensar qué podrá preguntarle. Es su turno. ¿Cuándo dos palabras son suficientes para dejarla como un manojo de nervios. Incluso deja el tenedor al lado del plato pues se mueve imperceptiblemente como reflejo de ese temblor corpóreo. - ¿Una acción? ¿Me salté, m-me salté las normas? Ah, p-por supuesto - aspira profundo, incluso sus hombros se mueven al compás de su pecho. De arriba a abajo en tanto lo observa con las manos sujetando la servilleta con fuerza - u-usted dirá - asiente con la cabeza hasta escuchar la demanda.

Lo ve acercarse con determinación, eso está fuera de lugar en una cafetería. La sociedad podría pensar muy mal de ella si permitiera que se le acerque así. Para su desespero su propia cabeza se mueve un par de centímetros a la izquierda dejándole sitio entre su cuello y hombro para instalarse. Aspira su propio aroma, por instinto, disimula el gesto del caballero, elevando los brazos con lentitud hacia el cuello masculino enredando las manos atrás de su nuca. El contacto del calor del varón contra el suyo electriza sus fibras más sensibles. El tacto de su piel es tan suave que va estrechando dicho gesto acercándolo más a ella ¿O es él quien lo hace? Apoya la cabeza en el hombro del varón por unos instantes. Le da libre acceso a su olor, a su cuerpo en tanto se queda disfrutando del tacto de su cabello, de su barba. Si fuera otra época, otro lugar, otro momento, estaría buscando sus labios para degustar ese sabor a café mezclado con algo que no puede descifrar. No es tan fácil reconocer que el lobo ha envuelto a caperucita en una trampa mortal.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Lun Abr 30, 2018 3:27 am

Lo que seguramente la francesa no era capaz de intuir es que Bernard tenía tan poco control sobre la situación que se había desencadenado entre ambos como ella misma. El espíritu animal, tras reducirse las ataduras morales que su carcelero le tiene impuestas, ha tomado prácticamente el control de las decisiones del hombre. Su sibilina esencia, contamina una y otra vez los racionales pensamientos, modificándolos, distorsionándolos, deformándolos. Espoleado por el deseo y la atracción de su otro yo evidentes hacia la noble dama, toma poco a poco el control de la personalidad de Bernard, que va adquiriendo los pensamientos de un joven macho alfa. La impulsividad, la virilidad, el deseo, la agresividad y la dominancia destierran a la caballerosidad, la honradez, la timidez y la rectitud del holandés, que se pierden en el animal deseo que le provoca aquella humana. La parte racional de Bernard apenas toma consciencia de que estos cambios son debidos a la sangre de la bestia, pues es difícil desligar ambas partes las pocas veces que los deseos de ambos coinciden de manera tan clara, por lo que poco o nada puede hacer para protegerse a él y a la pobre damisela del lobo, y aunque pudiera ¿Querría hacerlo?

El silencio de la señorita le permite ahora observarla con total impunidad, aprovecha sus silencios para escrutarla hasta el detalle con aquellos ojos verdes tan poco humanos. Nota la fuerte y desacompasada respiración de la joven, su boca, ahora levemente entreabierta, enmarcada por unos labios más rojos y jugosos que al verla por primera vez, la deliciosa figura femenina que se puede deducir tras el elegante vestido sin apenas disimulo, forzando a darse cuenta a la dama de su escrutinio mientras evita que otros clientes observen el oscuro juego de seducción que entre ellos se ejecuta ahora mismo.

Para el avezado depredador, los cambios de actitud de aquella joven son más que evidentes, de su carácter fuerte e impredecible apenas queda ahora nada, de su espontánea y natural charla solo quedan el recuerdo y frases cortas y simples. De aquellos ojos lleno de inteligencia y atentos a cualquier detalle solo queda el atrayente y acuoso brillo de la excitación. La postura de su cuerpo antes distendida ahora es incómoda y cada músculo de su cuerpo se refleja tenso ante la aguda vista del licano. Pero es el olor de su presa lo que más ha cambiado, el suave olor inicial, donde predominaban los dulces y caros perfumes ahora está prácticamente opacado por las reacciones de su cuerpo, mostrándose receptiva e interesada en su hábil acompañante, lo que solo hace espolear aún más el acoso e interés de la bestia.

Conforme más abducida y controlada está su acompañante, más se crece su verdugo, totalmente decidido a hacer de aquella fuerte y decidida dama de su absoluta propiedad, domar aquel carácter guerrero y subyugarlo al poderoso alfa. La quiere, la quiere para él y la quiere ya, por lo que los molestos intentos del humano de enfatizar cualquier de esos planteamientos causan un notable malestar en el lobo que simplemente sigue cerrando el cerco sobre su arrinconada presa.

Cuando el tartamudeo que refleja el pobre autocontrol que le queda a la joven termina con una inclinación de su delicado y sensible cuello, ofreciéndoselo al lobo, en un involuntario gesto que en la manada significa sumisión y entrega, el ya excitado licántropo apenas puede controlar las ganas de devorar a su compañera en aquel mismo momento, mantiene el ritmo al acercarse, intentando que no se note la ansiedad que le produce la actitud y la postura de su compañera. Sus ojos se cierran antes de que la yema de sus dedos acaricie la curvilínea espalda de la joven, forzándola a acercarse a él ligeramente más rápido. Su nariz es recompensada mucho antes de acomodar su cabeza en el hueco que ella le presta por un delicioso olor a hembra que inunda las fosas nasales, provocando en el mismo licántropo una explosión de su propia testosterona que incluso una humana debería notar. Su nariz recorre dos veces el cuello de ella, desde el nacimiento de la clavícula hasta su deliciosa oreja, de manera cadenciosa, embriagándose del aroma que ella le ofrece. En uno de estos recorridos, le susurra al oído a aquella fémina con una voz ronca–Eres mía - Lo dice con un tono y  expresión tranquilos, informando simplemente de un hecho incuestionable para su yo animal. Tras descender de nuevo a su clavícula, sus dientes marcan levemente el hombro de la joven con una ligera presión, aprovechando el ángulo bajo que impide alguna mirada demasiado incisiva.

Un sentimiento diferente nace entre la lujuria apenas contenida de aquel ser, la indefensa joven, doblegada por completo despierta en el sentimientos de ¿protección?¿liderazgo? Para el licántropo, aquella sumisión tiene un premio, y el desea aquella humana completa, con todo su valor y atractivo, por lo que debe salvaguardar su lugar social ahora que ella ni tan siquiera está en condiciones de defenderlo. –Le voy a decir lo que va a ocurrir en unos segundos mademoiselle- continúa el cazador con tono paciente y autoritario al lado de la sensible oreja de la joven –Ahora nos vamos a separar y usted se comportará como la más recta y recatada de las damas mientras acabamos esta merienda. Aproveche ese rato para encontrar una excusa que la haga estar indispuesta, yo amablemente me ofreceré a acompañarla a lugar seguro. Tengo ganas de un postre aún más dulce que los que aquí pueden ofrecerme- sonríe con naturalidad el caballero mientras vuelve a tomar distancia, dando una leve tregua a la cordura de la humana, aunque en tan solo unos segundos, fuera de la vista de todo el mundo debido a la posición de la mesa y el pequeño mantel, su mano vuelve a alojarse en la pierna de la joven, ligeramente más arriba que en su primer contacto, insinuante y posesiva. –Este budín está simplemente delicioso mademoiselle- sonríe el caballero en un tono de nuevo amable, aunque no aparta sus bestiales ojos de los dos océanos apenas contenidos de la joven.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Lun Abr 30, 2018 9:15 am

"De nuestro amor.
Puedo ser luz de noche, ser luz de día
Frenar al mundo por un segundo."

Si messié Bernard no controla la situación, mucho menos Annabeth. Están doblegados por messié Favre, el lobo que habita en el interior del caballero que se torna hombre. Adiós a los convencionalismos y a las cadenas impuestas por la sociedad. Muy lejos van a quedar la etiqueta y el protocolo. Cuando un hombre elige a una mujer y atraviesa toda distancia para tocarla, abrazarla y ser dueño de ésta, la fémina no tiene escapatoria. Mucho menos si la incitación del viril humano es correspondida como ella puede apreciarlo en el hueco que se le forma en el estómago, con el olor masculino que le incita a ser más osada y atrevida. ¡Si tan sólo tuviera algo de control en este momento, podría comprender en lo que se ha metido!

Ni su lengua rápida ni su dominio por las artes oscuras le han preparado para un momento como éste. Donde la cabeza se nubla por sensaciones y todo lo demás termina yéndose al tacho de la basura. En el instante preciso en que messié Favre (le llamaremos así para diferenciarlo de messié Bernard) posa sus ojos en la apariencia de la dama, ésta debió tomar su sombrero, ponérselo, agarrar el bolsito, sus libros y correr de ahí a toda velocidad. ¡Sí! ¡Correr! Si un hombre decide que va a conquistar a una mujer, pocos son los que pueden convencerle de lo contrario. En cambio, cuando un lobo se interesa en una hembra las opciones son las que Annabeth conoce muy bien y en ese ambiente plagado de feromonas, donde las del macho están dominando el olfato de la mujer que ni siquiera sabe qué está haciendo, su cerebro olvida dichas opciones que son las siguientes:

a) Que su comportamiento sea el de un lobo común y corriente. Un omega que está al final de la línea de liderazgo y dominación de la manada. Donde sus deseos están supeditados a los demás. Si él deseara a una hembra, tendría que ver que los demás no tengan el mismo deseo. Sólo así, podría cortejarla. Es un asustadizo animal -porque mucho carácter no tienen- que está supeditado a causarle cierto interés a su probable pareja y convencerla con roces dulces, delicados, suaves hasta que ella acceda aparearse con él. Es, como puede apreciarse, un hombre común y corriente -y sin embargo, el omega es más corriente que común. No tiene muchos instintos, ni ansias de controlar. Es como concluimos, comparable con un humano. Depende de la respuesta de la hembra. No puede imponerse. Todo en su vida es "no" o bien, "veremos".

b) Esta es la opción están contemplados desde el macho beta hasta el macho psi, donde hay una correlación de distancias. Mientras más cerca del alfa que lo analizaremos después, mayor será la dominación y satisfacción de sus instintos. En cambio, si hay menor distancia con el omega, más timorato se es. Ser pareja del beta implica tener a alguien gruñendo la mayor parte del tiempo, tratando de imponerse y lograr su cometido. Todavía en este escalón, la hembra tiene la oportunidad de voltear, darle una tarascada y hacer que se aleje. Si es un gamma, no irá tan lejos; si es un psi, correrá y tardará en volver. Aquí también depende de la hembra si permite ser cortejada o muerde lo que se le ponga al alcance del hocico. Y es donde vamos a la opción que Annabeth tiene ante ella y no se ha dado cuenta. Feromonas, damas y caballeros, las feromonas son las causantes de su desliz.

c) Alfa. El número uno. Eso lo dice todo. ¿No? El líder lobuno en todo su esplendor. Dile que "no" a algo que quiera y recibirás una tarascada como mínimo. Negarle un deseo es equivalente a obsesionarlo. Rasgos para identificarlo son los siguientes: 1) Territorial, su hembra es eso. S-U-Y-A. ¿Quedaron dudas? Por supuesto que no. Y si las hay, volvemos al ataque para imponer su posición de macho dominante. 2) Posesivo, que es casi un equivalente al punto uno. Nadie la toca, la mira, la olfatea, la lametea. Atrévete y quedas apaleado como mínimo. Insiste y perderás aquéllo que te caracteriza como macho. 3) Dominante. Y aquí es donde la hembra no tiene derecho a decir nada. Si el macho alfa la observó, decidió ir por ella y la marcó como suya, ya está. Nada de intentar irse. Nada de abrir la boca para contradecirlo. Nada de libertad que él no controle. (Comprendemos entonces que no existe la libertad ya que está supeditada a los deseos de un ser territorial y posesivo). Vayamos al siguiente punto que no es más que la cereza en el pastel. 4) Celoso. El típico sujeto mato-todo-lo-que-veo y de paso mato-a-todo-aquél-que-la-ve. ¿Por qué la agresividad? Porque puede. ¿Recuerdas su escalón en la línea de liderazgo? Él ocupa el primer sitio. ¿Hay alguien que se le oponga? ¡No! Así que también tiene otro rasgo 5) Caprichoso. Lo que quiere, lo tiene. No hay forma de escaparse a sus deseos y si él quiere oler, lo hará como desee. Y si quiere morder...

Eso es lo que Annabeth no recuerda, no lo aplica a alguien como messié Bernard. Tan bueno a pesar de todo lo acontecido en la librería y quizá se deba a que Bernard es el omega. En tanto que Favre, esa oscura personalidad de ojos verdes brillantes que atrapan y poseen, es diametralmente opuesto. Tiene la estudiosa de las artes oscuras ante ella, dos tipos de macho. Y no los distingue. Y piensa que son uno mismo. ¡Craso error! Son sus instintos aunados a sus propias respuestas animales -porque el ser humano es un animal, por más que insista en contradecirlo- la que la llevan de boca a perder por completo contra un alfa tan potente como es messié Favre. Que casi la desnuda con la mirada -si no es que lo hace, quién sabe qué es lo que pase por la mente de tal depredador- haciendo que el hueco de su estómago se haga más grande con cada centímetro que aprecia. Son esos ojos los que la hipnotizan, los que le impiden pensar con claridad, ansiosa de un encuentro mayor que un simple abrazo.

Annabeth ha pasado de ser una hembra alfa a ser una omega en ese simple pasar de los ojos por su figura. Ni siquiera puede articular palabra, la valentía se ha ido de vacaciones muy, muy lejos. Y le sigue la cordura acompañada de la astucia. Ningún hombre la ha tratado así, por lo que el contacto con messié Favre se torna adicción. La hace sentir como lo que es, una hembra. Y que esté ovulando la incita a dirigirse a otro sitio para culminar lo que en lo profundo de su intimidad, le exige una compensación por exponerse a tanta exaltación del libido. El abrazo se convierte en un suplicio al contacto de una falange en su espalda atrayendo su cuerpo cual imán contra el viril que se aprecia a pesar de las ropas. El roce de tórax masculino-femenino desata un suspiro en ella antes de que le tiemblen los labios con un solo cosquilleo de la epidermis masculina contra su clavícula hacia su oreja. Toda esa zona aumenta la temperatura. Febril, Annabeth no puede más que cerrar el puño contra los cabellos de messié Favre exigiendo lo una satisfacción mayor.

Y el par de palabras anunciando su perdición es aceptada sin tapujos. Sí, en sólo unos minutos, Annabeth se sabe suya. Encandilada por el trato, la química entre ellos -qué mejor forma de describir señoras y señores, el efecto de las feromonas- y el hecho asertivo de que pueden llevarse bien. El recorrido de ese olfateo tan lobuno va en descenso hasta provocar un respingo cuando sus dientes marcan a su presa. Una presión que dejará cicatriz no visible. Es en el alma donde queda la posesión del macho dominando a la hembra. ¿Qué harás ahora, Annabeth? Lo que él diga, por supuesto. Y cuando su voz ronca emite la orden, la joven en primera instancia sólo piensa que completará la comanda con un "te vas a voltear y tomaré tus labios" hasta que todo lo contrario, la deja en estado de indefensión. Sola, esperando su momento, obligando a fingir algo que no quiere, que no desea y todo por la sociedad.

Es messié Bernard -volvemos a señalar la obviedad del error- quien la protege de miradas indiscretas, para darle su lugar como dama de sociedad. Es él quien procura alejarse porque de haber caído tal encomienda en sus hombros, sería incapaz. Es él quien da la pauta para que ella entienda lo que hay que hacer. Asiente con obediencia. Dominada la mujer en su totalidad, azorada por el pasivo comportamiento del caballero que ahora finge disfrutar de la comida. Por un instante se piensa si no lo soñó. Como si él pudiera leer sus pensamientos, la mano cae sobre el inicio de la piel que va de la rodilla hacia la ingle. Posesiva, poderosa, ansiosa, se restriega contra el vestido. La joven siente reseca la garganta. Toma la taza de té para darle un pequeño trago intentando refrescarse. No hay líquido más frío que pueda evadir ese ardor que él le ha provocado con sólo un trío de acciones. Ni siquiera su ex prometido había tenido tanto poder en ella.

Ni los momentos más fogosos que había tenido con él, provocaron tal respuesta a su masculinidad. Sólo unos minutos, media hora es suficiente para que Annabeth desee salir de ahí con messié Bernard. Por instinto, más que por conciencia propia, parte un poco de la tarta de chocolate para comer. Es ansiedad oral neta y brutal. Mientras sus hermanos la controlan con el tabaco, ella es incapaz siquiera de dar una sola calada. La palia con comida. Su actividad física le permite obviar tales acometidas orales a la comida para conservar la figura delgada y estilizada que le agrada. Aspira un poco para retomar la conversación, intentando recobrarse y ser la hembra cuyo lugar ha sido el de una alfa. Sonríe a duras penas llevando la siniestra mano hacia la masculina para acariciarla por debajo de la mesa, invisible a ojos curiosos, ansía el roce del varón, sentirlo y aprender de éste - me parece que aprovecharemos su estatus de comerciante de pieles para hacerle un pedido. Necesitaré veinte telas de borrega para el invierno. Prefiero tenerlas de una vez, nunca se sabe cuándo la casa estará llena de invitados. Y ahora, con treinta telas de algodón, será suficiente para mantener las camas apropiadamente. ¿Podrá darme costos y tiempos para recibirlas? Le indicaré a dónde deben ser llevadas, por el dinero no se preocupe, pagaré contra entrega si le parece bien - mejor concentrarse en los negocios.

Por impulso, aprieta la mano del caballero alzándola unos centímetros, alejándola de su pierna para llevarla al regazo masculino en una muda indicación de que si sigue tocándola, no podrá pensar. Al quedarse con la palma vacía, su instinto le reclama por corregirse y volver a donde el calor satisfacía sus ansias. Una pequeña sonrisa emana de su rostro antes de dar un trago más del caliente líquido para paliar su nerviosismo. - Me alegra que el budín le parezca apetecible, en este sitio hay mucho qué disfrutar. Seguro que querrá volver a por más - no hay intenciones ocultas en sus palabras, más pueden ser malinterpretadas con facilidad. Otro pedazo de tarta oscura es llevado al interior de su boca escuchando al caballero antes de tomar el libro que los reunió la semana pasada y dejárselo frente a él - como lo prometí, aquí está el ejemplar que espero disfrute. Y dígame, ¿La lectura que llevó fue interesante? Mi ama de llaves decía que no tiene mucho valor. Que sólo es un ensayo para aminorar las supersticiones de Europa Oriental respecto a los vampiros y que en su conclusión, sólo establece que los muertos vivientes no son más que una enfermedad que los médicos no logran identificar donde las personas parecen muertas puesto que su corazón late mucho más lento de lo normal. Que se les entierra porque quedan como en un estado catatónico y que si vuelven a la vida es porque simple y llanamente se recuperaron. Mal comparado, dicho período podría ser por ejemplo, un ataque epiléptico que tiene rasgos característicos y que al terminar, deja en total control de su cuerpo a la persona que lo padece. Por lo que no hay por qué asustarse de que existan vampiros, se concluye. ¿Es cierto? - porque si es así, entonces el autor no sabe ni una décima parte de lo que le rodea.

Hay seres de la noche muy peligrosos. Si lo sabe Annabeth. Como si no estuviera sentada compartiendo una taza de té, tartas y budines con uno de los más peligrosos en el mundo. Uno que con una sola mordida, le ha robado el corazón.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Lun Abr 30, 2018 7:26 pm

Aquellos ojos verdes poseen ahora un brillo casi lascivo, unido a una media sonrisa en la cara normalmente amable de Bernard. Pese a nunca haber tenido una manada para afinar sus habilidades sociales, pese a una vida de lobo solitario impuesta por su carcelero de la manera más egoísta y cruel posible, el lobo de su interior se siente más poderoso que nunca. Algo en su ser le insta a dominar y corromper todo aquello que se muestra puro ante sus ojos, una variante del hambre maldita que lo acosa desde la transformación, un hambre tal vez no tan apremiante como la física, pero que una vez aparecida convierte al mercader en un peón dentro de su propio cuerpo, superado por sus propios instintos humanos, largo tiempo abandonados.

Sin embargo la bestia no piensa dejar otra vez aquellas necesidades sin resolver, ha tomado el control y piensa llegar hasta el final de este oscuro juego de seducción. La consciencia primitiva y la humana se suman en un torrente de oscuras emociones cada vez que aquella influente, culta y carismática dama cede ante los primitivos instintos que el cánido despierta en ella, sentimientos, emociones, necesidades, comportamientos que la encorsetada sociedad en la que viven los humanos intenta contener de la misma manera que una piedra la crecida de un río. Sabe que la dama es ahora suya, y por eso protege su lugar en aquel mundo humano de fachadas pomposas y falsas como un espejismo, la obediencia y la sumisión se premian por un buen líder y aunque el lobo no tenía experiencia en ese campo, empezaba a descubrir rápidamente una parte de su psique de animal social que no había podido aprovechar en mucho tiempo.

Disfruta del temblor de la joven, de su mirada vidriosa cuando la separa, esperando más del macho que la tiene en aquel estado, pero obedece como si de una niña indefensa se tratara ante el carisma y el dominio de aquel ser que domina a Bernard. Sonríe levemente cuando los femeninos y suaves dedos buscan los suyos, más grandes y curtidos por el trabajo y su condición, que no dudan en entrelazarse y jugar con los de ella, repartiendo la atención entre el sensible muslo y la expuesta piel de sus manos. Observa con una mezcla de asombro e interés como la joven se recompone poco a poco del brutal asalto a sus sentidos que ha recibido hace apenas unos momentos, desde luego es una joven fuerte y carismática, resolutiva y sagaz, inteligente y astuta, difícil de cazar y mucho menos de dominar, lo que hace que el interés del lobo por ella no pare de aumentar.

No obstante, la iniciativa de la joven al expulsar su garra de su lugar si es recibido de peor manera por el dominante y caprichoso cánido, que lo toma como un acto de rebeldía de la hasta ahora sumisa hembra. –Dicen que un buen vendedor es capaz de cerrar un trato en cualquier sitio mademoiselle pero la verdad es que no me imaginaba que este fuera una de esas situaciones- sonríe cortés el último de los Favre mientras se coloca mejor en la silla, lo que le permite no solo desembarazarse de la irreverente extremidad de la joven, si no que le permite tener a su alcance más de la erótica extremidad inferior de su acompañante sin llamar la atención de los otros comensales. Su mano acapara posesiva de nuevo la cubierta rodilla de la joven pese a los tenues esfuerzos de esta por impedirlo, a la vez que su mirada se vuelve severa, mostrando su lado más dominante con aquel simple gesto. Para la dominante y caprichosa mente del lobo, aquella actitud debe ser corregida cuanto antes, el placer, la actitud y sus pensamientos son de su propiedad y la desobediencia no es una opción ante la personalidad egoísta del cánido.

-Me acaba de llegar un cargamento de borrego español de una calidad excelente mademoiselle, blanco como la virginal nieve de principios del invierno, mullido como el césped en primavera y tan suave que pondría celoso a los mejores proveedores de algodón- Mientras su actitud hacia el público es correcta y jovial, bajo la mesa su mano empieza a acariciar de nuevo la femenina forma de su pierna, aunque esta vez por cada caricia el movimiento lo lleva un poco más hacia el norte, hacia la parte más sensible de la dama, lenta e imperceptiblemente. –Calculo que en unos tres días tendremos el envío preparado mademoiselle, aunque será bastante voluminoso ¿Qué le parece si como regalo de la casa por  esta gran venta me da su dirección y le mandaremos las pieles ya preparadas a su domicilio? Sin ningún sobrecoste por supuesto, hay telares que me piden menos materiales que usted para cubrir todas las camas señorita, debe de ser una mansión impresionante- Mientras dialogan, la mira a los ojos de manera tranquila pero desafiante, la mano no solo sigue en su rodilla como ella ha tratado de evitar, si no que ahora acaricia la suave y sensible piel de su muslo interior, acariciando cada vez zonas más y más íntimas.

Negar que aquella inesperada rebeldía no hace la caza mucho más interesante sería una falacia insostenible. Para un predador caprichoso y seguro de sí mismo como aquel licántropo, aquella dama era suya desde que puso por primera vez sus bestiales ojos en ella, que la dama lo comprendiera antes o después era irrelevante, a más resistencia pusiera, más seguro estaba de que era un ejemplar digno de su atención entre todas las sosas y pomposas humanas que tenía la desgracia de aguantar cada día. Y para el cazador no había mayor placer que ver aquel carácter indómito y aquella inteligencia voraz superados por el placer de saberse dominada, volviéndola una sumisa pareja de su macho.

-Estoy disfrutando de todo lo que me ofrece la tarde mademoiselle no le quepa la menor duda, y si usted tiene la habilidad de acompañarme le aseguro que volveré todas las veces que pueda- contesta al desafortunado comentario de la joven mientras su mirada se hace más intensa y la última falange de su dedo corazón empieza a acariciar los pliegues del vestido, última defensa para el ansiado premio del predador y la última barrera de la joven que tiene ante él.

-El libro fue muy interesante, ya me extrañaba que un eclesiástico tratara semejantes tema con el beneplácito de la iglesia, pero es exactamente como su ama de llaves le ha contado. No obstante, el compendio de historias locales, leyendas, lugares geográficos y otros datos es tan sumamente exhaustivo que si se obvian sus teorías para refutar dichas historias es una recopilación magnífica, aunque tampoco creo que hiciera falta semejante esfuerzo para desmentir semejante cuento de hadas. El mundo ya suficientemente oscuro como para llenarlo de monstruos y muertos vivientes ¿No le parece mademoiselle? Aunque imagino que la gente encuentra cierta fascinación en lo peligroso ¿Qué tal su viaje por Sierra Morena de mano de Zaragoza?- Mientras tratan ambos temas, los respectivos dulces de cada uno van desapareciendo lenta pero inexorablemente de sus platos, como si de un mortal reloj de arena se tratara, que a lagotarse, marcaría el destino de la francesa.

Mientras hablaba con su presa como si de un honorable caballero se tratase, sus dígitos ahora juegan débilmente con la parte más sensible de la joven a través de los pliegues de su vestido, de manera sutil aunque atrevida,  mientras sus ojos verdes escrutan cada una de las reacciones de la dama, casi obligándola a mirar a los ojos de su torturador. -¿Se encuentra bien mademoiselle?- Allí estaba la última prueba de su compañera, la orden estaba dada, así como las instrucciones y su significado. Sabía que no era fácil lo que le pedía, mentir a una conocida, abandonarse a un extraño, exponerse a ser la víctima de semanas de cotilleos, todo por un hombre que acababa de conocer, pero al fin y al cabo, lo supiera la preciosa dama de ojos azules ya o no, él ya había decidido que era suya.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Lun Abr 30, 2018 8:35 pm

"Dígame usted si ha hecho travieso alguna vez,
una aventura es más divertida si huele a peligro.
Si te falto el respeto y luego culpo al alcohol,
si levanto tu falda me darías el derecho
a medir tu sensatez, poner en juego tu cuerpo,
si te parece prudente, esta propuesta indecente."

En tanto intenta recuperar la compostura, algo harto imposible tomando en cuenta que sigue siendo baleada por todos los pequeños fragmentos que destilan del cuerpo masculino provocando sus más pecaminosos anhelos, bebe algo de té y come con movimientos elegantes. Sólo puede notarse esa desazón cuando desaparece la mitad de la primera tarta para empezar la segunda. La primer objeción es desechada por su mente vivaz que aún intenta escapar del peso muerto que es la excitación de los sentidos por este impresionante ejemplar masculino que se encuentra a su lado. - Me parecería prudente de una vez hablar de lo que necesito para mi hogar, así no se me olvida en el futuro - en una mente como la suya es improbable que tal desliz del olvido sea plausible. Sólo es una excusa para seguir dialogando en tanto intenta recobrarse, alcanzar esa banda que anuncia la meta de la cordura total a la cual le faltan metros para rozarla siquiera.

Un temblor la envuelve cuando él insiste. Voltea a mirarle con una solicitud silenciosa en los ojos de que se detenga. No puede seguir articulando palabras en tanto él siga acariciando su rodilla. El leve rubor de sus mejillas expresa más de lo que su voz puede enunciar. El colmillito izquierdo emerge atrapando el pliegue inferior de su boca como si no supiera qué decirle para que pare. Presiona su mano contra la suya en pos de un entendimiento mutuo. En lugar de ello, lo que obtiene es que él la observe con severidad, como si sus acciones fueran para él un desafío que quiere ganar. Annabeth no busca guerrear, si no llegar a un buen puerto. Un punto donde ambos puedan salir airosos de esta situación incontrolable donde los deseos están inmersos y el consentimiento es tácito.

Su mente está haciendo cálculos mientras tanto del volumen de las telas solicitadas, del algodón que será necesario para el crudo invierno francés. Así como que algunos de sus visitantes tienden a solicitar algunos suministros para llevar en sus viajes. Con el primer envío cubriría sus necesidades - de acuerdo, aunque no lo crea, no es tanta la superficie de mi hogar, si no las propias carencias que en ocasiones me ponen en aprietos. Tengo muchos empleados, así que algunos necesitan de dichas pieles para sobrevivir en los crudos inviernos - toma del bolsito una pequeña libreta anotando su dirección para entregársela - aquí serán recibidos. El precio no importa, sólo que lleguen en buen estado. Dígame la cantidad antes de acudir a entregarlas para que puedan ser debidamente pagadas - como clienta, Annabeth no se permitiría el desliz de deber nada.

Es parte de su educación, una que está en apuros cuando él asciende por su muslo. Un respingo imperceptible - me alegra que esté pasando un día memorable, sin embargo, hay pequeños deslices que preferiría tener en otros lugares más apropiados - segunda vez que lo solicita. Su mano le aprieta la del otro para que detenga sus avances. La está mortificando. Le necesita, lo reconoce, más no es el lugar para seguir por estos derroteros. No puede lanzarse a sus brazos por más que lo desee. No puede dar un espectáculo en tal lugar. Y cada roce la hace ansiar más y más. Sus ojos azules se fijan en esos verdáceos pidiendo piedad.

Por un instante, se pierde en la conversación. Su diálogo sobre el ensayo del eclesiástico le roba la atención, escucha atenta pensando que debe ver ese libro. Por instinto, alarga la mano que antes sostenía la masculina para tomar el libro y hojearlo para analizar con rapidez algunos párrafos. Se muerde el labio inferior dejando a la vista su colmillito. Asiente ante los datos vertidos, será de utilidad para hacer un recuento de los vampiros que habitaron en esa zona. ¿Quién le iba a decir que un miembro de la Iglesia podría darle tan jugosos datos? Absorta en sus palabras, no nota que la mano sigue avanzando hasta que es demasiado tarde. Se queda mirando a la nada, tensa por completo cuando un movimiento llega a ese punto colapsa a mal.

Y a pesar de todo, si hay algo en la vida de Annabeth es la rapidez en que recupera la compostura cuando es necesario a pesar de que todas las circunstancias estén en su contra. Desde las hormonas desatadas por su propio organismo que corresponde a las exudadas por el macho a su lado sentado, hasta la presión que tiene bajo los hombros de controlar sus instintos de besarlo y llevarle lejos de miradas indiscretas. Es pues la joven inglesa, una guerrera que se ha curtido a lo largo de sus veintisiete años. Que ha salido avante de afrentas más grandes y de problemas mayores que un macho que exige marcar su dominio sobre ella. ¿Quiere hembra en celo? La tiene. ¿Quiere subyugarla? Lo hace. ¿Quiere pasarse de listo con ella? Ahí sí que no.

¿Y por qué? Porque pudo haberse controlado en el momento en que ella le alejó la mano pidiendo una tregua más no fue así. Siguió insistiendo en tanto la plática avanzaba con pasos firmes. Iban bien, demasiado bien. Ella estaba contenta, encandilada, ansiosa, excitada. Sobre todo lo último. Hasta que los avances de la bestia masculina que tiene enfrente se pasaron de la línea del decoro. Todavía estaba bien que volviera a poner su mano en la rodilla obligándola a tragar saliva con dificultad y un poco de té. Que la acariciara haciéndola ansiar más y paliando su ansiedad con la tarta de chocolate. Más al momento mismo que su caricia se pasó de ser una simple invitación a lo prohibido a ser una invasión a su total intimidad, a su virginal estado, algo surgió en lo profundo de la pequeña Moncrieff.

Una gata podría ser muy pequeña comparada con la felina que emergió. La leona Moncrieff bostezó despertando antes de mirar fijamente a su invasor y darle una sopa de un chocolate espeso como amargo. Una mirada rápida en el lugar la hace consciente de que absolutamente nadie los observa. Ningún comensal parece interesarse en la pareja ubicada en lo alejado del lugar. El tenedor es limpiado por los labios femeninos del chocolate que aún posee antes de que, en un rápido movimiento casi invisible a los instintos del lobo, se encaje en la piel de su mano cuando toca ese punto en particular que, en lugar de incitarla, la hace rechazarle de primera mano. ¡Y qué mano!

Si sangró, es algo que a la joven no le importó en lo más mínimo. Es bien remarcado que no va a permitir mayores avances y mucho menos tal descaro contra su persona. - No, messié Favre, me siento perfectamente bien. Estoy bastante consciente de mis actos y sé que en ocasiones, algunos reciben lo que merecen cuando presionan demasiado. Si me disculpa, iré a los servicios - se pone en pie con elegancia, toma su sombrero y los guantes antes de ir tan tranquila al área donde están los sanitarios públicos. Una fachada, por supuesto. En cuanto se topa con madame Abbes, le sonríe con fingida congoja - tengo que retirarme, me ha avisado mi cochero que algo pasó en casa. Le pido por favor que pueda decirle al caballero que tengo que irme. Gracias por todo, nos vemos la próxima semana - sonríe con educación antes de salir por la puerta trasera.

Él no lo notará, por supuesto. En cuanto el aire le golpea la cara, sonríe contenta. El peso de sus necesidades se aleja con ese aire frío que le devuelve por fin, la total cordura. Avanza por la calle poniéndose los guantes y luego, el sombrero. En cuanto llega a los carruajes apostados para servir a cualquier caballero o dama sin un vehículo, elige uno para subirse. - Por favor, a las afueras de la ciudad por la calle de Lorena - solicita educada acomodándose en la parte trasera del carruaje. Aspira profundo llenando sus pulmones de aire limpio antes de cerrar la cortina. Se ha librado de una grande. Vaya que sí.

O quizá el lobo no haya dado la última palabra.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Miér Mayo 02, 2018 10:59 am

Tan perdido estaba en sus avances en el muslo de la dama, en el color carmín de sus mejillas, en su embriagador y sensual olor que apenas fue consciente de como el delicado tenedor atravesaba su epidermis, mostrando cierta cara de sorpresa en el lobo, que simplemente la deja ir, ya que cualquier movimiento en falso rompería el anonimato de sus andanzas por terrenos tan pantanosos, por lo que permite a la dama recomponerse y marcharse “al baño” totalmente pertrechada. No hace nada más que un leve y educado gesto de asentimiento con la cabeza mientras la dama le recrimina su comportamiento, hasta ahora aceptado mansamente. Tampoco puede hacer mucho más, ya que un asustado Bernard intenta retomar el control de la situación tras el desplante de la dama y el espíritu del lobo de su interior y el del hombre habían vuelto a su lid por el control de su cuerpo.

¿Hasta qué punto ha sido el cazador víctima de sus propias ansias? ¿A estas alturas y aún no sabía cómo finalizar limpiamente una cacería? ¿No sabía leer los gestos de aquella receptiva dama? ¿Su olfato le había fallado? Imposible. La astuta consciencia del lobo intentaba repasar aquel improvisado cortejo en los pocos segundos que tenía para actuar antes de que el rastro se perdiera. Había menospreciado a la humana, y los tres sangrantes puntos que se cerraban ya a ojos vista en su mano eran la prueba física de ello. Para el lobo aquella dama estaba totalmente subyugada y sin embargo… Sin embargo un olor distinto acudió a la nariz del cánido justo antes de alcanzar su zona más prohibida ¿Podría ser? A veces se le olvidaban lo simplemente estúpidos que eran los humanos con ese tema y una señorita de su clase…

Se relamió con ansias renovadas, en pocos segundos el olor de la joven se difuminaba del local, como esperaba, había salido. Se levantó todo lo tranquilo que pudo, recogiendo las cosas y pidiéndole por favor a madamme Abbes que pusiera las dos medias tartas que la a la señorita no le había dado tiempo a terminar debido al exabrupto, para llevar. La dirigente mujer las colocó en dos pequeños envoltorios de cartón blanco con un pequeño asa del mismo material mientras le da las explicaciones al caballero con una cierta cara de preocupación e intriga.

Tras colocarse el sombrero y el abrigo, sale raudo a la calle, siguiendo el inconfundible olor que lo lleva obsesionando durante toda la tarde. Para el alfa aquel contratiempo solo espolea sus deseos de hacerse con aquel magnífico espécimen de hembra humana, su carácter fuerte e indómito, su fuerza, su carisma y su desparpajo la marcan a ojos del lobo como la más cualificada para reinar a su lado. Una cacería difícil, que había conseguido eludir una vez a su perseguidor y herirlo otra, pero la humana no sabía su auténtica naturaleza y por tanto no sabría que no se puede huir de un cánido una vez ha fijado una presa. No estaba todo perdido tampoco, como en las grandes cacerías, había conseguido herir a su presa, debilitarla, aunque ahora estaría alerta y precavida, ya estaba marcada, cansada y agotada, mientras que sus contratiempos solo habían aumentado la fijación por ella de su perseguidor.

Tras torcer dos veces de calle, distingue el perfecto vestido de ella subiéndose a un elegante coche de caballos, aprieta el paso levemente hasta que consigue alcanzar al cochero justo antes de que este ordene avanzar a la pareja de caballos. Tras darle al amable caballero algunas explicaciones plagadas de inoportunas mentiras en voz baja, sube de un grácil salto a los escalones antes de abrir la puerta y pasar con naturalidad, sentándose delante de aquella dama de alta clase. Acto seguido saca una mano por la ventana, golpeando dos veces la madera exterior, lo que hace que el cochero arranque al fin el coche de caballos.

-Saludos de nuevo mademoiselle- saluda caballeroso Bernard mientras le da un ligero y galante beso en la enguantada mano de la dama. -Casi no la encuentro mademoiselle, una bella coincidencia que tomara por aquí. No podía permitir que dejase su preciado libro en la cafetería ni sin los restos de sus pasteles- hace una breve pausa antes de continuar –Ni sin una disculpa por mi parte mademoiselle, no pretendía nada más que su disfrute- alega con tono serio volviendo a atrapar aquellos ojos azules con los suyos. Mientras, el ladino lobo empieza a impregnar con su olor el aire, un espacio mucho más cerrado que una cafetería. –Está claro que no pude contenerme al estar junto a tan bella dama señorita ¿podría hacer algo para ganarme su perdón?- finaliza poniendo su sombrero sobre su pecho en un cortés gesto de disculpa.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Miér Mayo 02, 2018 1:52 pm

"Una aventura es más divertida si huele a peligro.
Y si te invito a una copa y me acerco a tu boca,
si te robo un besito, a ver ¿Qué no vas conmigo?
¿Qué dirías si esta noche te seduzco en mi coche?
Que se empañen los vidrios si la regla es que goces."

En lugar de que el carruaje salga de inmediato, está detenido. Ella no lo nota, pensando en lo que sucedió en ese pequeño local. Si lo lastimó, seguro que está enojado. Y más por el desplante de irse. Con este tiempo transcurrido, madame Abbes ya le habrá dicho que se retiró del lugar. Por instinto, cierra todas las cortinas incluso las ventanas para evitar que pueda verle. Sabe que ejerció una fuerza muy grande al encajarle el tenedor, más no prestó atención a si lo hirió. Hace una mueca para gemir desolada tapándose el rostro con las manos enguantadas. No va a volverlo a ver. Por un lado se alegra, por el otro se horroriza.

- ¿Cuándo vas a aprender a controlar tu mal carácter y ser menos impulsiva, Annabeth? - gimotea echando atrás la cabeza con una palmada fuerte en sus muslos. Es cuando se da cuenta que el carruaje no avanza. ¡Qué raro! Se asoma un poco para ver que el cochero está a lo lejos hablando con alguien a quien no puede ver. Vuelve a cubrir todo con cuidado sintiéndose una tonta por estar ocultándose del caballero. ¡Y con lo que le gusta! Porque le encanta el hombre, que tenga tanta experiencia en lecturas, sus modales, su sonrisa, esos ojos verdeazul. Emite otro gemido frustrado. Lo hecho, hecho está. No hay marcha atrás. Aspira aire profundo para relajar los músculos.

Justo es cuando se da cuenta de que le faltó el bolso. Aprieta los ojos con fuerza llevándose una mano a la frente para darse un golpe por lo tonta que es. - ¡Eso, Annabeth, eso! ¡Muy bien! - ya ni recuerda cuánto dinero dejó. Al menos sabe que Madame Abbes le guardará todo. No es la primera vez que por algo urgente se deja algo. Se acaricia las sienes con los dedos índice y medio para aligerar la migraña que se le está formando. Ella que quería un día fantástico con un caballero elegante y atractivo. Todo se fue de control. Reconoce que en parte, fue su culpa. En parte, porque él traspasó la barrera del decoro con sus caricias inapropiadas.

Cuando se es una dama como ella, cuando se tienen bases tan fuertes como las morales, es imposible permitir un roce tan inapropiado como el que él hizo al final. ¡Tocarle el sexo! ¡Atrevido! Y que diga que sólo fue un golpecito con el tenedor, le habría puesto tremendo bofetón de no haber estado tan encandilada con él. Y ahora que está libre de su influencia, puede pensar mejor. ¿Qué le pasó ahí adentro? Casi se le va a los besos. Exhala de nuevo sonoramente bajando la cabeza y los hombros. Alza la cabeza preguntándose por qué tarda el cochero, cuando hace el intento de abrir la puerta, ésta no sólo se abre de par en par, si no que alguien sube y cierra tras ella. Se queda boquiabierta de ver a messié Favre sentándose frente a ella. ¿Se habrá equivocado de carruaje? Sin dudarlo, hace una aclaración impertinente - este carruaje es mío - golpea su pierna para hacer más clara la situación.

Mira cómo golpea el carruaje para que éste avance ante su anonadada expresión, ¿Cómo llegó hasta ahí tan rápido? Alguien seguro que le dijo para dónde iba. Se recarga contra el respaldo con un sentimiento contrariado. Primero, molestia por no haber sido tan hábil al escapar. Segundo, alivio cuando él toma su mano y la besa, por recuperarle. Momento. ¡Momento! ¿Recuperarle? Ni siquiera puede pensar en eso cuando un aroma la intoxica. Es inconsciente de él, sólo un olfato más desarrollado se daría cuenta de las feromonas que él ha dejado salir para cegarle la mente y sólo estar atenta a él. A su maravilloso comportamiento cual caballero. A sus explicaciones y disculpas.

Está podrida, es decir, sólo es ver esos ojos tan verdáceos para olvidar sus actitudes. Baja la mirada nerviosa. De nuevo siente el corazón galopar sin control. Se acomoda un mechón de cabello tras la oreja. - De-de acuerdo, no vuelva usted a faltarme el respeto con semejantes actos - le intenta dejar claro, aunque su voz suene tan trémula. ¿Y ahora qué hará con semejante ejemplar masculino ante ella de nuevo? Guarda silencio sin saber bien qué hacer, cómo comportarse. Termina alargando la mano para tomar su libro y fingir el hojearlo. No se concentra en nada, espera que él no lo note - tendré un descuento del treinta por ciento en las mercancías que me enviará como castigo - exclama con decisión.

Sí, eso será suficiente para lavar su honra. ¿O no? ¿No es demasiado poco? Frunce los labios sin saber qué pensar - No, mejor el cincuenta por ciento, sí, mi honra vale eso - se corrige con los ojos fijos en las letras que, cual bailarinas de ballet, danzan sin que ella pueda entender un poco de la lectura. Baja al final el libro para observarlo - ¿Qué es lo que pretende, messié Favre? Ya dígalo de una vez - está molesta consigo por no saber cómo actuar y cómo demostrar que sigue muy molesta con él a pesar de que sus ojos no se despegan de los suyos. Y que su corazón sigue latiendo como caballo desbocado.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Vie Mayo 04, 2018 9:40 am

Es complicado mantener un gesto amable y cortés al ver la cara de contrariedad que provoca su repentina aparición en el reducido espacio del carromato.

Aquella cara se mostraba ahora tensa e incómoda, igual que el primer día que la conoció, tras la tirante discusión en la librería. –Sé que es suyo mademoiselle y lamento profundamente el seguir importunándola mas no podía permitir que su enemistad perdurase sin corregirme- Aclara bastante azorado, aunque no encaja con la actitud despreocupada con la que pone en marcha el carruaje. Tras el improvisado esprín, se arregla tranquilamente los pliegues de su traje, sentado en frente de semejante mujer, esperando dar el aspecto lo más correcto posible, mientras no quita ojo a los ojos de la dama.

Sonríe agradecido, aunque se puede apreciar como la sonrisa tiene tintes más ladinos y oscuros, al dejar ver como la mujer empieza a ceder levemente ante sus encantos. La voz que pretende ser autoritaria titila como el brillo de una vela al aire, y sus ojos volvían a intentar eludir sus irises, volviendo a ellos no obstante como un planeta a su órbita. Su olor no obstante era un sinfónico espectáculo mucho mayor a los sentidos del lobo. Los ácidos olores del miedo se mezclaban en una silenciosa cacofonía con los picantes olores del enfado, mientras lenta pero inexorablemente, los acres olores de la receptiva hembra, en combinación con las feromonas que siguen saturando tan cerrado y estrecho lugar, hacían acto de presencia una vez más, completando el cóctel sensorial que premiaba las andanzas del licántropo desde el primer momento.

-Me temo que ni entregándole todo mi negocio podría compensar algo tan importante para mí como es su honra mademoiselle –Dice mientras apoya una mano en las páginas del libro en la que se refugia, haciendo una leve presión para que el libro deje de interferir en como el licántropo escudriña cada parte de su rostro, de su peinado que empieza a deshacerse debido a las fuertes emociones de su dueña, de sus labios resecos tras buscar aire a través de ellos, de la femenina curva de su cuello, dejando que la dama se sienta observada, admirada, deseada a través de la impecable fachada de caballero que ahora imprime en todas sus acciones. Haciéndola sentir desnuda, expuesta e indefensa. No hay lugar para huir, no tiene opciones a esconderse de sus ojos, ni a esquivar su mirada. Tras la galantería y las buenas maneras, arrincona a su presa, la somete a una persecución implacable y efectiva hasta que agotada deba rendirse a su verdugo. Al apartar cortésmente su última barrera, sus dedos entran en contacto con los de ella, recorriéndolos de forma breve al flexionar levemente las falanges, disfrutando del tacto del elegante guante.

-Me alegra que podamos terminar este malentendido mademoiselle, no podría soportar que usted tuviera una mala imagen de mi- sonríe afable. –Le prometo que no volveré a importunarla. Ha de creerme cuando le digo que no es típica de mi semejante actitud mademoiselle- Empieza a explicarle en un tomo revelador e íntimo, bajando la voz, lo que hace que tenga que acercarse a la dama para hablar –Nunca había perdido el control de esa manera, estaba perdido en sus sofisticadas formas, en sus encantadoras maneras, embriagado por su perfecta dicción y en su maravillosa mente-.

Sonríe levemente ante la pregunta de ella casi con timidez. –¿Aún lo pregunta mademoiselle?- Contesta mientras levantándose, clava una rodilla en el suelo de madera, dejando la otra flexionada hacia delante, ocupando el espacio que separa ambas líneas de asientos, quedando sus ojos a la altura de los de ella. –Pretendo cortejarla Annabeth, hacerla mía como le dije en la cafetería- dice de manera mucho más pasional y posesiva, abandonando el caballeroso ambiente anterior, utilizando por primera vez su nombre –Desde que la vi por primera vez no puedo dejar de pensar en su rostro, esos ojos azules, en su hermoso gesto,- con cada alusión a una parte de la anatomía femenina reduce un poco más la distancia entre ambos rostros, lenta y seductoramente, su voz se va volviendo cada vez más grave y sus ojos van impregnándose cada vez más del color de la bestia –De esos labios que no puedo dejar de mirar- sentencia mientras sus rostros casi se tocan. El lobo bulle de actividad debajo de la piel del hombre, ansioso, poniendo a prueba su paciencia como si de un lobezno se tratara, pero intentando mantener su fingido papel. –Prometo no hacer nada que usted no desee mademoiselle de Louise- finaliza en sus susurro ronco mientras su labio inferior roza por primera vez los de ella al terminar de hablar.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Vie Mayo 04, 2018 11:22 am

"Tuya hoy y siempre,
tuya y tú mío
hasta la eternidad."

Las justificaciones podrían ser en otro momento, sólo excusas para la dama. En este momento y lugar, son perfectas para que su corazón empiece a latir cual caballo desbocado y sin un jinete que tome las riendas. Con dificultad, la saliva se desliza por la garganta del nudo que se le ha formado sin proponérselo. El rubor combina con la vulnerabilidad de esos ojos de cielo que parecen a punto de aguarse. Los hombros se echan adelante como gesto de protección por los embates a su corazón, al tiempo que su mente sigue empeñada en mantener la visión en el libro que es insulso para el instante que está viviendo. Disfrutando con las palabras sabiamente elegidas para bajar sus defensas y entregar lo que él anhela.

La mano sobre las páginas la sobresalta un poco. No por el miedo que le causa esta situación. Corrección. No sólo por el miedo que le causa esta situación, debe aclararse. Es porque no puede tener pensamientos coherentes cuando él está presente, sólo está consciente de sus ojos, de su rostro, de esos labios que se mueven cada vez que habla. ¿Sabrá él de esa seducción que esgrime como si fuera sólo una simple espada jugueteando al aire? ¿De lo que produce su ronca voz en los oídos de las mujeres? Pensar en otras la hace sentir una punzada de molestia. No reflexiona ésto, de hacerlo, las actitudes serían muy diferentes a las que va a mostrar. Porque la timidez le embarga de pies a cabeza. Quisiera tomar el libro para esconder el rostro, estar en un seguro lugar.

Ocultarse en su recámara, debajo de las mantas. Se siente como una inexperta chiquilla. Ni siquiera su ex-prometido la hizo sentir así. Tan avasallada con su presencia y magnetismo. Porque él es el imán y ella el metal que termina siendo empujada por las fuerzas de la física hasta quedar pegada a él. Frente a él. Junto a él. Su músculo bucal repasa su labio inferior para quitar esa molesta resequedad, un signo inequívoco de cómo la presiona. El hueco en su estómago es enorme, podría contener una sandía y todavía quedaría espacio a su alrededor. Su tacto contra los guantes le provoca un leve temblor en el labio inferior. Lo contiene apretando al traidor con su colmillo, apresándolo contra las piezas dentales de abajo sin saber cómo puede reflejar ese insignificante gesto su falta de decisión. Está dudando como nunca.

Está tan sobre-expuesta a las sensaciones, que su oído parece no funcionar. La voz de él es cada vez más baja, obligando a que se acerque para percibirla. Ha de ser una baja de presión, un vahído el que la envuelve de tanto estrés que le causa tal caballero. Su propia ansiedad por mantenerlo a su lado, por seguir mirándolo, escuchándolo. Oliéndolo. ¿Cuándo el olfato se volvió tan importante? Sólo con su aroma. Ese picante perfume que embarga al varón, que puede percibirse mejor cuando están a una mano de distancia. Que intoxica sus sentidos, donde sólo está él y nadie más. Messié Favre es más apabullante con sus actuares en el instante en que hinca una rodilla en el suelo haciendo que toda la mente y los intentos de Annabeth por alejarse, formen una gran bola de estambre y salgan disparados fuera de la ventana haciendo que su gato corra en pos de ella, dejando indefensa a la femenina mujer.

Sus ojos y boca se abren perplejos, pierde el aliento. Por instinto, se recuerda que tiene que respirar, por lo que vuelve a tomar aire con un sonido ahogado. Nunca vio hombre tan alto, pues aún hincado, sus rostros están casi a la misma distancia. Los orbes de Annabeth no dejan de titilar intentando escapar de un acto de seducción de tal envergadura que le impide reaccionar. La saliva vuelve a deslizarse con dificultad por su garganta cuando ella por fin puede cerrar la boca. –Pretendo cortejarla Annabeth, hacerla mía como le dije en la cafetería - el color se va de su rostro dejándola pálida. Y no porque sea esa idea una locura inadmisible. Es porque desea, anhela, urge que se haga realidad. Baja la mirada con timidez.

Su boca intenta articular palabra, emitiendo sólo pequeños balbuceos en tanto messié Favre hunde más la flecha que Cupido dejase una semana antes para hacer imposible el separarse de él. Más y más palabras, con el olor de su perfume saturando sus fosas nasales, con la temperatura de su cuerpo casi al alcance de la mano en tanto ella aprieta con violencia las faldas del vestido. Con el rostro tan cerca, tan listo para ella. - Y-Yo - no puede hilar una sola oración cuando él habla de sus labios que tiemblan como hojas al viento incontrolables. Esos ojos verdes parecen cada vez más oscuros, se ha ido todo el azul de ellos, la subyugan, la dominan. La enloquecen de ansiedad.

La última frase, rompe el dique que contenía o fingía contener las emociones de la inexperta dama que recibe el roce de los labios masculinos como si de una enorme descarga se tratara. Un jadeo emana de su boca con aliento a chocolate y frutos del bosque. Su cuerpo tiembla al tiempo que busca una tabla de salvación llevando una mano hacia la mejilla del varón sin imaginar lo que puede significar para él en tanto los propios -y traidores- pliegues de su boca, una vez finiquitada la distancia, se regodean en disfrutar los contrarios en un roce suave, dulce, como lo es el interior de la mujer. Inocente, sus labios se mueven lento, muy, muy lento paladeando el sabor del budín en la boca del caballero. Hasta que, por fin, como si necesitara también respirar, va alejándose de él.

Esos irises azules resplandecen cual zafiros en tanto su mano sigue prendada de la mejilla masculina en un roce cual alas de mariposa. Una sonrisa trémula, con el cuerpo estremeciéndose por las sensaciones, la química de su organismo le anuncia al lobo antes de que sus labios siquiera puedan comunicarlo. Y cuando lo logra, es sólo para decir - sí, quiero ser tuya, Bernard.


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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Bernard Favre el Dom Mayo 06, 2018 10:16 am

El final de la caza concluía y el lobo bullía de excitación, de anticipación, de triunfo. Todos los instintos animales eran recompensados por su comportamiento y sus progresos sobre la tierna presa. Las endorfinas eran liberadas desde los centro de placer a raudales, haciendo que su bestia interior se relamiera de excitación, que sus músculos se tensaran antes del asalto final, que sus garras horadaran el suelo incapaces de permanecer estáticas y que el habitáculo que compartían empezara a oler al atrayente olor del sexo.

Los irises verdes no perdían detalle de como su hermosa, joven, fuerte y carismática presa acumulaba visibles signos de debilidad uno tras otro. Como la liebre que poco a poco hace los quiebros más lentos, como el búfalo que abre la boca buscando aire o como el ciervo que tras una larga persecución y tras un grácil salto tropieza consigo mismo cediendo al cansancio. La hembra humana, yacía ahora desarmada y vulnerable ante el predador, jadeante y rubicunda, aunque no por el esfuerzo físico. Sus últimas barreras caían al mismo ritmo que los labios del lobo reducían el espacio con los de ella.

El silencio en el que se había sumido la extrovertida dama no obstante, era el mayor indicio sobre su cada vez mayor aceptación y cuando este es roto por aquella breve frase y sus labios rozan tímida y amorosamente los de él al fin, acompañado por el suave, etéreo y femenino gesto que lleva su mano a su poblada mejilla, los sentimientos que despierta en el licántropo lo dejan levemente confuso. Aunque la excitación e impulsos carnales aún más oscuros seguían hirviendo bajo su piel, una riada de sentimientos más cálidos envuelve al lobo. Aquella nueva actitud sumisa y entregada, hace que despierten en el espíritu animal sensaciones que no han estado nunca a su alcance en su autoimpuesta vida de lobo solitario y que otras humanas que han llamado la atención del lobo no han podido despertar. En tan solo un gesto, los egoístas sentimientos de propiedad son matizados por un fuerte instinto de protección, la simple idea de que a aquella humana le ocurriera algo enloquece de furia a la bestia mientras que sus ansias de utilizar y dominar, son limadas por un nuevo sentido del liderazgo que buscan lo mejor para su nueva compañera y para él, para la manada.

Tras la leve vacilación que le produce encajar estos nuevos sentimientos, sus gruesos labios corresponden con infinita suavidad a los de su pareja que por primera vez, lo reclaman como un canto de sirena. Con un suave y lento movimiento, su labio inferior y superior muerden dulcemente el de ella, disfrutando del delicioso olor de ese beso, una combinación fabulosa de su cálido aliento, el ácido y dulce olor a bayas y el áspero chocolate. Se recrea en el suave tacto de aquellos labios de fresa contra los suyos levemente más rugosos y de la calidez y finura del guante sobre su mejilla. Responde lentamente a la iniciativa y ritmo impuestos por la humana, respetándola, por lo que suspira levemente cuando los labios de ella se alejan de los suyos, momento en el que dibujan una tierna sonrisa, sin dejar de mirarla a los ojos.

Cuando se entrega abiertamente a él, la bestia vuelve a reclamar a la parte humana su satisfacción, su premio. La inocente y tierna humana es un delicioso banquete para los instintos del lobo y un beso solo es suficiente para espolearlos. Acaricia con su mano la que ella aún mantiene en su cara, envolviéndola con la suya propia, caliente y con el tacto rugoso que dejan años de trabajo, mientras que la otra busca la otra entre sus faldas, recogiendo los agarrotados dedos en una caricia suave pero determinada, jugueteando con los femeninos dígitos entre los suyos. A la vez, las caricias de ambas manos fueron recorriendo lentamente los brazos de la dama, acariciando lentamente la piel con la yema de los dedos. La mano derecha del licántropo acabó tras el cuello de ella mientras que la izquierda recorrió varios centímetros de su espalda. Una vez colocadas, empezaron a tirar lenta pero inexorablemente hacia él, volviendo a reducir la distancia entre ambos. –Me acaba de hacer usted el caballero más afortunado de toda Europa mademoiselle- dice galante justo antes de que sus labios vuelvan a apropiarse de los de ella, esta vez en un beso más pasional, más ardiente. Sus manos se clavan en el cuerpo de ella, ansiosas, reclamando eliminar la distancia que aún los separa, fusionándolos con verdadera ansiedad por cada milímetro de su cuerpo que no está en contacto con el de ella. Su lengua, ansiosa, acaba por abandonar su propia guarida, empezando a explorar la opuesta, enmarcada por unos labios tan jugosos y sugerentes entre abiertos. Inquietas, las manos recorren la femenina espalda, incapaces de mantenerse quietas ante la cantidad de sensaciones que devastan al licántropo. –Solo estamos usted y yo - suspira Bernard apenas sin dejar de besarla –Mi única meta es su disfrute mademoiselle de Louise- termina con voz ronca mientras el peso de su cuerpo empieza a aplastar a la dama contra el asiento.
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Re: Manuscrit trouvé à Saragosse [Bernard Fevre]

Mensaje por Annabeth De Louise el Dom Mayo 06, 2018 4:56 pm

Sus labios esbozan una sonrisa trémula, casi imaginaria que modifica las facciones de la fémina dando rasgos más dulces, expresando el sentimiento que la embarga. La ternura que le invade y el naciente cariño que va ganándose el caballero con esas atinadas elecciones. En cuanto él entiende que para conquistarla no es suficiente ser un intelectual, un reservado y paciente ser, si no también galante y pasivo seductor, tiene el camino despejado para llegar a su corazón. La coquetería es nata en todas las mujeres, más hay algunas que en su propia inconsciencia del amor, lo que necesitan es ser seducidas poco a poco, con palabras elegantes que les enrojezcan los oídos y actitudes suaves, lentas y aún así, seguras y determinadas. Hablamos de un romanticismo, del típico cuento de la princesa que anhela el amor, más cuando se presenta, no sabe qué hacer o cómo corresponder a él.

Así es la mujer. A sus veintisiete años descubre que en el pasado, no estaba tan enamorada de su ex-prometido por más que lo intentara. Muchas de las actitudes de Valentine eran contrarias a las que ella deseaba para su pareja y esposo. Sus carácteres chocaban cada dos por tres. Incluso, para elegir fechas de boda, lugar y demás nimiedades. Cada detalle del enlace matrimonial era un suplicio para la entonces joven de veinte años. En el instante en que sus padres murieron, ella se vio envuelta en tantos trámites y huidas que entendió que no funcionaría su relación, estando alejada de su entonces prometido y fuera de su influencia. Romper su compromiso fue tan fácil que en lugar de sentir pesar, le quitaron una losa sobre los hombros de tan complicada que era su relación. Había lucha de voluntades casi todo el tiempo. Él por imponerse, ella por no ser pisoteada.

En cambio, Bernard tenía un algo que no sabía explicar para conquistarla. Quizá sus formas educadas y galantes. Su conocimiento, su voz. No, si era sincera, son sus ojos verde-azul los que la atrapan por completo. Sobre todo cuando cambia a esa combinación de ambos colores. La atrapa, la conquista, la pierde en la inmensidad de lo que es la personalidad tan voluble del hombre. En ocasiones tímido para sorprenderla con deslices tan atrevidos como la imprudente caricia en la cafetería. A veces dulce para tornarse posesivo con ese "eres mía". Romántico con ese gesto de hincarse frente a ella para hacerle la propuesta de ser pretendida por él. Y después... Ese beso apasionado, exigente y seductor. Muy seductor, la hace temblar de la punta de sus cabellos hasta la planta de sus pies. Envuelta en sus brazos, tras la caricia de sus manos en forma ascendente por sus extremidades superiores tomando su nuca, siguiendo el roce por su espalda.

Y el beso que les une es probar la miel más pura, el maná de los judíos o la ambrosía griega. Todo proviniendo de una sola fuente: la boca de Bernard. Su olor la envuelve arropada entre esos brazos fuertes y grandes que le brindan contención. Sus manos no pueden estar ociosas. Deslizan la superficie de sus palmas sintiendo el calor bajo la piel. Entre los guantes de finas telas deseando que sea su epidermis la que esté en contacto con él. Con su piel en tanto prueba y se deleita en el aroma subyugante del varón, pino y potente un aroma especiado que no puede entender de dónde proviene le inundan las fosas nasales. Bernard se torna osado como es su particularidad. Ese comportamiento dulce se va a la parte alta de la balanza cuando lo que ahora pesa es su fogosidad.

El músculo bucal masculino busca su compañera en la boca de la mujer que, con un gemido suave, le corresponde tocando trémula a su par que sabe bien qué hacer enseñándole y conquistando. El intoxicante sabor especiado se introduce en sus papilas gustativas llegando al torrente de sangre para dejar fluir una exhalación. Los brazos se reubican en la nuca del hombre hasta que por fin, el beso se rompe haciendo que jale aire un par de veces con el rostro sonrojado y los ojos irradiando su felicidad. El colmillito atrapa su labio inferior entre su gemelo del sur antes de que, sin pedirlo porque cómo lo desea, Bernard susurre contra su boca palabras que la hacen sonreír en tanto su cuerpo va cayendo como en cámara lenta hasta que la espalda femenina tiene de respaldo el acolchado asiento del carruaje.

Los broches y horquillas han cedido ante los ires y venires de ese día, dejando escapar la sedosa guadaña que reposa como marco del rostro femenino. Tan negra como la noche, con unos brillos provenientes quizá de una luna que refulgen plateados y algunos otros, azules cual alas de cuervo. Por pura inercia, sus manos se desprenden de los guantes dejándolos caer sin contemplaciones antes de, por fin, tocar su rostro con deleite, reproduciendo con su índice las facciones masculinas. Sus pómulos, su barba, el inicio de su vellosidad facial. Sonríe con deleite cuando puede apreciar la suavidad de ésta contra su epidermis. - Smettila di dirmelo mademoiselle De Louise, per favore. Annabeth va bene - su acento italiano resuena en el pequeño cubículo que les mantiene ocultos a ojos de los demás.

Es su segunda lengua natal la que emana de su boca con una tonalidad más seductora y coqueta, que aunada con su expresión arrobada por recorrerle la piel y el rostro, es una oda perfecta al romance. - ¿La tua parla italiano? - pregunta antes de continuar con ese idioma. Como no lo conozca, tendrá que volver al francés. Sin poderlo evitar, sus labios se posan en la comisura derecha de Bernard sintiéndose feliz por primera vez en muchos años.


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