Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Érase una vez, un demonio con cara de ángel |Privado

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Érase una vez, un demonio con cara de ángel |Privado

Mensaje por Aidara Dupont el Vie Mayo 11, 2018 12:29 pm

Llega un momento
en el que tus demonios
te piden un infierno mas grande.





Una y otra vez, Aidara siempre acababa metida en el mismo lugar y siempre con los mismos. Se decía que los vampiros no se cansaban jamás, ya pasara una eternidad; jamás llegaban a cansarse. Mentira, o por lo menos, así lo era en el caso de la que una vez llegó a ser princesa. Desde que había adoptado su nuevo rol como protectora de los huérfanos de las calles, a los que les construyó un orfanato donde mantenerlos a salvo, las reuniones nocturnas con todo tipo de sociedad pudente cada vez era mayor, y empezaba a cansarse de la similitud entre todas sus noches. Cada una tenia siempre algo distinto a las demás, pero siempre acababan habiendo mas parecidos que diferencias y hastiada, esa noche había decidido probar con una salida nocturna distinta. Los eventos de bailes abundaban últimamente en esta temporada y por suerte, tenía muchas invitaciones a las cuales asistir, por lo que no le faltaba nada más que solo escoger a cual dirigiría esa noche sus pasos. La elección, como casi todas las elecciones del orfanato iba a cargo de los niños y tras que una de las más pequeñas escogiese de entre todas las invitaciones una de ellas, Aidara se despidió de todos ellos y acudió a su cita, esperando que esa noche fuera distinta a las que últimamente había tenido.

Al llegar y entrar en el gran salón, inmediatamente todos los jóvenes del lugar se volvieron a mirarla. Ya estaba acostumbrada a la reacción que los de su especie provocaban a los humanos, aún así siempre agradecía que los niños no se encontrasen en esa situación y ellos, si pudieran ser ellos mismos con ella. En todo este tiempo lo que mas agradecería era el cariño infinito de aquellos niños y la forma en que la trataban. No la consideraban un monstruo y aunque estaba casi segura de que de verla comiéndose a alguien, podrían cambiar de pensamiento, últimamente habia empezado a alimentarse de animales. No la saciaban por mucho tiempo, no obstante, para no manchar mas sus manos era lo mejor que había encontrado. Así además, había podido practicar lo suficiente hasta llegar a poder alimentarse en vena de un humano sin la necesidad de matarlo. Sencillamente bebía un poco y antes si quiera de que este notase el mareo que producía el intercambio de sangre, los dejaba ir. Les borraba la memoria, así que ninguno lo recordaría y para ellos, sencillamente el morado en el cuello les sería un indicativo claro de lo bien que aquella noche se lo habían terminado pasado. Con estas enseñanzas, con este control, se sentía más poderosa que nunca. No solía alimentarse mucho de humanos, pero en cuanto debía de hacerlo, lo hacía de forma en que no se ponía en peligro ni ella, ni a sus niños y niñas del orfanato. Mientras ella viviera, ellos tendrían una oportunidad para crecer y fortalecerse fuera de las calles que los habían maltratado.

Uno de los jóvenes camareros pasó por su lado con una bandeja llena de copas de champagne y con cuidado tomó una de ellas en sus pálidas manos. Hacia mucho tiempo la princesa no acudía a ese salón en particular. Ciertos amargos recuerdos seguían muy latentes en ella y por inercia, ese ultimo año había optado por ignorar todo cuanto pudiera hacerle recordar. Tarea difícil cuando aún podía sentir cada una de sus cuchilladas y cada uno de los trazos con que se llegó a partir su impoluta piel. A pesar de ello, allí estaba, enfrentándose a sus demonios particulares. Aquella primera copa pronto quedó vacía y tras pasearse otra vez por el salón buscando a gente conocido o saludándolos, volvió a tomar otra copa justo en el preciso instante en que todo su cuerpo se alertó. Era inconfundible, entre cientos de humanos, entre la escoria más pudienta ella se había asegurado de poder reconocerlo y aquel perfume de pronto entrando en el salón, no podía ser de nadie más que de él. Ese maldito malnacido estaba allí, en el mismo salón que ella; lugar en el que se habian encontrado y él se la había llevado. Gruñó para sus adentros y controlando su bestia interior que buscaba venganza, pasando entre las parejas, alejándose de la vista de halcón de ese demonio, salió a tomar el aire en uno de los balcones solitarios.

Respiró hondo, aunque no lo necesitase y antes de que pudiera pensar en algo más, su mirada fue directa a su mano derecha donde aún quedaba el rastro del daño que la luz solar le había provocado en una de las tantas torturas que vivió a manos de aquel condenado. Apretó con fuerza entre sus dedos las piedras que adornaban el relieve del balcón y antes de pensar en desaparecer, aquel olor picante y cautivador volvió a perturbarla. Mierda, era él. Solo que esta vez el perfume estaba cerca, tan cerca que podía jurar tenerlo al lado. ¿Habría sido coincidencia que ambos hubiesen acudido aquella noche al mismo balcón, en que se conocieron? O más bien, en el que ella tuvo la mala suerte de conocerle? Aidara no creía en las coincidencias y no empezaría a creer en ellas ahora.

- ¿No te parece irónica la forma que tiene el destino en echar sus jugadas al aire? -Preguntó al aire justo siendo ese momento en el que el cazador daba un paso, traspasando la puerta a sus espaldas. - Pensé que no volvería a tener el placer de tu presencia y mírate; aquí estás, ni el propio demonio debe de amar a sus diablos. -Se volvió hacia él y mirándolo fijamente, su interior ardió. Ninguno de los recuerdos que compartía con él eran tolerables. Viéndole a la cara, fugazmente se acordó de las veces que le imploro y rogó para que la matase antes de seguir con sus torturas. Ahora, por suerte, era otra. Aquella llorosa inmortal y neófita había pasado a mejor vida. Ahora era fuerte, digna y orgullosa, nada que ver con la delicada inmortal que el cazador había quebrado con sus dedos.


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Re: Érase una vez, un demonio con cara de ángel |Privado

Mensaje por Naxel Eblan el Dom Jun 10, 2018 11:40 am

El infierno está vacío,
todos los demonios están aquí







Hacía algo más de un año en el que había pisado el palacio royal en busca de alguna víctima que pudiera cobrarme como presa esa noche sabiendo que los vampiros, al igual que los licántropos, estaban también en la realeza y en las clases altas de la sociedad francesa. Hacía un par de meses que había pisado el Palacio con la intención de tener un encuentro con la reina de los países bajos, advirtiéndola de que era mejor que dejara a mi hermana Liara de lado y que no se la llevara porque sabía perfectamente que ella era una vampira y no me gustaba para nada la idea de que se la llevara lejos de París donde no pudiera velar por ella y protegerla. Sin embargo la última vez que había pisado el palacio había sido, nada más y nada menos, para encontrar a esa pequeña vampira que casi me había rogado con la mirada que la matara porque no parecía aguantar mucho más la vida que llevaba. La entendía, debía de ser horrible ser una sanguijuela como lo era ella y sobrevivir a base de matar a humanos para obtener su sangre. Gustoso le hubiera concedido la muerte que parecía haber buscado esa noche y que fui lo que convocó con sus deseos y sus pensamientos, pero no me gustaban las cosas demasiado fáciles y aunque había sido algo sencillamente fácil el atraparla, pretendía hacerla pasar por todo un infierno antes de concederle la muerte que tanto había parecido desear en esos momentos. Fue una de mis mejores torturas en tiempo, los vampiros eran perfectos porque cuanto más daños les hacías o más heridas provocabas en sus cuerpos estos se regeneraban enseguida haciendo divertida la tortura y mucho más larga y placentera que a cualquier otro ser humano. Lo cierto es que había disfrutado quebrando a la pequeña vampira que me había suplicado por su vida mientras yo la torturaba de diferentes formas, su rostro “angelical” plagado de dolor, de dudas y de incertidumbre era lo más satisfactorio que había obtenido de un vampiro y lo que más me gustaba de ellos. Eran duros y resistentes pero sobre todo esa regeneración sin duda alguna era algo que se volvía en su contra rápidamente. Aparte de eso si se le sumaba la plata para que las heridas tardaran más en sanar y en curarse era una mezcla explosiva que para el vampiro era un segundo como una eternidad, mientras que para mí era más placentero. A veces me había preguntado qué había sido de la pequeña vampira y de cómo habría quedado tras nuestro encuentro, me había parecido tan patético acabar con su vida que la había dejado casi muerte, al mismo borde y precipicio de su muerte de verdad, que al no verla de nuevo sencillamente creía que no había aguantado la tortura y su vida había llegado a su fin, arrebatándole esa inmortalidad que tenía por delante.

Esa noche me había traído suerte ir al palacio para encontrar una deliciosa presa de la que disfruté torturando, así que había pensado en volver a pasarme por el palacio para ver si podía repetir aquella magnífica noche y encontraba una presa que cazar y con la que divertirme torturando. Me había vestido con el traje que tenía negro, una camisa blanca y una corbata negra también en donde bajo las ropas llevaba armas escondidas, jamás salía de casa sin armas con las que poder defenderme y esa noche quizás tuviera suerte y me encontrara con un sobrenatural para poder divertirnos cazando. El palacio estaba lleno esa noche en la que se organizaba una fiesta, desde luego que no tenía invitación pero tampoco la necesitaba porque tenía estudiado el lugar y los guardias dónde estaban apostados cada uno. Tan solo tuve que colarme por la parte trasera y en el momento oportuno trepar hasta el balcón donde me colé, lo demás fue todo demasiado fácil porque vestido de esa forma en el interior los camareros al verme no se extrañaron demasiado de mi presencia y tras alegar que “quería ver el resto del lugar” me excusé con el hecho de estar en aquel lugar del palacio. Llegué hasta donde estaban todos en aquel enorme salón donde los vestidos lucían brillando por las luces que iluminaban la estancia, la música sonaba en el lugar bajo una orquesta contratada para la ocasión y los camareros se paseaban por el lugar con bandejas llenas de comida y de bebidas. El lujo se veía por todos lados y no hacía falta demasiado para saber que la alta clase, la aristocracia, estaba mayormente presente en aquel lugar. Tomé una copa de champán cuando pasó un camarero y con sonrisas fingidas me adentré entre la gente buscando a mi posible presa, en esas estaba cuando vi de refilón una figura que me había parecido que conocía aunque la había visto de forma tan fugaz que no la pude reconocer. No conocía a casi nadie que perteneciera a la alta clase aunque sí conocía a varias cazadoras que quizás se habían acercado por lo mismo que yo: buscar una presa potencial. Intrigado por saber a quién había distinguido entre la multitud me acerqué hasta el lugar donde la había visto solo para seguir el rastro de la estela de su vestido que se perdía por el balcón así que me dirigí hacia allí con la copa de champán en la mano para cuando me acercaba antes de poner un pie en el exterior una voz, que conocía bien, sonó en el lugar provocando que una sonrisa ladina se extendiera por mis labios.

Allí estaba frente a mí la mujer, mejor dicho, la vampira que había copado mis pensamientos aquella noche recordando la enorme fortuna que tuve que cazarla y torturarla, reí de forma un tanto fría y oscura porque era todo demasiado irónico que después de tanto tiempo volviéramos a encontrarnos en el mismo salón del palacio donde la había visto por primera vez, y en el mismo balcón donde me la había llevado para comenzar la tortura con ella. Su figura se marcaba esbelta por el ceñido vestido que llevaba y que acentuaba sus curvas, concubinas del demonio encargadas de engatusar a los hombres para llevarlos a su terreno y que cedieran a sus deseos más oscuros sin decirles que eran las parcas personificadas, ¿cuántos hombres no habrían caído bajo su embrujo pensando que era una joven sin mayor peligro que su mortal belleza? Podía recordar con total claridad y nitidez, como si estuviera en aquel pasado, sus gritos, sus sollozos, las súplicas que me había hecho por su vida mientras me rogaba que no siguiera torturándola, que no le hiciera más daño. Lamí mis labios sin borrar la sonrisa ladina que se había instalado en mis labios mientras la observaba de manera fija, estudiándola como había hecho la primera vez en la que nos habíamos cruzado. Después de tanto tiempo y de aquel encuentro sí encontraba un matiz diferente en ella: la forma en la que me miraba. De una manera más fija y segura como si sus miedos, sus dudas y sus temores se hubieran evaporado y su seguridad hubiera tomado fuerza, no era la misma forma en la que me miró aquella noche en aquel mismo balcón a la manera en la que me miraba esa noche. Recordaba la forma en la que sus lágrimas habían bañado ese rostro angelical, esos ojos verdes teñidos de dolor mientras recordaba cómo gritaba cuando puse la palma de su mano al sol quemándola... una de tantas torturas que había hecho con ella.



-Creo que el destino tiene una forma cruel, a la par que curiosa, de recordarnos ciertos aspectos y pasados de nuestra vida que ocurrieron quizás en un mismo momento, en un mismo lugar –aclaré dando un trago a la copa de champán que tenía entre mis dedos- dicen que el destino es quien baraja las cartas, pero que nosotros somos los que jugamos la partida y nos arriesgamos en estas –la recorrí con la mirada mientras daba un par de pasos en su dirección totalmente tranquilo en su presencia- oh vamos, admite que me echabas de menos Aidara –pronuncié su nombre remarcándolo entre mis labios para que se distinguiera en la frase- estoy totalmente convencido de que tú vida ha sido mucho más aburrida desde que te abandoné aquella noche a tú suerte –mordí mi labio acercándome hasta la barandilla quedando a unos pasos de su lado contemplando la luna que reinaba en el cielo iluminándolo todo con sus haces de plata, como si no fuera una vampira y para mí no supusiera peligro alguno- para ser sinceros creía que estabas muerta, ¿dónde has estado escondida todo este largo año? ¿Tapada bajo las mantas para no enfrentarte a tus miedos y a los demonios que hay fuera? –Bebí de nuevo de la copa dejándola sobre el borde de la barandilla, me giré para mirarla apoyando mi cadera en el lugar- Seguro que muchas noches has pensado en mí, ¿me equivoco? Yo también en ti... en la forma en la que gritabas y me suplicabas por tu vida.



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