Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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The Family | Privado

Mensaje por Emma Hamilton el Jue Abr 19, 2018 10:49 pm

Los hermanos sean unidos. Porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera. En cualquier tiempo que sea. Porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.
Martín Fierro – José Hernández

Le sacó el libro de las manos, le besó la frente y la contempló. La madre de Emma se había dormido en plena lectura, sentada en su cama. Con aquella luz tenue, parecía mucho más joven y en completa paz, y la joven no pudo hacer más que sonreír. Le hubiera gustado que Martha siempre se encontrara tan tranquila, sin ningún rictus de dolor. Le acomodó el cobertor para que no tuviera frío, le acarició un mechón de pelo negro, y luego apretó el libro contra su propio pecho. Apagó la vela y se retiró muy despacio, procurando que la puerta no hiciera ningún ruido al cerrarse. Caminó por el largo pasillo hasta la biblioteca, y dejó la novela sobre el escritorio, allí la buscaría la mujer al día siguiente. Caminó hacia el ventanal, corrió una cortina y París se veía oscura a aquellas horas. Agradecía la vista privilegiada de aquel segundo piso, que al encontrarse en un pico alto de una calle, le ofrecía una visión increíble de la ciudad capitalina. Inspiró muy hondo, con resignación, cuando notó que el carruaje de alquiler que había enviado a buscar ya había llegado.

Estaba dispuesta a dejar de lado todo por su prometido, por salvar la vida de este. Aunque eso implicara escaparse unas horas de su hogar, en plena madrugada. No sería la primera vez, tampoco la última. Había recibido el aviso de que Oscar se encontraba borracho en una taberna, apostando las pocas pertenencias que llevaba encima. Emma había contratado a una persona que lo siguiera, y le avisara en caso de que ocurriera algo como aquello. El lacayo había hecho caso y, tras notar el estado del joven, acudió inmediatamente en busca de su patrona, que no había logrado conciliar el sueño, presa de un mal presentimiento. Se había despedido de Oscar con el corazón en un puño, y estaba segura que al salir de su hogar, se metería en algún embrollo.

Se envolvió en la capa negra de lana –era una noche extremadamente fría- y salió a hurtadillas. Martha llegaba a enterarse de algo y, no solo la obligaría a romper el comprimo, sino que la llevaría de vuelta a Londres, y a Emma ya nada le quedaba allí. En Francia había encontrado varios motivos para vivir, entre ellos, su futuro matrimonio y crear un vínculo con sus hermanos, esos a los que espiaba cada tanto y que no tenían idea de su existencia. De cierta manera, era divertido conocerlos así, sin disimulos; podía verlos tal cual eran, y se había convertido en una tarea de lo más gratificante. Subió al coche con una suave sonrisa en los labios, al pensar en aquellos jóvenes con los que compartía sangre y con los que tanto deseaba crear un vínculo. El gesto desapareció en cuanto el traqueteo la hizo balancearse de un lado a otro.

Corrió la cortina de la ventanita, y fue contemplando las desiertas calles, solo habitadas por algún perro callejero, un gato vagabundo y algún par de beodos que caminaban en zigzag. Alzó la vista y la luna, en cuarto menguante, iluminaba el firmamento con su esplendor. Estaba estrellado, y eso era una buena señal. Se preguntó dónde demonios estaba Oscar, pues el camino estaba haciéndose cada vez más largo y peligroso, ya que la fachada cambió estrepitosamente. Las construcciones se hicieron más humildes hasta terminar a campo abierto. A esta altura del viaje, Emma ya había perdido toda la somnolencia adquirida al comienzo y se encontraba alerta, aferrada al rosario que llevaba en su mano. Esperaba que el chofer hubiera entendido las indicaciones de su empleado.

Escuchó el relinchar de los caballos, un grito del trabajador y el carruaje perdió la estabilidad, balanceándose de un ladro a otro, hasta frenarse de golpe. Emma se golpeó la cabeza dos veces, estaba algo atontada por la situación y no lograba entender nada. La puerta se abrió de pronto y,  pesar de la oscuridad, lo reconoció. El impacto la hizo espabilarse y se llevó una mano a la boca, de pura sorpresa.

No es posible —susurró, ante la visión del asaltante.



"In the midst of winter, I found there was, within me, an invincible summer"

Una mujer debería ser dos cosas: elegante y fabulosa:
¿Pero cuánto durará esa belleza? A las mujeres nos entristece pensar en eso.:
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Re: The Family | Privado

Mensaje por Havryl Hamilton el Mar Mayo 22, 2018 3:34 pm

Después de que el último plan de Havryl para hacerse con un una gran suma de francos fracasase estrepitosamente —la inquilina que tenían en la casa daba buena cuenta de ello—, el ucraniano decidió que volverían al asalto de carruajes, al menos mientras durase la tranquilidad que habían notado en los caminos. Aunque su mente no dejaba de pensar en nuevas formas de ganarse la vida, sabía que lo que mejor se le daba a sus hombres era el robo de objetos valiosos. Havryl era consciente de eso, pero también sabía que, tarde o temprano, dejaría de ser productivo porque cada vez eran más las caravanas de mercancías que viajaban escoltadas por hombres fuertes capaces de hacerlos frente. Por eso había decidido cambiar un poco la tónica de la mecánica habitual: asaltar coches de personas con recursos en lugar de aquellas que se dedicaban a transportarlos.

No daría tanto dinero, desde luego, pero esperaba que sí el suficiente para sobrevivir hasta encontrar algo mejor y, sobre todo, más estable. Si bien se había dedicado los últimos años de su vida a la venta de objetos robados —principalmente, porque esa había sido la única forma que había encontrado para ganarse la vida—, había veces en las que Havryl se sentía viejo. Lo último que deseaba era que eso calara en manada, puesto que, para ellos, su líder debía ser fuerte y perseverante, y esa era la imagen que él deseaba transmitir.

Para ese asalto no se llevó a todos sus hombres, sino que eligió a los tres más ágiles y rápidos y, aprovechando la poca luna que había esa noche, se encaminaron hacia los caminos que salían de la ciudad. Allí esperarían a Joan, el quinto integrante y el que mejores dotes para manejar carruajes tenía. No sin esfuerzo, habían conseguido que se colara en las cocheras, haciéndose pasar por uno de los trabajadores de coches de alquiler. Su cometido era llevar a los clientes que consiguiera por un camino previamente decidido, donde le esperaban los otros cuatro, agazapados tras unos arbustos a la espera de tener vía libre para atracar a los viajeros.

Havryl sabía que cualquiera que viniera con Joan traería algo de valor, así que en cuando lo vio aparecer con los caballos al trote no dudó en mandar al primero de sus chicos que le saliera al paso. Los animales, que iban a buen ritmo, se asustaron y giraron bruscamente, y en ese mismo instante salió el segundo. Los cuadrúpedos cambiaron de dirección de inmediato, zarandeando el coche y a la gente que iba en el interior. Él fue el último en salir, frenando a los caballos de golpe. Mandó a Joan que los mantuviera firmes y quietos; o deseaba que se lanzaran al galope mientras se hacían con el botín.

Mientras un par de hombres vigilaban el camino, el que quedaba y él se dedicaron a inspeccionar el coche y a quitarle todo lo que pudiera tener de valor: las lamparillas de bronce, los decorados de las puertas, los clavos y adornos de las ruedas… todo lo que brillara a la luz de la luna era susceptible para ser despojado de su sitio. Fue Havryl quien abrió la portezuela y descubrió que, dentro del coche, sólo viajaba una chiquilla asustada aferrada a un rosario. ¿Ni siquiera eso iba a salirles bien, acaso?

Lo es, muchacha, lo es —contestó a las palabras de la joven, creyendo que se refería al robo en sí, no a que ella conociera su identidad—. Eso te pasa por salir sola y a estas horas. Venga, dame todo lo que lleves.

Se metió en el coche y se puso a su lado sin perder detalle de cada uno de sus movimientos. La cicatriz que tenía en el brazo le recordaba que no debía subestimar a nadie, ni siquiera si se trataba de una joven mucho más menuda que él y aparentemente inofensiva.

¡No tengo todo el maldito día! —La agarró del brazo y la zarandeó—. ¡Dame el dinero, las joyas! ¡Ya!


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Havryl Hamilton
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