Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Alea el Miér Mayo 02, 2018 4:08 pm

Las cosas se habían sucedido de una manera casi vertiginosa para la elfa. Desde su llegada a Midgard y destierro de Alfheim, que nada había sido previsible. Acostumbrada a un orden casi desquiciante, a una pulcritud exagerada y a una obediencia ciega, el mundo de los humanos era un auténtico caos. Y por si el cruzarse con gente a la que no comprendía, mortales a los que, de ser necesario, podría esquivar con sus poderes, tuvo que toparse con dioses, con Asgardianos y otros que decían proceder de un lugar llamado Olimpo. Todo por un pequeño tropiezo con un animal de tamaño desmesurado que por poco no acaba con ella. Un norteño la había salvado y dado su código ético demasiado arraigado, debía devolverle el favor. Así que había emprendido viaje con ellos en busca de una bruja que podía predecir el futuro y algunas otras cosas, aunque lo más importante era que conocía el paradero de una espada importante. Mas lo que no sabía Alea era que en uno de los sueños de la hechicera, ésta veía a un demonio que ahora se encontraba en París y al que debían ir a buscar, pero como todos discutían sobre quién iría en busca de la poderosa espada de Tyr y quién sería el encargado de abandonar tal gesta para ir a por el demonio, Alea, a cambio de la deuda que había contraído con Höor Cannif, dijo que iría ella.

Usando un extraño portal abierto por los dioses, había viajado desde el norte hasta París en un abrir y cerrar de ojos. Pero la localización exacta de aquel al que buscaba, no se la había dado la völva, así que iba a tener que apañárselas. Por no hablar de convencer a un leviatán o lo que fuera de que se fuera con ella a emprender un viaje. Miró atrás, allí donde ya sólo quedaba una neblina que se dispersaba tras desaparecer la puerta espacio-temporal. Suspiró, percatándose de que, muy posiblemente, no pudiera cumplir con su cometido, no sólo dejando tirados a aquellos que esperaban su regreso, sino sin poder devolverle lo que le debía al humano.

Buscó una zona apartada, sin gente, oscura y tranquila. Era de noche, así que la tarea no resultó demasiado complicada. Una vez allí, se sentó en el suelo con las piernas flexionadas y cruzadas, un pie sobre cada rodilla contraria. Cerró los ojos y buscó en su interior. Llamó al poder que tenía oculto, aquel que le prohibían usar en su viejo hogar. Estaba allí, atrofiado, abandonado… pero imponente a pesar de todo. Lo sentía con cada inspiración que daba, con cada latido de su corazón. Era hora de despertarlo. Se puso a murmurar en su lengua natal viejos cánticos, poesías élficas. Por buscar informaciones como aquella era que la habían condenado. Su necesidad de conocimiento sobre la historia de su pueblo antes del sometimiento fue lo que la llevó a ser descubierta y a su posterior destierro. Pudo sentir la energía fluir por sus venas, ascender por su pecho, distribuirse por sus brazos hasta alcanzar la yema de los dedos. Aunque una gran parte se concentró en el centro del torso, por encima del estómago. Un calor abrasador y doloroso anidó allí mientras ella intentaba buscar respuestas. Aguantó cuanto pudo mientras su mente le preguntaba a los elementos, se comunicaba con ellos. Podía escuchar los susurros del vientos, las quejas de la tierra, el llanto de la lluvia… Sus ojos se abrieron de pronto, por completo, brillantes como dos luceros, como dos pequeños soles, amarillentos y rodeados de fuego. El calor la quemó de manera lacerante y pudo sentir como su piel se deshacía desde dentro. Agotada y con desespero, cortó la conexión con ese poder que albergaba y no era capaz de controlar. Lágrimas anaranjadas se deslizaron por sus mejillas, concentrándose en el mentón y descendiendo por su cuello. Lejos de caer al suelo o de empapar su ropa, se detuvieron en la zona del esternón, se unieron y formaron una pequeña esfera cuyo brillo oscilaba como las llamas de una hoguera. Llevó los dedos índice y corazón de su diestra al brillo que veía destilaba hacia arriba, pues con la mirada no alcanzaba a ver la pequeña bola dorada. Como si ese fuera su lugar, cayó en peso sobre las yemas y pudo alejarla para observarla con detenimiento. Parecía el ojo de un dragón, aunque el alargado iris se movía al hacer girar la esfera entre las falanges. Cansada, deshizo el enredo de sus piernas y con la ayuda del largo bastón que solía llevar consigo, se alzó de nuevo. Fue entonces, cuando se tambaleó un poco al dar un traspiés que se dio cuenta, lo que tenía en la mano era una brújula.


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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Belcebú el Jue Mayo 03, 2018 3:55 am

Aquel día, como muchos otros, al caer la noche salía de la mansión de “padre” en busca de alimento. Assur me tenía prohibido tomar almas de forma continua, algo que me debilitaba en exceso, la carne cruda y la sangre bastaba para alimentarme, para mantener en pie mi cuerpo, pero las almas, esa era la fuente de mi poder y tomarlas era tan delicioso que suponía un frenesí difícil de controlar para mi.
Cuanto mas puras, mayor era el estado de furia y lo que ello conllevaba para mi, por eso era complicado, corromper a pobres desgraciados era relativamente sencillo y no levantaba un gran revuelo, pero cuando la gente era buena tendían a estar bien acompañados a ser queridos y ahí todo se complicaba.

Aquella noche me encaminé directamente a lo que llamaban un nido de vampiros, la sangre inmortal me mantenía mas fuerte que la de los meros hombres, así que aquella noche me dejaría llevar por los placeres de la sangre y de otras sustancias que por aquel antro pasaban.
Tenía un grupo de amigos, en su mayoría hijos rebeldes de vampiros bien situados en la alta aristocracia, estos llevaban su propio rebaño, en su mayoría despampanantes modelos que a cambio de joyas, fiestas y posición se dejaban tomar de todos los modos posibles.
Assur me había animado a hacerlo de ese modo controlar la caza para mi era fundamental, pero francamente esa parte no me excitaba, su sangre me sabía a arena, era un depredador y necesitaba de la caza tanto como del mismo aire que a diferencia de otros yo si respiraba, por no contar que solo de sangre no me mantenía necesitaba comer carne.

El antro tenia la música a tope, los vampiros bailaban enajenados  no tardé en demasía en encontrar a mis bien acompañados amigos.
El alcohol corría y tras nos bailes con varias desconocidas el flujo de alimento llegó de forma bilateral.
A los vampiros les excitaba ser mordidos por sus congéneres cuando el sexo formaba parte del encuentro y a mi me servía para alimentarme de aquello que deseaba sin necesidad de matar a otros vampiros desgraciados y meterme en líos con el consejo que manteniendo la mascarada no sentencian el canibalismo.
Por supuesto muchas fueron las veces que me salté la regla, pero Assur cubrió siempre mis huellas, mi aprendizaje no fue fácil, y tampoco mi relación con el que desde que era un niño se convirtió en mi padre.

Nada mas la rubia de alma desconocida y orejas picudas atravesó la puerta todos mis sentidos se pusieron aleta, no conocía alma mas pura, bueno, quizás la de Hania, pero padre me mataría si la tocaba y supongo que mi afecto por ella, si es que era capaz de sentir algo de eso, también me lo impedía.
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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Alea el Jue Mayo 03, 2018 1:12 pm

La esfera de iris alargado guio los pasos de la elfa. No tenía clara lo precisa que podía llegar a ser o si la llevaba al destino que necesitaba, pero su instinto le decía que siguiera las indicaciones, que girara en cada esquina que la brújula le indicara y así lo hizo. No conocía París, no conocía las costumbres humanas, sus hábitos. Bastante tenía con saber su lengua y si alguien se dirigía a ella, poder responderle, fuera en el idioma que fuera. Los conocía todos.

Con las horas que eran, a pesan se cruzó con un par de personas en su camino y ninguna osó dirigirle la palabra. La observaron con suspicacia, como si jamás hubieran visto a una dama pálida de cabellera rubia y orejas picudas en su vida. Ella prosiguió con su búsqueda, hasta que dio con un recinto extraño del que emanaba música desagradable para sus oídos. Arrugó el gesto y clavó la mirada en el orbe ambarino. -¿A dónde me has traído?- Cuestionó sin esperar respuesta alguna en realidad. Ocultó el objeto en el pequeño saco que portaba atado al cinturón y se dirigió a la puerta. Allí le detuvo un hombre, poco maduro, inmortal como Ettore por cómo olía a sangre y la ausencia de latidos. Ladeó ligeramente la cabeza mientras ésta la observaba de arriba abajo como si fuera un conejo frente al lobo más hambriento. -Si me disculpáis, necesito entrar.- Posó una mano sobre el pecho ajeno y le hizo a un lado con un sencillo gesto. El vampiro, confuso por la obediencia que acababa de mostrar, mostró los colmillos y fue tras ella, directo a atacarle a la yugular, mas no lo hizo. Incomprensible para él, se golpeó la cara varias veces como si intentara despertar de un trance realmente inexistente.

La elfa, ya dentro del lugar, pudo ver como los presentes se centraban en ella. Todos allí eran de piel excesivamente clara, pero sus almas estaban corrompidas. Destilaban sed de sangre, de sexo y a saber cuántas cosas más. Deslizó su vista por el sitio, por los cainitas, por les manchas rojizas bordeando sus bocas. Aquello era una bacanal. Había leído al respecto en un libro de aquellos que había consultado a escondidas. Puro pecado en grupo, muerte y orgía. Comer hasta vomitar y volver a engullir, como si el hambre no importara y prevaleciera la gula.

Alargó una de sus manos y con la yema de los dedos tocó una pared. Era como si en ellas pudiera sentir el horror que habían presenciado durante demasiado tiempo. Las carnicerías, el sexo desenfrenado y sin sentimientos, la desesperación y la locura. Dejó caer los párpados y una lágrima translúcida e invisible se deslizó por su mejilla izquierda hasta desaparecer en el olvido que era aquel suelo. Abrió de nuevo los ojos y vio la silueta de un joven solo. Su corazón sí latía, aunque las comisuras de sus labios delataban se había alimentado de sangre como el resto de los allí presentes. Extendió el brazo derecho, formando una perpendicular perfecta con el cuerpo y para terminar desdobló el índice, señalando. -Eres Belcebú.


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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Lux el Vie Mayo 25, 2018 8:49 am

El consejo podía decir lo que quisiera, ella estaba convencida que el destierro no era castigo suficiente para su vieja amiga y lo decía con conocimiento e causa. Si alguien sabía cómo era Alea, esa persona era Lux, sin duda alguna. Habían compartido la mayoría de su tiempo juntas  fue ella quien la vio cambiar, quien estudió aquella amenaza y, obviamente, quien a delató para que fuera apresada y sentenciada por el mismísimo rey. Sin embargo, la pena había sido demasiado débil, impropia de los suyos, tan empeñados en verse perfectos que incluso se rehusaban a manchar sus consciencias con una condena digna del pecado cometido. Por todo eso, decidió seguir a la rubia en su viaje y asegurarse que, de un modo u otro, pagara por lo que había hecho y se arrepintiera de haberla arrastrado a ella consigo. Porque era así, Lux se sentía traicionada por haber depositado su fe y confianza en aquella compañera que no dudó en tirarlo todo por la borda en busca de su propio beneficio. Ser egoísta era el peor sentimiento del mundo y, a vista de la castaña, era el pecado primordial de Alea.
 
Ya en tierras nuevas, siguiendo el rastro de su vieja amiga, llegó hasta París. ¿Qué hacía ella allí? No había sido desterrada en una ciudad llena de gente y posibilidades, sino en las escarpadas y heladoras montañas del norte. ¿Cómo había llegado a la ciudad de las luces tan rápido? Era imposible conseguir algo semejante sin un poder superior que la ayudase. Todo hacía que Lux aún desconfiara más de su contraparte, de la joven que antaño había sido una importante parte de su vida, casi como una hermana, y que tras sus malas decisiones, había pasado a convertirse en enemiga.


Una vez allí se dispuso a seguir su aura por la callejuelas con intención de estudiar sus pasos, de analizar cada movimiento que hiciera. No pretendía delatar su presencia, sino que, de manera anónima, asegurarse que su castigo se cumpliera.


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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Belcebú el Vie Mayo 25, 2018 11:04 am

Para mi sorpresa, la rubia se acercó a mi con paso firme, como si no me temiera, algo realmente absurdo, pues todos los de aquel recinto no solo sabían era el hijo de Assur, si no que ademas era un ser de las tinieblas.
-Si, soy Belcebu -asegure ladeando la sonrisa.
Tampoco era tan difícil conocer mi nombre, digamos que mi fama me predecía y ser hijo de uno de los primeros inmortales que anduvieron sobre la faz de la tierra me convertía en un hombre al que muchas damas se acercaban de forma curiosa.

La diferencia es que esta era deliciosa, pura como ninguna otra y aunque sabía no debía, Asur me lo había dicho millones de veces, que me alejara de seres como esos, alimentarme de almas era peligroso, pero si eran de gentuza era mas plausible que si lo hacía de lamas puras.
-Sígueme, hablaremos tranquilos en el reservado -dije mas a modo de orden que petición no muy acostumbrado a que nadie me negaran nada.

Con un chasquido de dedos bastó para que un par de camareras nos preparara una mesa en la parte alta, donde solo los mas “vip” entraban. Una mesa negra baja, cojines varios repartidos por el suelo y unas cortinillas que podían correrse o no para darnos intimidad en el caso de necesitarla.
Una pipa de agua quedaba en el centro, sobre una bandeja todo tipo de tabacos aromáticos, drogas varias y como no, una especie de abrecartas usado para sajar las venas de las damas.
-toma asiento -pedí, aunque cada frase dicha sonaba mas bien a orden dispuesta.

Una vez ambos tomamos clavé en ella mis orbes claros.
-No eres de por aquí ¿que eres? -pregunté intrigado -y no menos importante ¿que quieres? -pregunté llendo directo al grano.
Tomé la boca de la manguera haciéndola a un lado mientras preparaba unas mezcla de hierbas con tabaco.
-¿te importa? -pregunté con educación antes de prenderla.

La mujer no apartaba su mirada de todo aquello que yo iba haciendo, ella parecía mediar bien aquello que decirme, o simplemente esperaba el momento adecuado para soltar la bomba.
Llevé la manguera a mis labios y tras prenderlo di un par de caladas rápidas, el gua se movía dentro de la pipa cada vez que sorbía.








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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Alea el Lun Jun 04, 2018 10:47 am

La elfa llevaba días en Midgard, no sabía quién era nadie allí ni la fama que pudiera preceder a un linaje fuera de Alfheim. Sin embargo, conocía el nombre de aquel demonio porque se lo había facilitado la völva, así como había reducido el cerco de búsqueda a las afueras de París. Pero más allá de eso, no sabía nada de aquel ser de las tinieblas al que todos miraban con una mezcla de miedo y recelo, contrarios a los ojos de Alea, llenos de esperanza por poder saldar pronto su deuda y sentirse en paz consigo misma.
 
Cuando el contrario le ordenó ir al reservado, ella obedeció sin objetar, acostumbrada como estaba a hacerlo en el que, hasta no hacía mucho, había sido su supuesto hogar. Allí era un soldado las veinticuatro horas del día y no porque siempre estuvieran luchando, sino por cómo debían actuar y comportarse bajo el comando de aquellos de rango superior.
 
Subió los peldaños tras el demonio y en cuanto éste se lo indicó, tomó asiento, acomodando su zurrón a un lado. Bajó la capucha que cubría su cabeza y dejó al descubierto su melena plateada que, recogida en una trenza, ya delataba ser extremadamente larga. La acomodó sobre su hombro izquierdo, observando en todo momento al hombre que tenía de nuevo delante, al otro lado de aquella baja mesa oscura de madera.
 
Ladeó la cabeza, entornando los ojos con curiosidad al ver que se llevaba aquello a la boca y que, tras unos segundos, expulsaba humo claro. Era una pipa, aunque bastante extraña. -No soy de por aquí, no. Soy de Alfheim.- No matizó, por lo que si no era conocedor de la verdad de los nueve mundos, tal vez creyera que aquello era una ciudad de a saber dónde en Midgard, lo que la mayoría de mortales apodaba la Tierra. -Mi nombre es Alea y necesito que vengas conmigo para salvar el mundo.- Comentó con total naturalidad como si le hablara del clima o de pintar una valla del jardín. Ella confiaba en la gente por naturaleza, era inocente, aunque conocía lo que era el abuso de poder y lo había sufrido en carne propia. Aún con ello, seguía viendo lo bueno en los demás y creía que toda alma tenía derecho a perdón. Así que no creyó que un ser oscuro pudiera rechazar la proeza de salvar Midgard del ataque del inframundo, de la más que probable realidad en la que Hel consumiese el mundo de los vivos.


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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Belcebú el Dom Jun 17, 2018 1:03 pm

El humo blanquecino emergió por mis fosas nasales como si fuera un dragón, entre la niebla que quedó entre nuestros rostros quedó prendida nuestra mirada. Fue solo cuando entreabrí los labios para reir cuando por ellos escapó el humo.
-¿Y eso es un poblado? -pregunté sin entender la relevancia de lo que mencionaba.
Había estudiado geografía con padre, no era un necio, si no todo lo contrario y ese lugar para mi era desconocido, desconocido hasta que caí en algo que me hizo ladear la sonrisa.
-Y esto es Midgard ¿verdad? Mi maestro de armas, Erlend, lo ha mencionado alguna que otra vez ¿Así que eres norteña? -pregunté acercándole la pipa tras darle una nueva calada.

Mi risa retumbó en el local cuando dijo que tenía que ir con ella a salvar el mundo. No acostumbrados los míos a muestras por mi parte tales, se detuvieron un instante para mirarme y pronto una camarera vino para servirnos dos copas de brandy.
-Lo siento, no tengo ningún complejo de héroe, ni intención de abandonar París. Por mi este mundo puede arder en el infierno y seguramente después seré lo único que seguirá en pie.

Me relamí los labios humedeciéndolos antes de llevarlos contra el vidrio.
-¿y esas orejas? -pregunté divertido ignorando por completo su petición, seguramente la muy necia desconocería mi naturaleza vil, podía ser muchas cosas, pero desde luego bondad era lo único que no albergaba en mi corazón.
-¿y has hecho tan largo viaje solo para conocerme? -pregunté mirándola fijamente -espero haber cumplido tus expectativas.

La dama parecía no tener todas con ella, seguramente incapaz de entender nada por las caras que ponía.
-Quizás necesites un par de caladas para comprenderme mejor -apunté señalando la boquilla.
A nuestro alrededor, la gente cada vez mas y mas colocada bailaba pegada, rozandose, besandose, incluso masturbándose frente a nuestras miradas.








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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

Mensaje por Alea el Mar Jun 19, 2018 11:16 am

Los dos parecían igual de perdidos con las cosas que decía el otro. Ella le hablaba de mundos distintos, de una religión que no todos comprendían, de poderes divinos y almas puras, de magias que nada tenían que ver con hechizos, mientras él le hablaba del inframundo, del terror y la muerte, del infierno encarnizado, de la banalidad de la vida. Eran polos completamente opuestos y, sin embargo, sin que ninguno de los dos lo supiera, se necesitaban. Igual que la noche al día y que la sombra a la luz, porque el uno sin el otro, carecerían de valor, de importancia y su existencia quedaría como una sencilla nada.

Ante la pregunta sobre sus orejas, Alea llevó la diestra a rozar la propia, resiguiendo la forma de la ternilla terminada casi en punta. La ocultó con sus dorados cabellos, acomplejada, consciente de que en Midgard, eso no era normal y que su presencia en ese mundo que no le correspondía, podía ser tildada de intrusión, de herejía, de ataque incluso. -No sé lo que son expectativas.- Aseguró la elfa, tomando entre sus finos y pálidos dedos la manguera de aquella pipa de agua. La observó, girándola hacia un lado y hacia el otro. La acercó a su rostro, oliéndola y arrugó la nariz. Devolverla sin más, seguramente, podría ser considerado como una ofensa y a ella la habían educado, muy a su pesar en algunas ocasiones, para ser cortés y obedecer casi a ciegas. Aproximó la boquilla a los labios, la rodeó con éstos y mirando al demonio a los ojos, imitó el gesto que le viera hacer a él con anterioridad, dando una torpe y demasiado profunda calada que la obligó a toser. Le regresó el objeto, cubriéndose con la mano libre la boca. El ojo derecho le lloraba cuando intentó erguirse y le dio tos de nuevo. Sacudió un poco la cabeza, dándose friegas en el pecho y elevó el rostro al techo del local, parpadeando varias veces mientras insuflaba aire, lentamente, en sus pulmones. Recobró el aliento y medio la compostura, cuando se centró de nuevo en el moreno que la miraba con una ladina sonrisa. -No se trata de...- Tomó aire despacio, intentando que no se le fuera por el otro lado de nuevo. -No se trata de ser un héroe, sino de cumplir con tu sino.- Ella sonaba muy convencida, como si el mismísimo Odín se lo hubiese susurrado al oído o Caín que, al parecer, era quien dictaba las cosas para el monstruo que, en su forma humana, tenía delante. -¿Qué haces aquí?- Inquirió con cierta curiosidad, al mismo tiempo en que, de modo sutil, le reprochaba que desperdiciara su existencia de un modo tan banal.


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Re: Alea iacta est // Privado - Belcebú

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