Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

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Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Aglaia el Sáb Abr 21, 2018 10:39 am

"I would kneel, but you know,
being all the morning killing your men
has caused a cramp in my leg."
.

La sociedad parisina es una calca de la ateniense. Los caballeros sonríen a todos los que a su alrededor se encuentran esperando a tener la complacencia adecuada para entablar negocios competitivos. Por supuesto, asuntos que les den los mejores dividendos a ellos, no a los demás. Las mujeres, en cambio, con el apodo de "damas de sociedad", buscan brillar entre todas las presentes. Las solteras, con la finalidad de encontrar un buen partido que les siga dando el estatus de comodidad al que están acostumbradas. Las casadas, para ver si entre algunos "caballeros" pueden tener algo más divertido que las sesiones carnales que en casa padecen de luz. ¿Es Aglaia una cínica? No. Es realista. Ha visto tanto durante su existencia que estos juegos le suponen un mortal aburrimiento.

Caminando entre las personas, es su indumentaria la que causa furor. No se ha adoptado a los cánones requeridos por la época. Su piel expuesta es demasiado para los estándares de la doble moral parisina. Unas damas la tachan de prostituta, en el mejor de los términos. Otras, de osada y una descocada. - ¡Aparecerse así en un lugar de alta alcurnia! Abrase visto tales desfiguros -. Y los cotilleos a su paso son para Aglaia susurros que la divierten. Al menos en ese aspecto, está atenta a lo que genera. Está segura que tarde que temprano, alguna de esas damas irá a su modisto para hacer algo parecido. En ocasiones, los inmortales causan esos efectos en la moda. Aventajan siglos e imponen nuevas marcas. Lo que le importa a la espartana son las miradas masculinas. Alguien de ellos es su presa, ha estado inmiscuyéndose en sus asuntos y tiene que parar.

Sus pies avanzan con tranquilidad, su cuerpo educado a las formas de la etiqueta son un regalo de un otrora Ateniense que pulió el carbón hasta transformarlo en el diamante que ahora brilla. Debiera agradecerle, más ha vuelto a desaparecer en el mundo y Aglaia no tiene intenciones, por lo menos acuciantes, para regresar al viejo cuento de la persecución del gato y el ratón. Algo que sin duda, al Puppet Master le agrada. Tirar de los hilos hasta que la situación sea perfecta y él aparezca como el más dadivoso protector o benefactor. Está cansada de los ires y venires del otrora Titán. Está agotada de su ego que estos trescientos años lejos de su mirada han sido una bendición para el carácter belicoso de la dama.

Y como si Afrodita escuchara sus plegarias, tiene ahí a su presa. El hombre que le está pisando los talones haciéndole más difícil la convivencia y su estabilidad en París. Una copa en la mano sumada con una sonrisa cautivadora son sus armas para empezar la diversión. Ya con antelación le había enviado una botella del más fino vino tinto y vertido en ella unas gotas de su sangre. El embriagante sabor del contenido sería potenciado por la vitae vampírica haciendo del hombre, quizá ya para estos momentos, un adicto a ésta. Sólo falta un empujón y tendrá otro esclavo a su conveniencia. Al llegar a su altura, lo observa dejar de platicar con otro caballero, la proporción de sus senos y caderas son suficientes para que se le antoje mantener una conversación con la dama. Aglaia sabe bien lo que causa vestida de la forma apropiada y la virilidad en los pantalones poco se oculta cuando avanza la velada y ella hace gala de algunas caricias propicias en las solapas del saco o bien, quitar una mancha en la mejilla del caballero.

El tacto helado está cubierto por guantes carmesí, así que en ese aspecto, el hombre no sabe con qué clase de especimen ponzoñoso está platicando y, tras unos nuevos minutos, él mismo inicia el camino al Tártato - ¿Le parecería ir a un lugar más discreto? Mucho me temo que tanta algarabía me impide escucharla, madame - su sonrisa es dulce, si hubiera observado sus ojos, quizá habría temido tras hacer la propuesta. Ciegos mortales, que ceden al peor de los pecados. Conducida por el brazo del humano, vagan por las habitaciones hasta entrar en una donde la decadencia transfigura las facciones masculinas al buscar los labios de la espartana que se entregan al tiempo que, astuta como zorro, uno de sus colmillos rasga la piel de su propia lengua dejando las gotas caer en la boca del humano.

Vitae, adictiva y peligrosa, vaga por las papilas gustativas del hombre que se engolosina buscando cada vez más. La droga en sus venas y su ansiedad por ella lo enloquece. Pierde los estribos intentando subir las faldas de la fémina que le mantiene las manos sujetas en la tela.  - ¿Es mi imaginación o vas demasiado rápido, mon cherié? - susurra contra su oído en tanto su propia saliva cierra la herida. El mortal, hostigado por sus propios instintos, se subleva. Intenta alejarla con violencia, empujándola de los brazos para sorprenderse del hecho de que no la mueve ni un ápice. Sus ojos se abren como perlas, en toda su totalidad su cuerpo está sumido en el azoro.  - Si quieres más, tendrás que acatar mis condiciones, Hugh - pronuncia su nombre con fuerza en tanto el rictus femenino se torna de complaciente a dominante.

Las manos que toman las masculinas, aprietan hasta hacerlo hincarse frente a ella presa del dolor  - te has equivocado de presa. Es suficiente con tu búsqueda y tu fútil intento de obtener lo que no es tuyo. Las propiedades de los Miracle me pertenecen. Y debes dejarlas en paz, a cambio puede que te proporcione más de lo que anhelas. De esa droga que te pierde - y para reafirmar la veracidad de sus palabras, suelta el agarre de la derecha llevando su muñeca hasta la boca para rasgar la piel. Las finas perlas carmesíes resbalan y son dirigidas a la boca abierta del sorprendido mortal, que al simple contacto de la primera, se engancha a la fuente de perdición con la locura brillando en las pupilas. - Éste es tu pacto sellado con sangre, sea tu propia actuación la que lo mantenga o te haga perecer aquí ¿Entendiste? - la mente del hombre está enloquecida. Juraría sobre la figura del mismo Lucifer si con ello obtiene lo que busca. Esas gotas que lo pierden succión a succión.




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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Hector Lebeau-Fortier el Miér Abr 25, 2018 4:34 pm

Ajeno a lo que ocurría en otra zona de Paris, Héctor había abandonado la Mansión Fortier para buscar algo de entretenimiento, como cada noche. Algunas veces iba solo, otras acompañado. En ocasiones la compañía inicial nada tenía que ver con la que llevaba de regreso. Otras, disfrutaba de la soledad bajo la luz de la luna o encerrado en la biblioteca, donde devoraba páginas y páginas con avidez.

El alcohol, la comida, la droga y el sexo eran para él tan cotidianos que ya no le suponian más que el momento de placer físico. Placer que no se negaba jamás cuando se le antojaba, por supuesto. Aunque su vedadero fetiche era el saber, el olor de la tinta sobre papel, el tacto del papiro, la piedra tallada, la palabra dicha que encerraba secretos que el mundo desconocía.

Ah, cómo adoraba el conocimiento, el misterio, desentrañar cada detalle hasta descubrir todos los pliegues, del mismo modo que exploraba cada rincón de la piel de un amante, hasta no dejar nada sin recorrer, así su mente florecía como un campo en primavera, llena de vida.

Por desgracia, pocos misterios quedaban ya en el mundo que le supusieran un reto, así que se conformaba con descubrir las pequeñas dobleces de las personas, hilar sus historias por mero entretenimiento. Y luego las olvidaba para empezar de nuevo con otra diferente. Porque ninguna llamaba su atención lo suficiente para más.


Las puertas del Chateau, el local que solía frecuentar y donde era un cliente muy bien considerado, se abrieron a su paso. El local era sobrio y elegante en su apariencia, pero era capaz de reunir toda la decadencia parisina en unos metros cuadrados. Saludó a algunos de los presentes desde la distancia en su camino hacia una de las mesas de la sala. No ocupó uno de los reservados, iba solo y no tenía intenciones de compañía, por el momento. Pidió una botella de vino y una copa alta y se dispuso a disfrutarla sin echar cuenta del suave humillo que se extendía hacia el techo del local, bastante alto, fruto de los fumadores de opio.

No necesitaba cazar para tener sangre a su disposición. Si lo hacía, era por mera diversión, por salir de la rutina, pues en la mansión había humanos más que suficientes para alimentar a todos los vampiros que habitaban bajo su protección. Tenía media docena de acólitos que se encargaban de hacer tabajos para él y que no osaban abusar jamás de su posición. En su casa, las normas eran claras y sencillas. Él mandaba, el resto obedecía. Él concedía privilegios a quien estimaba oportunos y los retiraba cuando le convenía, tuviera o no un motivo. Los humanos en su casa no se mataban, se alimentaban bien y se mantenían sanos. Protección, techo y comida; una buena vida a cambio de una sangre que gracias a esas condiciones les era muy sencillo recuperar.


La botella estaba a la mitad cuando, sin dar ninguna explicación, se levantó, dejó francos suficientes para cubrir el importe y la propina y abandonó el local tan discretamente como había llegado. No estaba seguro de si la información que le había llegado era cierta, pero valía la pena comprobarlo, aunque sólo fuera por paladear su lengua natal en un escueto intercambio de palabras.

Dejó que el azar le guiara por París, siempre había confiado en su capacidad para llegar justo cuando debía al lugar que debía. Si su intuición era cierta, pronto vería un rostro conocido. Sonrió con arrogancia; podía ser un momento interesante.


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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Aglaia el Miér Abr 25, 2018 5:28 pm

Tras el pacto aceptado por Hugh, la vampiresa sabe que no habrá marcha atrás, las circunstancias le dan la razón. El hombre ha quedado enganchado a su vitae y mientras siga así, adicto a ésta, hará lo que Aglaia deseé. El mensaje ha sido entregado de tal manera que el Dios Hermes estaría complacido por la eficacia de la espartana quien arregla su ropaje para salir de la habitación con paso decididopara abandonar de una vez por todas este lugar decadente, donde el Dios Dionisio se regocija en el dulce néctar embriagante contenido en las copas y la Diosa Afrodita embruja las mentes humanas para llevarlos a las acciones propias de sus dominios.

Fuera del inmueble, la espartana se coloca el abrigo largo llevando la capucha en carmesí color sobre su cabeza, avanzando por las calles en pos de su propio refugio, no sin antes aprovechar la noche para obtener algo de sustento líquido. Sus hábitos alimenticios son los más básicos y en ellos, se rige un código de conducta imposible de ignorar. No beberá de aquellos humanos aptos para la guerra, si no de los indefensos y débiles adultos que debieron perecer en su niñez en el Monte Taigeto por sus discapacidades físicas o bien, mentales. La carga de la sociedad es liberada por la espartana quien se alimenta de éstos sin contemplaciones. Sus pasos le guían hasta donde un hombre pide limosna. Echado en el piso, extiende la diestra en tanto que la siniestra sólo es un muñón deforme.

Elección hecha, bastan unas cuantas palabras seguida de unas monedas para que la víctima acceda a ir con la señorita a un lugar más privado creyendo obtener lo que su cuerpo requiere y en realidad es lo contrario. La espartana no va a darle el lujo de yacer con ella. La sangre del hombre es tomada por la vampiresa en un oscuro callejón dejando el cuerpo inerte en el suelo en tanto se limpia con las falanges el resto de la vitae. En sus oídos, alcanza a escuchar los pasos de alguien acercándose. Su figura es delicada para ser una fémina que aparenta los veintilargos años, delgada y estilizada. No comparable con la máquina bélica en la que se transforma en el instante adecuado.

Se queda quieta con la víctima a los pies relamiéndose las pocas gotas de vitae que quedan alrededor de su boca. Si algo ha aprendido con el paso del tiempo es a alimentarse sin tener que mancharse demasiado. Un brillo rojizo emana de sus ojos en tanto desvía la cabeza al lado donde resuenan los pasos. El olor que llega a su nariz le llama la atención. Por instinto, toma del interior de su abrigo una daga de plata para lanzarla directa hacia la cabeza del intruso con tal puntería, que golpea la pared a dos centímetros de donde está la figura masculina. Aprecia los ropajes, la constitución física del varón antes de mover su cabeza de derecha a izquierda dejando caer la capucha para dejar al aire los cabellos rubios cual trigo en verano.

Las Moiras seguro que están riéndose por esta jugarreta propia del destino - No pensé encontrarte en este lugar - su voz resuena en un idioma extraño para los parisinos. Sólo aquéllos nacidos en la antigua Grecia podrían dominarlo y entenderlo - ¿Qué nueva jugarreta te traes entre manos, Héctor? ¿Acaso no fue suficiente diversión la que me dejaste la última vez con ese grupo de cazadores? ¿O quizá es que te encanta ver el estilo de pelea espartano en pleno apogeo? - se acerca a él hasta quedar a escasos centímetros de su rostro alargando una mano. No para tocarlo, si no para recuperar la daga que aún está clavada en la pared contigua.


Última edición por Vanessa Eve Miracle el Vie Mayo 11, 2018 4:21 pm, editado 1 vez




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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Hector Lebeau-Fortier el Dom Abr 29, 2018 8:43 am

Se detuvo y el silbido de la daga rompió el aire frente a él. Si le sorprendió o no no era algo que pudiera saberse por su reacción, a todas luces inexistente, poco más que quedarse mirando cómo la daga oscilaba a un lado y a otro perdiendo la fuerza del lanzamiento.

Oh, cuán maravillosa se escuchaba su lengua materna. Palabras que allí casi ninguno entendía, pero que a él le sonaban como música celestial, como si, de algún modo, hubiera vuelto al hogar, a un tiempo antiguo, donde los dioses aún pisaban la tierra y los hombres podían llegar a ser héroes.
No era un hombre dado a sentimentalismo, sino más bien pragmático, así que no se regodeó en el placer de la palabra más que ese ínfimo instante.

-París es la ciudad de moda. ¿Realmente te sorprende encontrarme aquí? Pensaba que habías llegado a conocerme un poquito mejor en todos estos siglos.
Sus ojos siguieron un lento recorrido desde esos dedos que aferraron la daga frente a él, subiendo por el brazo, hasta su rostro. Esbozó una leve sonrisa, parecía satisfecho con ese encuentro, como si todo hubiera salido de acuerdo a un intrincado plan previamente trazado. En el fondo así era, por supuesto, aunque ya no fuera él quien tejiera esa urdimbre. Sin embargo, siempre había sabido aprovechar las oportunidades que se le presentaban. Así había pasado de malvivir despojado de todo su poder a una vida acomodada en cuestión de pocos años y, desde entonces, había sabido jugar bien las cartas de su influencia. Movía el dinero que acumulaba, sacaba partido al intercambio de favores con políticos y empresarios de renombre, cambiaba de nombre y de país cuando su longevidad podía suponer un obstáculo.

-Te veo bien. Los cazadores se portaron bien contigo, supongo. Si no es así, házmelo saber y la próxima vez me aseguraré de que sean más educados. ¿Debería actuar como un caballero de la alta sociedad francesa o podemos saltarnos esa parte e ir directamente a mi casa? Tenemos muchas décadas de las que ponernos al día.


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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Aglaia el Lun Abr 30, 2018 12:30 pm

Héctor, el grandioso y magnífico Héctor en carne y hueso está ante ella. ¿Debería aplaudirle o quizá deleitarse en la visión de su rostro cincelado, en esas pestañas largas y rizadas? O quizá en su cuerpo definido, cuyos músculos conociera en el pasado. La presencia de su ser es todavía basta y poderosa. Héctor, el otrora Titán, hoy rebajado a ser un simple condenado al hambre por la sangre. Un ser que no puede emerger en la luz del día donde Apolo seguro le quemará hasta los huesos. - Siempre me pregunté ¿Por qué un titán como tú decidió quedarse en el mundo en forma de un vampiro? ¿Qué pasa cuando transformas a alguien en vampiro? ¿Eres capaz de tener descendencia? - se aleja unos pasos. Son necesarios para mantener la cabeza en su lugar y te equivocarías si pensaras que es por algún deseo sexual.

A pocas décadas de ser transformada, Aglaia aprendió que con algunos especímenes, mejor es mantener las distancias. Héctor es uno de ellos. Su atractivo es reconocible por la espartana. Es esa esencia divina la que le obliga a alejarse. En ocasiones su sola presencia es la causante de un deseo irrefutable de matarle. ¿Serán los dioses quienes susurran en su oído para que libere a su guerrera interna para dar caza al rival de las divinidades del Olimpo? ¿O quizá es sólo ese aire de superioridad y arrogancia la que le incitan a rechinar los dientes? Su parte irracional despierta con él. Es su aura quiere pensar, la que le provoca. Aún así, se deleita la pupila con el ateniense. - Sí, debí pensar que estabas aquí. Unos asuntos me condujeron hasta París, mi instinto me decía que te buscara, mi conciencia me indicaba que si lo hacía, otra vez me meterías en problemas - guarda la daga con parsimonia. Con esa lentitud que contrasta con sus actos físicos.

La apagada fogata en sus ojos revive con una chispa provocada por sus palabras. Un sonido es audible en todo el lugar, es el frotamiento de sus molares superiores contra los inferiores denotando su fastidio. Desvía la mirada frunciendo los labios - ¿Y qué vas a hacer con los cazadores? ¿Ir a por ellos a los Infiernos para traerlos acá y demostrarme tu magnificencia matándolos de nuevo? No creo que Hades te permita siquiera poner un pie en su puerta. Mucho menos adentrarte a sus dominios porque sabrá bien que no irás por esas almas, si no a romper la cárcel de tus pares. ¿Te imaginas a Cronos aquí? ¿A Rea? No, hice tu trabajo sucio. Están todos muertos, para gloria de Ares, mi señor y dios - sabe que los viejos nombres de los dioses le causan escozor. Es su forma de devolverle los "favores".

Su risa inunda el lugar, por un momento puede verlo enfundado en esa túnica blanca, con las sandalias brillando de nuevas. Él en Itaca, en pleno campo de batalla - ¿Ahora eres un caballero francés? Me gustabas más cuando usabas túnicas y sandalias de oro. Te venía mejor esa percha - se le acerca con paso ligero hasta llegar a su lado observando los ojos del inmortal con curiosidad - aprovecharemos la magnificencia del Titán del conocimiento para satisfacer sus deseos. Odio esa sensación de sentirme atrapada por tu aura divina que me incita a reverenciarte cuando ambos sabemos que lo único que ganarás con otra de tus tretas, será una masacre. Aún así, abusa de tu suerte, no traigo más que una simple daga, vayamos pues, desconozco dónde vives, espero que el lugar sea mejor que el palacio donde reside un rey neonato - se refiere al rey francés. Desliza la mano por el antebrazo del titán para dejarlo conducirla a donde quiere ir. Que guíe, él tiene la sapiencia y la sabiduría.

Si de algo se jacta Aglaia es de tener conocimientos y nutrirse de ellos. Quizá por eso es que es del interés de Héctor. Quizá por eso es que no la ha condenado a la muerte.




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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Hector Lebeau-Fortier el Lun Mayo 07, 2018 1:43 pm

La media sonrisa de superioridad de Héctor no abandonó su rostro mientras sus ojos recorrían de arriba a abajo a la mujer. Era preciosa, como una de aquellas estatuas de mármol que decoraban el museo y que pretendían recrear cómo eran los hombres y mujeres de la antigua Grecia. Sólo que mejor, porque realmente pertenecía a aquella época, a la grandeza de la civilización, a los orígenes de la filosofía y el conocimiento, los pilares de la historia.

Y podía entenderle en la grandeza de su propia lengua, la que los dioses regalaron a los mortales y que había evolucionado y se había mezclado con otras lenguas a lo largo del tiempo.

-Salir del Tártaro tiene un precio -respondió.
Un precio demasiado alto, pero que no se arrepentía de haber pagado, porque su caída, su encierro en ese plano mortal había liberado a alguno de sus hermanos. Otros permanecían en la prisión del Hades, esperando la oportunidad de escapar o que los demás titanes fueran a su rescate. Los más afortunados, habían podido volver al Cosmos, pero dejando atrás gran parte de su poder, que sólo el correr de los tiempos les devolvería. Otros, como él, se habían quedado atrapados en el punto intermedio y no podían regresar ni a la prisión del Averno ni al Cielo, junto a su padre-. Jamás he transformado a nadie, ¿por qué lo haría? -Él no estaba satisfecho con el cambio y, si pudiera, volvería a su estado anterior, mas le era imposible en esos momentos, no sabía si sería factible alguna vez-. No puedo tener descendencia, no como antaño, pero mi sangre ha corrido por el mundo, latente, dormida, esperando que la encontrase.

Pocos meses antes había dado con una muchacha, una joven huérfana a la que un cainita loco había transformado, y que había resultado ser descendiente de su estirpe. A ojos de toda la sociedad parisina era su sobrina. No había dado más explicaciones, ni pensaba hacerlo.

-¿Meterte en problemas? ¿Yo? -cuestionó con fingida sorpresa, casi rayando la ironía-. No tengo la menor idea de lo que hablas... Nah, no me apetece andar resucitando mortales para matarlos de nuevo. Si tuviera interés en segar vidas ¿crees que no hay humanos suficientes en París para entretenerme un rato? -Humanos y lo que no era humanos, desde luego-. Oh, vamos, la percha sigue siendo la misma y este nuevo estilo me sienta tan irresistiblemente bien como el anterior. Me adapto a la época, elijo lo mejor de cada tiempo. Deberías probarlo, seguro que estarías preciosa con uno de esos vestidos pomposos con miles de capas. Aunque no sé si conseguirías la misma fluidez de movimientos que con las ropas espartanas y eso, desde luego, sería una auténtica pena.

Con la joven del brazo, encaminó sus pasos hacia los barrios altos de París, donde se alzaba su mansión, en el interior de una buena porción de terreno con la hierba bien cuidada y los setos primorosamente podados. La construcción tenía dos plantas, altas, de grandes ventanales que se repartían a lo largo de toda la fachada de ladrillo visto, con detalles encalados en blanco. A esas horas, todas las ventanas estaban abiertas y la casa era un bullir de actividad. Cuando el sol salía, todas las rendijas se cerraban fuertemente y ni un solo rayo podía traspasar al interior, salvo en el ala donde residían los humanos a su servicio y que se encargaban de atender su casa y hacer sus recados durante el día.

-Bienvenida a la mansión Fortier.

La primera parada fue la biblioteca, donde la chimenea ardía delante de un par de sofás y una butaca. En el escritorio había varios libros y papeles, señal de que alguien había estado trabajando allí. El vampiro le ofreció asiento junto al fuego y se dirigió hacia la mesita en la que tenía varias botellas y un juego de vasos y copas.

-¿Vino? Es griego, por supuesto. Aunque también puedo ofrecerte cosechas francesas, tienen merecida su fama.


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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Aglaia el Mar Mayo 08, 2018 12:00 pm

Hay un fino detalle en toda la relación que ha tenido con el otrora Titán que no ha cambiado a lo largo del tiempo y es la facilidad con que la atrapa en sus conversaciones. Algo del poder del cosmos sigue residiendo en su interior, obligando a la espartana a olvidarse de la ansias de probarse en armas con cualquiera para obtener una hermosa muerte y sentarse con interés a escucharlo. Ha de ser el sonido de su voz barítona, con matices tan musicales. Son contados las noches en que le vio molesto o rabioso. Es esa falta de agresividad activa -porque con su sola presencia tiene una pasiva- la que le atrae. Y al mismo tiempo, la incordia el que abra la boca para envolverla de nuevo como cuando era una neonata.

Donde tras diez años de búsqueda, le encontrara en Tebas, en ese palacio griego donde aprendió con él a comportarse conforme los estándares de la sociedad ateniense. Que de la espartana, ella puede dar cátedra. El origen de Aglaia era ser un miembro de la nobleza, descendiente del propio Hércules, se comprendería por qué debió ser pulida cual trozo de carbón hasta tener en mano el diamante más brillante. Porque lo absorbió todo cual esponja, bebió del río de la sabiduría del Titán, se regodeó de todas las noches que él le dedicó para enseñarla y a veces, hasta aleccionarla con mano firme, más no sádica. Ese no es un adjetivo que pudiera encajar en él a pesar de sus retorcidas formas de mover los hilos del destino de todos aquéllos que le rodean. No de la manera en que Aglaia está acostumbrada.

El saber que no desea descendencia la intriga - porque el Titán de la sabiduría necesitaría alumnos, pensé que querrías tener alguien de tu propia sangre para mirarlo crecer - susurra bajo con esa voz de miel. Entiende a qué se refiere con tener descendencia a la antigua manera. Sexual, natural, orgánica. No, el vampirismo expulsa todas esas oportunidades dejando sólo la sangre para transformar a alguien en un reflejo del vampiro. Se queda pensativa al escuchar sobre otra descendencia, entonces ¿Tanto poder tiene su sangre que ha logrado trascender con los milenios? No le sorprendería del todo, a finales de cuentas, él tuvo hijos en toda la Grecia. Los suyos, los espartanos, ya están extintos. Sólo ella es uno de los únicos vestigios de tan grandiosa raza de hombres y mujeres.

Deja pasar el comentario de los vampiros, inclusive de los muertos, más el de la percha le hace mirarlo. - Si compartiéramos lecho, Héctor, no sería con estos ropajes por más que te agrade la evolución de ropas. Así como por respeto hablo la lengua de nuestra cultura natal, me gusta ver a un hombre con sus antiguos ropajes. Me agrada más que esos molestos corsés que ahora usan las mujeres para marcar su inexistente busto. Prefiero todo al natural - le coquetea sabiendo que no habrá ningún roce carnal entre ellos. No porque no le parezca atractivo, la razón es que no le apetece complicar una relación que así es perfecta. - Ya lo probé y no me agradó. Prefiero mi propio estilo al vestirme aunque las mujeres se escandalicen por las transparencias en mi ropa y el encaje que deja entrever para el beneplácito de los varones - se sonríe en tanto el camino continúa terminando en una mansión mucho más elegante que la de la espartana.

Para ella, la funcionalidad es más importante que la ostentación. Él por supuesto, es contrario a las inclinaciones de la griega. La introduce al inmueble hasta una biblioteca en la que ella se sonríe al ver todos los tomos. Se desliza el abrigo carmesí para desprenderlo de su cuerpo dejándolo descuidada en el asiento que él le ofrece con educación. Se desliza por la habitación colocando el índice por el lomo de los libros revisando los títulos hasta encontrar uno tan antiguo que no duda en tomar entre las manos - sí, vino estará bien. No, el francés no me apetece tanto como paladear el sabor de nuestras vides - alcanza a contestar sumida entre las páginas de la vieja edición de la Iliada - viejos recuerdos de personajes tan interesantes como vulnerables. Me temo, Héctor, que eres todo un romántico. No puedes olvidar las épocas gloriosas de nuestra civilización. ¿Alguna vez estuviste en la Atlántida? ¿Fuiste tú el que incitó a Aristóteles para que en la Constitución de Tages citara que en el pueblo de los pelasgos habitaba la tierra antes que la luna poblara los cielos? - con el tomo aún en las manos regresa sus pasos al varón.

Toma la copa entre los dedos de la siniestra para alzarla en un brindis antes de dar un trago paladeando las cepas de la combinación de sabores del tinto - sería un gran escándalo para el mundo católico saber que en realidad, la luna no estuvo siempre en el firmamento. Para nuestra cultura es fácil adaptar la idea a que Artemisa no estuvo desde el inicio de los tiempos porque fue hija del todopoderoso Zeus y por lo tanto, al nacer, fue ella la que ascendió al cielo quedándose ahí para cuidar el mundo. ¿Cómo golpearía este simple enunciado a la iglesia? ¿Cómo podrían explicar que el término que tanto han definido como demoníaco, malvado o diablo, en realidad, en el verdadero idioma significa "Juzgador"? ¿Te lo has imaginado? - pone en evidencia su propia cultura al paso de los años. Datos exactos, ciertos, de manuscritos extraídos del Mar Muerto que ella misma revisó, tradujo y observó.

Pueden ser informaciones impropias según qué oídos, más para Héctor, sería parte de una discusión filosofal digna del Titán del conocimiento. Y Aglaia quiere saber su opinión de ésto.




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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Hector Lebeau-Fortier el Mar Mayo 15, 2018 5:16 pm

-Vi crecer a mis hijas. Y a sus hijos. Y a los hijos de sus hijos. He visto nacer y morir generaciones una tras otra. Igual que tú. ¿Por qué querría convertir a alguien en esta sombra que soy ahora? No, eso les daría a otros demasiado poder y nunca me ha gustado demasiado compartir.

Sonrió con un leve deje de indulgencia cuando la espartana comentó que querría transmitir su conocimiento. Como si para eso se necesitara una unión de sangre... Héctor adoraba el saber, el descubrir, la lectura, el teatro, la poesía, las ciencias y el arte. Cualquier persona que pudiera apreciarlos y que tuviera esa necesidad imperiosa de devorar datos y destripar misterios del mundo como él, podría ser un alumno aventajado.

Ella misma lo había sido. La mejor, quizás, de todos cuantos se habían cruzado en su camino. Aprendía deprisa y no dependía de él, eso le gustaba. Admiraba esa capacidad de seguir adelante contra viento y marea, tan propia de su gente. Ese "con tu escudo o sobre él" que llevaba grabado a fuego bajo la piel. Quizás por eso disfrutaba tanto poniéndola a prueba, desapareciendo y dejándole miguitas de pan, pequeñas pistas para que volviera a encontrarle si lo deseaba, o colocándola frente a cazadores o licántropos. Siempre había salido victoriosa y eso le hacía sentir, de algún modo, orgulloso. Porque veía en ella la fuerza y la determinación de los tiempos antiguos, cuando los dioses estaban más cerca de los hombres, cuando había héroes de verdad.

-Eso es precisamente lo que me gusta de ti. Te mantienes fiel a aquello en lo que crees, te aferras a esos principios y no dejas que el mundo te los arranque, a pesar del correr del tiempo. Esta lengua que compartimos fue un regalo. Dime, ¿has visto a cualquier otro pueblo hablar con sus dioses de la misma forma en la que lo hacen los griegos?


No, claro que no. Porque los dioses de otros pueblos permanecían ocultos en sus planos celestiales, manejando las vidas de los mortales desde la distancia. Pero ellos no. Ellos habían pisado la misma tierra, bebido la misma agua, engendrado hijos.

-Pero no esperes que vuelva a vestir una túnica en público, por el momento. Tengo un pequeño teatrillo que mantener. Ya sabes, un nombre falso, una posición respetable... lo típico. Aunque en privado podría hacer una excepción -alegó, siguiendo el suave coqueteo que ella había iniciado, aunque no les llevaría a nada, no era necesario. A él no le faltaban pieles de las que disfrutar y veía estúpido forzar algo que no había fluido por sí solo.

-¿De veras quieres poner en entredicho los dogmas de la santa iglesia católica, apostólica y romana? -Oh, sí, el sarcasmo que destilaban sus palabras era más que evidente-. No puede negarse la bravura espartana. Por desgracia para ellos, sus estrechas mentes ahogadas bajo la creencia de ese dios que les juzgará al final de los días no les permite ver más allá de sus propias narices. Podrías mostrarles la grandeza del cosmos y seguirían arrodillándose ante esas figuras que tallan. Ja, como si ellos hubieran inventado la escultura. -Obvió recordar que antes de Artemisa, Febe ya brillaba en el cielo. Pero eran detalles que se habían perdido en el tiempo. Muchos hasta habían llegado a nombrarlas igual, como si se tratara de una única mujer-. Hazlo, por favor, me encantaría ver a los inquisidores explotar de rabia ante la sarta de herejías que podría soltar esa dulce boca.


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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

Mensaje por Aglaia el Jue Mayo 17, 2018 9:17 am

Nunca ha deseado demasiado compartir. Una frase que la hace pensar en todo lo que vivieron juntos, experimentaron y concluyeron. ¿Debería ofenderle que él se reservara algunos conocimientos para sí? Si careciera de la mentalidad espartana tan libre y autosuficiente, seguro que le increparía por tales omisiones. Más Aglaia sabe que todo tiene su tiempo, forma y lugar. El conocimiento se entrega a quien está preparado para soportarlo. La mayor parte de las personas exigen saber algo y cuando lo obtienen, caen en un mar de desesperación - Benditos los inocentes, porque de ellos es el reino de Dios - susurra pensando en esa misma frase. El que desconoce sobre los vampiros, pasea por las noches con tranquilidad. El que ignora de los licántropos, puede mirar la luna llena con alegría.

Y como el Titán hiciera en el pasado, cambia su conversación para provocar en la espartana una sonrisa que se torna juguetona, de las pocas veces en que Aglaia deja el escudo y la espada, son con Héctor la mayoría de éstas grandes ocasiones donde disfruta de la conversación y de los lujos del mundo actual - me parece que la única religión que ahora está superando la nuestra es la católica. Y ni ésta, porque hay escritos como este libro en mi mano que siguen existiendo y son celosamente guardados. He escuchado del gran Poseidón en labios de romanos, quien lo llaman Neptuno, así como en Egipto era denominado Anuket o Anukis. He leído manuscritos en los que se aseguraba que los dioses griegos estuvieron en Egipto adoptando otros nombres, guiando a su pueblo con mano benevolente o violenta, dependiendo de su credo - susurra con los labios estirados en una sonrisa alegre mostrando los dientes delanteros. - Nuestra cultura siempre fue rica, próspera y nadie, ni siquiera el único Dios de los judíos la desplazará. Tengo la certeza de que en doscientos años más, cuando lleguemos al fin del mundo como muchos escritos indican, es decir, el año dos mil, las leyendas de Hércules y Aquiles seguirán de boca en boca en el pueblo de Abraham y José - si todavía con su denominada Inquisición no han logrado exterminar su credo, duda que lo logren en días venideros.

Su siguiente aseveración sobre las túnicas le provoca un gesto contrariado hasta que remata con un "privado". Se ríe, echa atrás la cabeza para que esa risa celestial escape de su garganta - Lo tomaré en cuenta, te avisaré con alguno de mis mensajeros la noche en que podamos reunirnos y tener una tertulia acorde a los legendarios tiempos - promete depositando el tomo en su lugar antes de acercarse a él bebiendo de la copa para negar con la cabeza dejando que algunos rizos del moño se escapen acariciando sus mejillas, acto continuo, inclina el rostro hacia la izquierda pensativa - ¿Insinúas que mis herejías harán que me persigan más de lo que ya lo hacen? Es ese dogma tan arraigado a base de torturas y muertes lo que crispa mis nervios no-vivos. Ese fanatismo por la creencia de que todo lo que incomprensible o desconocido es malo y que por lo tanto hay que combatirlo. Y para muestra, un botón. Hace pocos años, bah, pocos para nosotros, tuve la oportunidad de ir a visitar a un viejo conocido. Un Inquisidor tecnólogo que tenía una formidable manera de imbuir las espadas en plata y dejar runas en éstas para invocar hechizos reforzando su poder. Quería hacer un presente a alguien que me llamó la atención, así que fui a un poblado de Berlín. Imagina mi sorpresa cuando encontré el lugar destrozado, a mi contacto muerto a golpes y a la multitud andando hacia el centro del pueblo. Era un linchamiento, ¿La razón? Catalogaron al inquisidor y a su pupilo de enviados del demonio porque lograron una fórmula para ralentizar una enfermedad extraña que evita que la sangre coagule. La hemofilia. Y en su ignorancia, mataron a mi aliado, estaban por ahorcar públicamente a su pupilo cuando intervine. La sangre que se derramó era una afrenta a las Keres. Tuve que ir matando humano tras humano porque se negaban a entender que lo que hacían estos hombres era un bien para la sociedad. Y todo porque un sacerdote les dijo que eran demonios. ¡Sin más pruebas que la salud de la mujer, hija de mi contacto, esposa del pupilo! Hasta ahí llega la ceguera, la necedad, no recuerdo que fuéramos tan autómatas de nuestro propio credo. Los dioses eran venerados como temidos, más ellos no permitían que se linchara a alguien en su nombre sin tener una razón y demostrarle a los hombres que era su mandato divino. Este dios de los judíos deja que se hagan matanzas en su nombre, sin siquiera meter un dedo. ¿No te parece que si bien Jesucristo hizo milagros, este dios no existe en realidad? - da otro trago a la copa dejándola en el escritorio mirando todo el trabajo a medio avanzar.

De espaldas a él, Aglaia coloca las palmas en la orilla de la superficie de la madera abiertas a sus costados en tanto sigue pensativa - Podría ir al Vaticano con un grupo de sobrenaturales para dejarlo consumido en cenizas, matando a todo aquél que se oponga ¿Y qué obtendré? Que los declaren mártires y sus acciones sean más enajenadas y violentas de lo que ya lo son. Me parece entonces que el dios de los judíos es la plaga más peligrosa de todas. Y no puede ser erradicada con la guerra. Tendría que hacerse de manera más fina y elocuente, más a tu manera, Héctor. Tengo que reconocer que has llegado en el tiempo exacto, como siempre, que tus hilos los has movido hasta este lugar, me has dado la libertad para entender este momento y saber que sin tu iluminación, seguiré en la oscuridad de la ignorancia - y eso, el reconocerle tal poder, no es algo que a Aglaia le guste. Todo lo contrario, sentirse impotente es una sensación que ella detesta.




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Re: Puppet Master - [Héctor Lebeau-Fortier]

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