Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Amuleto contra el vacío | Privado

Mensaje por Octavien De Lacy el Mar Abr 24, 2018 11:48 pm

Sabía que su madre a esas horas estaría en una nueva reunión dominical de la Liga de Mujeres por la Beneficencia. Josephine siempre decía presente en esas reuniones de té y pasteles en las que se trataban temas delicados y trascendentales para la población más desvalida de la ciudad. Si juntaban el dinero suficiente con sus subastas, podrían incluso sumar una fruta para dar de postre diariamente en el comedor comunitario, si conseguían benefactores podrían por fin cambiar las sábanas de todas las camas del orfanato. Octavien admiraba a su madre por involucrarse activamente en eso que tan sin cuidado tenía a otros y se odiaba por aprovecharse de la ausencia de ella en la casa para robarle.

Sucedía que no tenía confianza con su flamante esposa como para pedirle ayuda, solo contaba con su madre pero claro que ella no aprobaría lo que Octavien hacía los lunes, miércoles y sábados por la noche, ¿o sí? Esa duda siempre le rondaba por la cabeza… una mujer tan fuerte y libre como Josephine, ¿juzgaría a su propio hijo? Ella, que bregaba por la libertad de los esclavos y la igualdad entre humanos y sobrenaturales, ¿despreciaría a su único hijo si éste le contaba sus verdades? Tenía días es los que estaba seguro de que ella entendería, pero en otros le parecía verla hecha una furia y llorando su desilusión, por eso Octavien no se atrevía a hablar.

Octavien dejó su caballo en las cuadras, que bebiese y comiera porque necesitaba reponer fuerzas pronto; él no permanecería más de unos minutos allí, le urgía hacer aquello rápido. Ingresó en la casa por la puerta trasera –con una maleta de mano que no pesaba nada-, dos muchachas del servicio estaban lavando verduras y se asustaron al verlo pero él las saludó con una sonrisa y siguió su camino sin dar explicaciones, después de todo esa había sido su casa hasta no hacía mucho tiempo… se sentía tan dueño como su madre. Subió los peldaños de la escalera principal de dos en dos y casi corrió por el pasillo hasta llegar a la habitación de su madre en donde ingresó sin mirar atrás. Una vez dentro respiró profundamente, consciente de que no era difícil entrar sino salir sin tener que responder preguntas… No perdió más tiempo, Octavien se dirigió a la pequeña habitación que su madre destinaba al guardarropas y allí eligió los vestidos del fondo, esos que sabía que ya no usaba pues le quedaban chicos. ¿El dorado o el azul brillante? ¿Qué zapatitos tenía? Unos rojos… por lo que sería mejor llevar el dorado. ¡Ah, pero que belleza el género del vestido anaranjado! ¡Era de una suavidad única! Creía que era de su talla… Lo descolgó y se lo midió, tal vez si le hiciera algunas pinzas en el pecho podría quedarle bien. Se lo llevaría. El dorado y el anaranjado entonces. No había visto a nadie más en la Molly House que llevase un vestido tan delicado como ése último, se llevaría todas las miradas. Eso si lograba arreglarlo a tiempo… Los metió en la maleta junto con un delicado bolsito lleno de piedras que brillaban aunque ninguna luz estuviese llegando a ellas.


-Madre, perdóname. Te los devolveré pronto –susurró mientras acomodaba todo en el interior.

Se sentía mal al estar haciendo aquello, pero a la vez era lo que necesitaba hacer para ir al único lugar que parecía poder llenar el vacío que no hacía más que crecer en su pecho. Octavien se sentía perdido, hueco por dentro y cansado de esconder lo que era. Estaba muriendo en vida hasta que la Molly House se presentó ante él como un paliativo para su mal.

Rápido como había ingresado, Octavien salió y se apuró a recorrer el pasillo esa vez en sentido contrario, pero de una de las primeras habitaciones salió una muchacha que lo sobresaltó, dándole el susto de su vida. La maleta se le cayó y la cerradura se abrió dejando a la vista el vestido dorado y el bolsito.


-¿Y tú quién eres? ¿Qué haces en mi casa? –inquirió enojado y se apuró a cerrar su maleta. La muchacha no parecía del servicio, iba vestida como una señorita de buena cuna-. ¿Nos conocemos? –Octavien podía jurar que sí, algo en su mirada parecía demostrarlo.
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Octavien De Lacy
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Re: Amuleto contra el vacío | Privado

Mensaje por Yvette Béranger el Lun Mayo 14, 2018 4:35 pm

Apenas llevaba una semana en aquella casa y ya se había convertido en su hogar. Todavía le costaba levantarse y no reconocer la que había sido su habitación durante los dos últimos años que había pasado en París, pero sólo con recordar la noche en la que se marchó en busca de Ilanka y la magia que, por primera vez, había sido capaz de controlar, su piel se erizaba. No había sido fácil dejar todo lo que conocía atrás: su madre, sus amigos, Eric… Él era, sobre todo, lo que más daño le había hecho, aunque los motivos por los que lo que hubiera entre ellos no hubiera ido hacia delante no estaban relacionados con sus poderes, precisamente.

Como cada domingo, Josephine partió hacia la iglesia después de desayunar. Había invitado a Yvette a asistir con ella, pero la joven no lo creyó oportuno por dos motivos. El primero era que su fuga estaba aún reciente, y no estaba convencida de que visitar un lugar tan concurrido como la iglesia fuera buena idea. Allí podía encontrarse con gente que la conociese, de hecho, no sería descabellado que amigas de su madre fueran, también, amigas de Josephine. Ya había escrito a su madre y esperaba que estuviera tranquila, pero si Clara llegaba a enterarse de dónde se hospedaba su hija, iría allí para sacarla de los pelos, costase lo que costase. El segundo motivo, menos trascendental pero más importante para Yvette, era que necesitaba pensar a solas. Aunque vivir con Josephine se le antojaba un verdadero placer —puesto que le dejaba mucho espacio para estar consigo misma— la joven necesitaba de un rato con la casa vacía, sólo para ella.

Pidió que le prepararan un baño y subió a su habitación cuando le avisaron de que estaba listo. El agua caliente y el aroma del jabón la relajaron mucho y a punto estuvo de quedarse dormida. Cuando salió de la bañera, los pies, todavía húmedos, dejaron un reguero de huellas regulares por el suelo de madera que unían la tina con el tocador. Envuelta en un albornoz de suave algodón, Yvette se sentó frente al espejo y comenzó a cepillar la melena rubia en la que previamente había aplicado una mezcla de afeites que la volvían suave y sedosa. La dejó secar mientras se ponía un vestido cómodo pero elegante a su vez y, cuando terminó, se peinó con un moño simple a la altura de la coronilla. No adornó su cuello con ningún collar, tan sólo se puso un par de pendientes pequeños y se cubrió los hombros con una toquilla fina con encajes delicados que ató con un broche al escote del vestido.

El sol entraba a raudales por una de las ventanas, así que Yvette se sentó en el banco mullido que había en el alféizar interior con un libro en las manos y dedicó unos minutos a observar la calle que pasaba frente a su ventana antes de ponerse a leer. Apenas llevaba leídas una decena de páginas cuando, de pronto, escuchó un sonido en el pasillo que, según le pareció, procedía de la habitación de Josephine. ¿Habría llegado ya, acaso? Aún faltaban un par de horas para que la reunión terminase, así que, preocupada, Yvette salió de su habitación justo en el momento en que el intruso pasaba frente a su puerta. La joven se asustó y dio un grito corto antes de cubrirse la boca con las manos.

Yo… Me llamo Yvette —dijo con voz entrecortada, llevándose una mano al pecho, que subía y bajaba frenéticamente—. Esos vestidos son de Josephine. —Clavó los ojos en las telas de vivos colores antes de que el joven cerrara la maleta. ¿Qué demonios estaba ocurriendo ahí?— ¿Quién eres y por qué te los llevas? Devuélvelos, no son tuyos.

Ella no era nadie para andar dando órdenes en aquella casa, pero haber atrapado a aquel ladronzuelo por sorpresa en un hogar que ahora sentía como propio la había ofendido. Miró al joven de arriba a abajo; debía tener su edad, no podía ser mucho mayor, y algo en él le hacía creer que ya se habían visto en otra ocasión. El muchacho debió pensar lo mismo, puesto que formuló la pregunta que rondaba la cabeza de Yvette casi en el mismo momento en el que iba a decirlo ella.

No, creo que no —contestó—. No lo sé, es posible que nos hayamos visto en alguna fiesta. —Volvió a mirarlo. Algo le decía que no era así, pero, ¿de qué, si no, iba a conocerlo?—. Soy una invitada de Josephine, la dueña de esta casa. ¿La conoces?



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Yvette Béranger
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