Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

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La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Dom Mayo 13, 2018 2:16 pm

“Para algunos la diplomacia es el arte de la hipocresía.”

El sirviente dio dos toques en la sala donde le dijeron hoy se encontraba el recién nombrado Duque de Devonshire. Dos toques, cada uno con la fuerza bien calculada, con la respiración medida y el incomodo traje de cada día, la postura erguida preparándose para el protocolo con el que debería referirse al noble desde que el umbral comenzará a abrirse.
Con el un mensaje de una noble seguía preguntándose porqué él, porqué no fue alguno de sus otros compañeros el emisario. Claro que sabía la respuesta, iba cruzando el lugar donde ella se encontraba y le resultó imposible decir no, siempre le era imposible decir no a las féminas, más cuando eran bellas.
Tocó una vez más con extremo cuidado, es la sutileza del que acaricia una rosa con el temor a desgarrarse la piel con sus espinas. ¿Estaría bien comparar lo que se rumora del Duque con una rosa? Porque muchos de los mozos que le han servido en el palacio decían que podría ser una enredadera llena de espinas con hermosas flores azules como sus ojos, o zafiros. Sí, eso sería adecuado.

Sabiendo que debía esperar porque a la realeza no le agrada ser afanada, no supo cuánto tiempo sería y las palmas de sus manos se perlaron de sudor a medida que se acercaba el tiempo en que la puerta se abriría.
¿Y si no estaba allí dentro el noble? ¿Y si estaba ocupado? ¿Por que él? Se volvió a preguntar, mientras sentía que el perfumado sobre de la mano derecha se le escapaba como agua entre los dedos, ¿acaso era la primera vez que tenía un trabajo así? ¿Se le había olvidado el arte de saber hacer su trabajo omitiendo que siempre sería un ser inferior al servicio de seres que se creen y parecen dioses?

Cuando la carta con olor a tulipanes blancos llegara a manos de su destinatario, leería lo siguiente en una elegante y perfecta caligrafía:

Al Duque de Devonshire,
es un honor presentarle de parte de la familia van Roosevelt respetos y felicitarlo por la sucesión y ascensión a su título, por ello siempre y cuando sus obligaciones le otorguen tiempo, la Baronesa van Roosevelt desea tomar el té con usted en el jardín a las 17 horas.


***

Los cabellos claros de la baronesa brillaban sueltos con la suave luz de la primavera, miraba complacida la forma en que el viento mecía las hojas y traían a su nariz el aroma de la vida, como acariciaban las corrientes de aire su piel meciendo las faldas de su vestido con la suavidad de una mano maternal. También olía a té, recién hecho y eso solo ayudaba a que su corazón se sintiera aún más calmo en espera de la respuesta a la misiva que acaba de enviar hacer unos minutos. Ausente y desconociendo cualquier reputación, buena o mala del Duque, estaba motivada a conocer a algún otro de los nobles del mundo, más si eran nuevos, esperando poder darle un consejo, por más minúsculo que fuera para que pudiera desenvolverse con arte en sociedad aunque quizás ya lo supiera.

Había pedido a la servidumbre del palacio manjares especiales para la ocasión, por eso contaban con tres tipos de té de los más selectos: verde, negro y una perla del sur de la India llamado masala, varios pastelillos decoraban la mesa de metal ovalada frente a ella: de fruta fresca, bayas, chocolate blanco y amargo, leche, miel y crema para el té, exótico café y una tabla de queso y carnes debidamente seleccionadas, uvas dulces y moradas, limón en rodajas, algunas botellas de vino tinto y whisky añejo, sabía que a los hombres, como a su padre, les encantaba como símbolo de elegancia, no ignoraba el símbolo de poder que también poseía. A un lado se encontraba una caja de madera, rectangular y alargada, en absoluto elegante. Una moza se acercó preguntando si deseaba que sirviera un poco más de té, pero con un movimiento ligero y educado levantó la mano meneando la cabeza con suavidad. Estaba bien.

Dando el último sorbo al té que le quedaba, el tintineo de la taza de fina porcelana blanca terminó al tiempo en que con su otra mano comenzó a organizar las faldas de su vestido para volver a posar los ojos en el horizonte verde del jardín, entrecruzando sus finos dedos sobre su regazo. Olía a mañana, a un futuro nuevo y entre un suspiro paciente que dejo escapar mientras pensaba cómo sería aquel hombre, se preguntó si aceptaría la invitación que sin anticipación le había enviado.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Lun Mayo 14, 2018 7:27 am

"La diplomacia termina en el exacto momento
en que se rasga la tela que separa al hombre de la bestia".

Cuando su megalomanía exigió un lugar más privilegiado que el de un simple mortal, se introdujo en una vorágine de obligaciones que ni en tres meses de estancia en Londres y dos más en París, pudo dominar. El enorme León de Devonshire está en estos momentos metido hasta las narices en papeles, firmas, reuniones y un sin fin de actividades que busca alejar de su vida privada. Por lo que decidió invertir en una habitación en el Royal Palace para dar cierto estatus a su ahora cargo de Duque y con ello, tener un lugar de descanso total -su mansión- y una base de operaciones desde la cual resolver todos los asuntos de su ducado -el Royal-. El dinero ya no es problema, puede darse los lujos que quiera y éste es uno del tamaño del Everest.

Ese día, las personas salen y entran de la enorme habitación siendo despachadas o recibidas dependiendo la situación o bien, hasta rechazadas para otro día por la apretada agenda del Duque que sigue sentado en el escritorio revisando los documentos en compañía de su abogado que tuvo que mandar traer de Londres porque sólo confía en él. Hay asuntos que deja reservados para la noche, donde en la tranquilidad de su mansión pueda revisarlos con el debido cuidado. Siente que algo se le está yendo de las manos. Tiene un presentimiento en tanto revisa todas las cuentas, de que le están sustrayendo dinero y eso, de ser cierto, haría que el león Moncrieff rugiera de rabia, exigiendo la sangre con todo y la cabeza del culpable.

Más eso no lo refleja en sus preguntas, va entendiendo todo el procedimiento después de casi cinco meses, su inteligencia no tiene que ver con su tardanza, es tan grande el ducado -grata sorpresa porque implica más ingresos- que apenas va conociendo todo. Se enciende un cigarrillo en tanto tiene en sus manos los últimos estudios contables. Hay un par de marqueses que no los llevan adecuadamente y están reportando datos que le alteran toda la contabilidad. ¿Ignorancia? ¿Mala fe? - ¡ME IMPORTA NADA LO QUE DIGAN! ¡ENTRA EN SU CONTABILIDAD Y REVISA, PARA ESO TE PAGO! - ya está, el grito aunado al golpe de la mano contra el enorme escritorio es suficiente para hacer respingar a todos en el lugar. Y qué decir de los sirvientes del Royal que le han escuchado por más de tres semanas con esos exabruptos.

El sirviente que esperaba paciente, escucha el grito de forma simultánea con la apertura de la puerta de la habitación, para dejar salir a un hombre con ropas de mediana calidad sudando a raudales en tanto su palidez es equiparable a la premura con que está escapando - Ya lo hago, my lord, ya lo hago - dice audible en tanto en el interior, ocho rostros lo observan tragando saliva pensando en lo que será su destino - ¿ACASO ESTOY RODEADO DE INÚTILES QUE NI SIQUIERA PUEDEN OBEDECER UNA SENCILLA ORDEN? - el Duque aparece en el pasillo que da a la puerta de entrada con el rostro rojo de la rabia. Si el sirviente pensó que seria un sujeto parecido a la media, gordo, de cara redonda, falto de reflejos, se ha equivocado por completo. Calificativos que no se adaptan a Charles son todos esos y más. Porque tiene la contextura de un gladiador, aún sin la levita, con la blanca e impoluta camisa y los pantalones pegados a las piernas, su cuerpo denota el tiempo entrenando que se toma en las mañanas, con esos músculos bien desarrollados, los hombros anchos y las caderas estrechas. Todo lo que resuma ese hombre es poder. Físico y mental.

Con grandes zancadas sale de la habitación para mirar al sirviente que casi corre - ¡NO VUELVAS SIN ESA CONTABILIDAD! - ordena haciendo que el otro dé un respingo, voltee hacia él para reverenciarlo antes de doblar por el pasillo y perderse de vista. El Duque bufa con los puños apretados, todo el masculino y musculado cuerpo en tensión gira para encontrarse cara a cara con el mensajero que tiembla como hoja extendiéndole una carta que el Moncrieff toma con rapidez - gracias por sus servicios, ¡Alguien que le dé unas monedas a este hombre que les demuestra cómo se trabaja! - exige entrando a la habitación, de inmediato uno de los que se encuentra dentro, corre para darle un puñado apresurado de monedas antes de cerrar la puerta. Dentro, los gritos siguen regalándose como si fuesen dulces en navidad.


TRECE MINUTOS ANTES DE LAS CINCO DE LA TARDE

El bastón le da una sensación de estabilidad, los pasos son medidos en tanto termina de resolver un asunto en compañía de su abogado que le acompaña, opinando sobre las diversas alternativas. Algo es seguro, en tanto carezca de la contabilidad de los dos marqueses, es impensable continuar con la evaluación del ducado. Para eso, tendrán que apresurarse. Incluso, Charles medita el enviar a más personas para que eso cierre lo más rápido posible. Si la Corona le pide cuentas, estará entre la espada y la pared. A los Reyes no puede darles excusas. Con eso en mente, se despide del abogado para avanzar por el camino empedrado que conduce a unas mesas en el jardín dispuestas para halagar a los huéspedes.

Si bien la misiva tuvo que ser alejada de su olfato por el intenso olor tan dulce que le produjo urticaria -una mental, por supuesto-, fue presión de uno de sus asesores el asistir a esta reunión. - Estará bien que vaya codeándose con la realeza, su nuevo estatus lo exige, Su Gracia - casi podría remear lo último. Lo que le reconforta es que es a la hora del té, por lo que al menos gozará de una presencia femenina -espera que una hermosa- para relajarse. El atuendo elegido le es cómodo. Hecho a la medida, remarca sus grandes hombros, su metro ochenta y cinco de estatura y su corpulencia física. La barba está cuidadosamente recortada y el sombrero de copa con el bastón, completan la percha. Una que exuda confianza y poderío por los poros.

Cuando uno de los sirvientes le guía sabiendo qué busca, se acerca a la mesa con paso galante antes de observar el atuendo con el que la dama le recibe. Para la época, es poco recatado, atrevido e incluso, objeto de burlas y cuchicheos por la exhibición de su busto por tan delgada tela. Algo que el inglés no comentará por supuesto. Los modales no son la razón, lo es que puede disfrutar de lo que se deja entrever sin necesidad de imaginación. Al llegar a la mesa sus labios esbozan una pequeña sonrisa en tanto el sirviente le anuncia como es debido - Su Gracia, Lord Charles Moncrieff, Duque de Devonshire, Inglaterra - el inglés toma la mano de la dama para depositar en ésta un beso adecuado para el protocolo en tanto puede apreciar con discreción del busto femenino. - A sus pies, Ilustrísima señora - le da el tratamiento protocolar español - Y disculpará si no le ofrezco un adecuado tratamiento, desconozco de dónde es usted baronesa, la falta de anticipación a la cita impide que se hagan las investigaciones pertinentes - le reprende veladamente en lo que pareciera ser una excusa para su propia falta en tanto toma asiento dejando el sombrero y el bastón en manos del paje que le acompaña para que éste se haga cargo.

Viendo que ya inició la dama con el té, el paje le sirve a Charles té negro con un toque de crema sin azúcar. El humeante contenido es el preludio en tanto el inglés espera a que terminen de servirle señalando el pastel de chocolate amargo, - puedes retirarte, gracias - la última palabra es un tanto curiosa. El agradecimiento no es algo propio de quien proviene de tan buena cuna. Toma la servilleta para colocarla sobre sus piernas - ¿Qué le ha traído a París, su Ilustrísima? - pregunta en tanto toma la orilla de la taza para llevarla a la boca y dar un pequeño trago acomodada la espalda en el respaldo de la silla con toda la pose relajada de la que es capaz conforme el protocolo lo marca.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Lun Mayo 14, 2018 9:45 am

"Has de mirar con quién comes y bebes antes que lo que comes y bebes;
porque comida sin amigos, es comida de leones y lobos."- Epicuro.


Los pasos eran claros allí dentro, pero no tanto como la voz que se escuchaba al otro lado de la puerta, dura y enfurecida, parece que si era cierto lo que murmuraban del Duque y era claro que hoy el mozo tendría que verlo cara a cara, conocer a la bestia, lo que lo hace sentir como un ratón de campo ante un león hambriento y enojado.

Se notaba que el día no había sido fácil para los que dentro de la habitación se encontraban, el mozo se sintió incluso con buena fortuna, podría ser su situación peor y ser el que recibía órdenes y gritos, el que debía dar cuentas y encontrar soluciones.
Y aunque de gritos, mandatos e insultos por parte de ricos sabía, él era a fin de cuentas solo un mozo, un emisario y mensajero, no debía pensar, solo servir y correr. Si lo veía así, con positivismo, su vida parecía fácil, segura, y una sonrisa se alcanzó a curvar para desaparecer al tiempo en que un hombrecillo de trajes standart como él, salía espantado por la puerta.

Realmente, lo podía jurar, realmente deseaba que la puerta volviera a cerrarse, retroceder los pasos, evitar el camino donde la jovencita se encontraba, tomar otra ruta y evitar querer y tener que asomarse por el umbral en busca del Duque, pero aún así lo hizo, para verlo venir directo hacía él.
¡Un león, un león! Recordó que gritaban los ratones del cuento infantil que narraba a sus sobrinos cada vez que podía verlos, la próxima vez que lo hiciera tendría en cuenta que el terror de ver a aquel hombre ante él, debería haber sido equiparable al que sintieran los pequeños roedores ante tal animal.

Lo único que encontró por hacer fue inclinarse, casi hasta arrodillarse para calmar la ira y la presencia que amenazaba con aplastarlo, lo siguiente fue tomar fuerzas para levantar los brazos temblorosos y entregar la ofrenda perfumada que lo colocaba con cada suspiro de su fragancia aún más nervioso. Escuchó con la piel erizada como hablaba y abrió sus oídos a lo que diría, comprendiendo con cierta incredulidad al principio que estaba a salvo, lo estaba, y pronto escuchó el tintinear de unas monedas y el frío del metal sobre la palma de sus manos, no las cerró ni se levantó hasta sentir que la puerta se había cerrado.

Levantándose y con los gritos que regresaron allí dentro, no puede creer lo que ha pasado, como un animal se ha sentido, un minúsculo animal, arrodillado, usado y pagado.


***


La que llamaban Luna, nunca fue amante de contar el tiempo antes de una reunión, vivía cada día buscando en todo, incluso en la contemplación, utilidad a sus segundos y minutos. Por eso no era de las personas impacientes, pero si era de las que se alegraba y emocionaba al escuchar pasos tras ella. Hoy fue igual, fue sentir que se acercaban para girar a mirar, notando al Duque entre los mozos y levantándose para su encuentro.

Observa con extremo interés que disimula en su acostumbrado semblante calmo, cómo él camina, la forma en que su cabello perfectamente peinado se mece con el viento, lo negro de estos, la luz que se desprende por el brillo de los botones de su chaleco, su contextura: no sabe porqué, pero su mente decide comparar al Duque con un león, quizás ayude su pulida barba. Bueno es que no se siente como una presa. Si se creyera en peligro, cosa que duda por la honesta intención de su invitación y por la sinceridad que piensa hay en el otro, la baronesa se vería como una mariposa o bien un azulejo en una jaula segura, quizás la más segura de toda Francia.

Notando la manera en que su cabeza debe elevarse para mirarlo cuando él termina de llegar a su encuentro, ya su mano se halla en el aire para el debido saludo, es fácil recordar los protocolos y todo funciona como un reloj, a tiempo. Siente el beso sobre su mano, sin dejar de mirarlo. -Honorable Duque.- con una reverencia discreta deja escapar una de sus contadas sonrisas con los extraños. Su excusa para tal gesto es su falta de anticipación a la invitación, esa que él ha hecho notoria al recordárselo, sonríe como la niña que sonríe al hacer alguna travesura, sabiendo que así sus padres se lo perdonaran todo.

- Lo sé, Lord Moncrieff.- asiente ruborizada. - Le agradezco que aún con mi falta de educación haya aceptado acompañarme en esta bella tarde, los rumores son como las esporas, vuelan y se propagan con facilidad. Y la curiosidad…- se encogió de hombros con gracia, - esa es egoísta, algo ansiosa y deseaba saber quién era usted. Me siento una afortunada de contar con su presencia. - utiliza la lengua inglesa que conoce desde hace algunos años, otro detalle para mermar cualquier agravio, ha sabido de antemano con quién se encontrara y de dónde nace su apellido, es lo mínimo que debe hacer si ha sido ella quien ha decidido crear un encuentro.

- Verá, mi baronía y apellido son propios de los Países Bajos y mi hogar es Leeuwarden. ¿Ha estado allí alguna vez?- si no, estaba segura que debía algún día conocer sus paisajes, las flores y los cristalinos ríos que rodeaban sus tierras, también su palacio. Al tomar asiento, su taza vuelve a ser servida, té verde es su repetida elección y tomando la servilleta la coloca sobre su regazo, claro que sin perder de vista el pedido que hace su acompañante, así puede conocer sus gustos, es una afición extraña que tiene y le entretiene. En su lugar, ella elige una rodaja de limón y un pastelillo con tirillas de mango y canela. Teniendo de frente al Duque le fue más fácil detallar en sus facciones.

Curioso le pareció que siguiera viendo a un león y sus ojos se perdieron por segundos, cortos, alrededor de su figura, rojo, Femke veía un rojo fuerte, vibrante que en determinados puntos se difuminaba con negro. En pocas personas había visto ese color y volvió sus ojos al noble. Eran muy bonitos, como nadar en una corriente donde se encuentran dos ríos, así que prefirió dejar el asunto del negro a un lado y quedarse allí, en lo insondables ojos del Duque. Escuchándolo, ella misma se lo pregunta. -¿Qué me ha traído a París?- susurra mientras toma la taza para beber un poco de té. Miró a su alrededor, la naturaleza y el mismo lugar donde estaban se lo recordó. - París es un lugar hermoso, tengo una villa a las afueras de la ciudad y hace meses que no venía o me tomaba un descanso.- fue la verdad, aunque tampoco era que ser baronesa se llamara un trabajo forzado.

- Creí que ya era necesario.- dijo regresando a mirarlo fijo. Pero ya estaba bien de hablar de ella, quería saber algo de él o ayudarlo, tomó una de las cucharillas y la lleno con miel, le encantaba, haciéndola pecar y pasar por golosa. Mezcló y con cuidado dejó a un lado el cubierto, dio otro trago sin prisa. - Espero que el tiempo que le robaré no le haga falta después, supongo que ya debió haber comenzado con los asuntos más intrincados y tediosos... los números. Han sido días duros, ¿verdad? - habían lujos, poder y dinero, pero siempre había que pagar lo que se tenía, de alguna manera.

La mirada cómplice con la que acompañó sus palabras, denotaba que sabía la dificultad que traían tales cosas y su título, por su lado, odiaba el tener que sentarse horas eternas a mirar papeles tras papeles, cifras tras cifras y cuentas, aunque era buena con ello y tenía aún a su madre, más buenos consejeros, la verdad era que no había cosa que encontrara más tediosa en su vida. Pero aún así lo hacía, esas eran sus obligaciones.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Lun Mayo 14, 2018 11:54 am

"¿Tú loba, yo león?
¿Quién saldría avante en un desigual combate?
A menos que tengas una manada que te respalde".

- La curiosidad mató al gato - susurra con esa voz de toques barítonos a la que sólo es necesaria un poco de entonación para ser audible. La taza aún se encuentra en su mano, la deposita con suavidad sobre la porcelana sin emitir sonido alguno. Sus ojos acerados están observando la belleza femenina catalogándola con facilidad. Las actitudes son un libro abierto en el cual puede describir lo que a primera vista se observa. Curiosa, ansiosa de una emoción en la existencia que le alegre el día, caprichosa sin comprender lo que implica mandar una misiva con tan poca falta de antelación e importándole muy poco la respuesta afirmativa o negativa puesto que dispone de un tiempo para derrochar en actividades nimias como lo es tomar el té en soledad.

Lo que significa que su familia está en su ciudad natal o bien, carece de ésta. Lo que daría sentido a entrevistarse con alguien de quien sólo conoce el apellido. Puede que más, eso es lo que incordia al inglés. Se jacta de ser un hombre precavido, de tener toda la información antes de siquiera dar un paso al frente. Metódico, planifica cada parte de su existencia para ir a paso seguro en despoblado. Su codo siniestro se posa en el antebrazo de la silla en tanto sus falanges índice, medio y pulgar se distraen acariciándose la barba en gesto pensativo. Sus orbes aleonados siguen fijos en los de la fémina en una mirada potente como todo en el inglés.

El lugar le suena tan remoto como desconocido y se anota el buscarlo después e investigar más sobre la zona. Quizá pudiera entablar negocios con esta fémina quien a pesar de todo, la carencia de una chaperona implica una rebeldía a las normas sociales que para el inglés es como aire fresco. La belleza de la fémina es atrapada por sus ojos azules que admira al tiempo que sigue disfrutando del busto semi expuesto. ¿Acaso se vistió tan atrevida a sabiendas de lo mucho que expone? ¿Será la moda neerlandesa? - No, he pasado mi vida en Inglaterra, Irlanda y ahora París. Nada me ha incitado a visitar otros lugares y debido a mis negocios, poco es el tiempo que me sobra - como si los invocara, un par de sujetos se colocan a la vista del inglés y espaldas de la baronesa.

Uno es su contador, el otro es uno de los tantos mensajeros. Sus cejas se van acercando hasta casi unirse formando en la piel en medio de éstas, tres grandes arrugas. El típico gesto Moncrieff, dirían algunos. Las siguientes palabras en el tono dulce de la fémina le obligan a devolver la mirada a su tez pálida y los ojos soñadores. Por instantes ignora a aquéllos que siguen ahí plantados cual árboles sin querer moverse un ápice - entiendo. Sano esparcimiento. ¿Y su familia? Es inevitable notar que ni siquiera tiene una... - se interrumpe cuando el contador da un paso más acortando la distancia. La mirada de Moncrieff se clava en él antes de que alce la siniestra ceja. Señal suficiente para que se acerque de inmediato.

- L-lamento molestarle, Su Gracia, le faltó firmar estos documentos - se detiene a la vera diestra del Lord que por toda respuesta ladea la cabeza al lado contrario quedando su oreja a escasos centímetros de su hombro - Me faltó ¿O te olvidaste de dármelos? - su voz que antes era un susurro, se muestra firme y dura. La frente del contador va formando gotas saladas que resbalan antes de que se lleve el paño para secarlas - son las instrucciones que Su Gracia señaló respecto al asunto del Marqués Cunnington y - se interrumpe cuando el duque toma los documentos para revisarlos con rapidez. El contador llama al sirviente que deja sobre la mesa una pluma y el contenedor de una tinta tan roja como la levita masculina. Mira a la dama para hacer una reverencia - disculpe la intromisión, my lady - su voz nerviosa es discordante con la serenidad con que el noble revisa y relee los dos pergaminos - está todo ahí, sólo necesitamos su firma, me atreví a molestarle porque el correo cierra a las seis y fue indicación suya que estuvieran listos y se enviaran el día de hoy - empieza a presionarlo.

La palma diestra es levantada ante la cara del contador que guarda silencio. Los ojos acerados devoran las líneas antes de envolver el papel con las manos haciendo una bola antes de mirar a su contador con seriedad - Me parece que mal entendiste mis palabras a pesar de la claridad de las órdenes que te dí. La indicación es despojar a Cunnington de todas sus tierras, títulos, recursos y separarlo de su familia para encerrarlo. No una reprimenda por sus pésimos manejos  - el hombre se queda blanco como el papel que el inglés avienta lejos de él en tanto aprieta las manos en puños cada vez más tensas de lo visible que se vuelven sus músculos aún debajo de la tela de la levita. Su codo siniestro vuelve a apoyarse en el reposabrazos con las falanges acariciando su barba. El gemelo diestro se coloca sobre el otro soporte de madera recubierto por el acolchado reposando sobre el bien formado abdomen.

Al hablar, deja de jugar con su barba apretando los dedos para dar con ello fuerza a sus palabras - Dije que lo ejecuten, no que le sirvan pan y leche para que siga comiendo de mi mano cuando es claro que la muerde cada que lo hace. Repite el decreto, lo quiero en diez minutos. Una falla más, un solo desliz, Johnson y serán tus bienes los que ejecute, a tu familia a la que encierre y a ti te mandaré a la horca por cómplice  -  el encogimiento del hombre ni siquiera le detiene. Se va poniendo en pie abusando de la incapacidad de respuesta del contador, aprovecha su metro ochenta y cinco de estatura para aplastar al hombre de forma psicológica, es alguien acostumbrado a ejecutar esta clase de actos para no dejar huella alguna de rebeldía en aquéllos que lo desafían.

Ni siquiera lo toca, sólo es un rechinido de dientes lo que lo hace temblar como una hoja. Un chirriar proveniente de la boca de Charles antes de sonreír con petulancia - ¿Acaso crees que no sé de tus asuntos turbios con el marqués? ¿Que le estás ayudando a vaciar mis arcas? Sí, son mis arcas, no las del marqués, mías porque pretendiendo pérdidas económicas evade el pago puntual de mis impuestos. Es mi dinero y si para recuperar lo perdido tengo que exponer tu cabeza para que la familia de Cunnington te la arranque, lo haré. Cambia esa carta, la quiero en diez minutos y después de eso, me pensaré en perdonarte si me investigas quién le está diciendo a esta dama que tengo problemas con las cuentas, consígueme a ese boquiflojo ahora - le truena los dedos al tiempo que el hombre sale escopeteado.

Aún de pie junto a la mesa, el León sigue mirando cómo huye acompañado del mensajero. Voltea hacia la dama antes de regresar a su posición de relax sentándose cómodo en la silla con la pierna siniestra doblada y apoyado el tobillo contra el muslo diestro. Su brazo vuelve a apoyarse en la superficie de la silla en tanto acaricia su barba mirándola - es muy curioso que yo tenga problemas de este tipo y usted pregunte justo de las cuentas. Odio esas ¿Cómo diría usted? Casualidades - se recarga contra el respaldo mirándola como si quisiera comérsela con los ojos de un solo bocado. Hay algo que odia y es a los soplones y traidores.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Lun Mayo 14, 2018 4:23 pm

"Si no soy loba, ni león, Lord.
¿Puede usted adivinar qué soy?"



No lo escucha, pero al mirarlo bien y con la conversación de fondo, puede deducir las palabras que aquellos labios susurran al moverse, son las que le diría su padre en una amplia sonrisa...
...La curiosidad mató al gato.
Y por eso mismo, por lo bien que se siente el imaginarse a su padre de nuevo diciéndole tales cosas y a sus bellos dientes mostrarse ante ella con alegría bajo el mostacho blanco que tenía, vuelve a sonreír, una pequeña y ensoñadora sonrisa mientras agacha la cabeza tan solo un instante, se siente agradecida por el viaje al pasado que el Duque le acaba de regalar.

No le es difícil mantener sus ojos en los de él, sabe que ambos se están analizando como personas de interés y cree que es el firme derecho que tienen, a eso también lo invitó a fin de cuentas, pero teniendo bien claro cuáles son sus limites, nadie puede negar que siente ese recato de dama al estar a solas con un hombre, más con uno como él.
Asiente con suavidad, esperaba tal respuesta, son pocos los que se han atrevido a llegar hasta su castillo, los que han tenido el placer de conocer su hogar y cabalgar en sus tierras, pocos saben que Leeuwarden tiene los paisajes más hermosos del mundo, el agua más fresca y deliciosa que refleja las luces de las lamparas en la noche, cómo el arco iris se esconde tras los campos de tulipanes.

Pero también hace memoria de los lugares que visitó junto a su padre siendo niña. - Aún no conozco Irlanda más que por libros e historias de duendes y hadas, sin embargo tengo gratos recuerdos de Inglaterra, Londres es la ciudad más melancólica que he conocido y recuerdo pasear y cabalgar por praderas inspiradoras.- libertad era lo que también recordaba, pero no lo dijo. - Su hogar está lleno de grandes escritores y músicos, así como de atardeceres cautivantes. - debía ser un honor para él que así fuera, al ser una amante de ambas artes no pudo pasarlo por alto.

Siempre se llegaba al mismo problema. Tiempo. Sabe del poco que poseen algunas personas, su padre era una de esas, algunos de sus tíos, amigos de la familia y conocidos. - Ya veo... - dice pensativa - ...el tiempo es un monstruo que parece seguirnos a todos. A algunos les da la ilusión de ir más lento y a otros, al parecer, les es como arena al viento. - el tono meditativo es claro, a Femke el tiempo como poco para vivir lo que existe y lo que no conoce, le llega a obsesionar en algunos instantes desde la muerte de su padre. Pero como suele hacer con lo triste cuando está en sus temporadas más radiantes, deja de lado rápido. - ¿A qué negocios se dedica, Lord?- hace notorio su interés aprovechando segundos, podría ser una respuesta que beneficie a su reino.

Al escuchar el sonido de varios pasos a su espalda y al ver como el semblante del Duque cambió de improvisto, desvió su mirada, pero se detuvo cuando él retomó la conversación. Quizás solo fuese la servidumbre atenta, aunque los platos de ambos siguieran llenos y los pastelillos de los que se habían antojado, intactos.
Fue así que comenzando a pensar en la respuesta que podría dar acerca de su familia, porque demasiado podría decir de ella con un orgullo lleno de afecto, más la duda de qué era lo que le faltaba aquella tarde y que el hombre notaba, se quedaría Femke, porque la incomodidad del Duque regresó y esta vez acompañada de una voz que nerviosa habló a medida que rodeaba la mesa hasta ser visible a los ojos de la baronesa sin necesidad de esta moverse.

Atenta escuchó y observó, aunque le hubiese gustado no estar presente, sabía de lo delicado y privado de aquellos asuntos, pero pareció que a ninguno de los ingleses le importó su presencia, haciéndola sentir como un fantasma, demasiado incomoda por el tinte que pronto adoptó la conversación. No entendía qué había sido lo que tanto había agraviado al Duque para que tomara tal decisión con el que llamó Marqués Cunnington. Femke miró al hombre que se excusaba con ella e inclinó la cabeza, ofendida no era como se sentía.

Sus grandes ojos azules viajaron del noble a este y a la vez al sirviente, la incomodidad ascendió al punto de querer buscar qué hacer mientras ambos hombres terminaban de hablar. Encontró en beber un poco más de té una solución plausible a tal apuro, no estaba de acuerdo en la solución pedida, ordenada en una voz autoritaria que en nada se parecía a la anteriormente mostrada. En silencio absoluto, siguió la trayectoria de la pelota de papel en la que se había convertido lo que anteriormente lucía ante sus ojos como un elegante documento, de tema desconocido para ella desde el ángulo en el que se encontraba.

Respiró profundo. Como baronesa por educación y herencia de su padre nunca había sido amante o estado a favor de los que se aprovechaban de su estatus para amedrentar o de los que tomaban decisiones tan radicales con su servidumbre o subalternos. Mordió su lengua con suavidad, apretando sus labios para no decir algo que agravara todo, aún más, sabe el error que cometería al contradecir al noble frente a otros, sabe que podría decirle entrometida sin que nadie dijera que era mentira. Volvió sus ojos al Duque a tiempo para verlo levantarse cuán alto era.

Sin duda alguna no es quien ella creyó en la primera impresión, esa que había durado ¿cuánto? ¿diez, quince minutos? Ese nuevo hombre que se mostró era amenazante, tenía hambre en su ambición y el rojo de su aura se mecía con violencia alrededor de él como brasas, o una melena. Pero no sentía la neerlandesa miedo, era asombro y coraje lo que seguía causando tal actitud. Él...un león, hambriento.

Aún así en aquel momento se sentía demasiado protocolaria para decidir que su participación y la hora del té habían terminado, debió haberlo hecho antes de escuchar que ella tenía que ver con algo que no conocía, que no le interesaba y que no quería. Sin poder creer lo que acaba de escuchar, menos lo que vino después que el Duque volviera a tomar asiento frente a ella, no podía dar fe a los que sus ojos veían, él la seguía mirando, se atrevía a hacerlo y con rabia. Sintió las mejillas encendidas, un suspiro escapó entrecortado, haciéndole separar sus labios con un temblor que solo demostraba la ofensa que sentía, una que quería no dejar a la luz, no es de las que llora o muestra enojos frente a otros, son situaciones que para ella carecen de elegancia y la paz que la caracterizan y habían rodeado siempre.

Y se hizo el silencio.
Miró a los hombres que se alejaban sintiendo pena por ellos y por el pobre chivo expiatorio que debían encontrar. ¿Qué haría su padre en aquel momento? Seguramente se levantaría y se marcharía. Ella no, ella era fuerte y valiente a su manera, y terca. Pestañeó, colocando sus ojos en los de él una vez más, apegada al hecho de no bajar la mirada y sostenerla mostrando dignidad, respiró profundo. - Se nota que usted es nuevo en esto de los títulos nobiliarios. - fue lo primer que salió de sus labios, no había interés de ofenderlo, era lo que consideraba verdad. Nadie podía acusarla de espía, sería una gran mentira y deshonor a ella y su apellido, a su reino.

- Mi padre el primer consejo que me dio cuando decidió que era hora de mi sucesión, fue que jamás me confiara demasiado para creer que todos son mis amigos, pero jamás me permitiera ser tan paranoica para creer que nadie lo era. Quizás usted esté rayando la segunda situación, Lord Moncrieff. - se mantuvo en silencio unos largos segundos, mirándolo. - Puede que sea cierto que las casualidades no existen. Hoy yo cree este encuentro para como ya le dije, conocerlo y darle una bienvenida, incluso un obsequio. - miró la caja de madera sobre la mesa.

- No es el primer noble que encuentra problema alguno con los números y la economía de un ducado, yo lo hice con mi baronía. - se sentía tonta de tener que estar dando explicaciones, como si fuera una ladrona cualquiera. - Usted puede decidir hacer lo que quiera con sus súbditos y servidumbre, parece muy fácil pedir la ejecución de un hombre y despojar a otros de sus bienes, lo es también amenazar y así mismo ganarse enemigos, pero...no seré yo la culpable del crimen y el castigo de alguien que ni siquiera existe.- mantenía el semblante calmo, solo era notorio en sus palabras la seriedad de lo que decía, en sus ojos y en su voz, suave pero firme.

- Así que por favor le pido que no castigue a nadie y si lo hace, no me use de excusa, Lord.- sí, fue un ruego entre la rudeza que debía contrastar en una mujer con su aspecto. No podría vivir con algo así.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Mar Mayo 15, 2018 10:50 am

"La serpiente que espera morder o una yegua queriendo ser domada.
Usted elige, my lady."

- Se nota que usted es nuevo en esto de los títulos nobiliarios - fue lo primero que salió de los labios femeninos cuando Charles ya estaba de nuevo acomodado frente a ella. Sus ojos le observan con una intensidad que podría atravesar su minúsculo cuerpo de cabo a rabo. En lugar de demostrarle cuán nuevo es en eso de los títulos el silencio continúa dejando que la fémina hable sin parar. Algunas frases caen en sacos vacíos porque el inglés carece de la intención de hacerle saber más sobre su ducado y las instrucciones entregadas por la Corona. Eso es secreto de su país y ningún otro noble tiene que saberlo.

Sus palmas se unen por las yemas de sus dedos cuyo hueco entre éstas pareciera un trébol de naipes. Aleja y acerca las falanges hasta que se rozan en movimientos lentos antes de emitir una sonrisa de lado. - Castigaré a quien deba castigar, haré lo que tenga que hacer, me conduciré como deba conducirme. Agradezco el consejo - toma la taza de té para darle un pequeño sorbo. Le permite relajarse al tiempo que le da a la mujer la oportunidad de hacerlo. Deja la taza en el plato antes de fijar de nuevo sus orbes insondables en su rostro - me disculpo por no terminar mis actividades antes de aceptar la entrevista con my lady. No vuelve a suceder. La próxima vez, le negaré mi presencia para que pueda disfrutar con tranquilidad de su té o cualquier actividad veraniega que le plazca - si esas son disculpas, ¿Qué serán reclamos? Más ella ya lo vio antes con sus sirvientes.

Hablando de sirvientes, un hombre llega raudo sin importarle siquiera el molestarlos, sin reverencias, extiende un pergamino hacia Charles que lo observa con el típico gesto Moncrieff grabado. Detrás del recién llegado, hay una comitiva de cinco soldados ingleses listos para cualquier eventualidad - el Duque de Kent me envió con ésto, tiene el sello real, es urgente que lo abras, tengo que regresar con tu respuesta para mandarla por telégrafo, tengo órdenes de apresar a quien se resista, Charles - el Duque lo toma de inmediato rompiendo el sello en tanto el hombre  vestido a la usanza de la marina real inglesa aguarda paciente. Tras la primera leída el León de Devonshire ríe divertido, volviendo a releerlo esta vez en voz alta - A Vuestra Gracia, Lord Charles Moncrieff, Duque de Devonshire. Las actividades del Marqués Cunnington son preocupantes para los Ducados que conforman y soportan la Corona Inglesa. Solicito sus avances de forma acuciante. Se le exige que exhiba los decretos de la destitución, aprehensión, confiscación y encarcelación del Marqués en tiempo hombre dependiendo de su lugar de estancia ante Vuestra Gracia, Lord James Carnegie, Duque de York. De no hacerlo, las consecuencias serán implacables. Asimismo, se requiere la presencia de todos aquéllos culpables a los cargos de evasión de impuestos, sedición y traición hacia la Corona. El Comodoro Raleigh será el encargado de ajusticiar a todos los culpables - su sonrisa se amplía a raudales.

Mira al Comodoro - hay momentos en la vida, Comodoro, en que me alegra anticiparme a los deseos y comandas de Sus Majestades. El decreto está ya listo, firmado, sellado y enviado por mi propio abogado. En cuanto al contador Hugh Johnson, está dando vueltas por el hotel con una vigilancia adecuada, están siendo apresados todos aquellos con quien hizo contacto tras una de mis órdenes y podrá llevárselos - el varón parece suspirar de alivio - creí que tendría que llevaros, Charles - el duque deja el pergamino en la mesa para beber un poco de su té con tranquilidad mirando fijo a la dama frente a él - agradezco su preocupación. Lamento informarle a my lady que tendré que posponer esta cita con vuestra Ilustrísima hasta próximo aviso. Le enviaré una invitación en próximas fechas esperando que pueda atenderme. Como comprenderá, asuntos importantes me requieren a mí, un novato en esto de los títulos nobiliarios - la sonrisa se torna petulante antes de tomar su mano para depositar un beso en ella sin dejar de mirarle a los ojos con toda la gallardía de la que es capaz.

- Con su permiso, my lady - hace una inclinación de cabeza antes de dirigir sus pasos de regreso al hotel en tanto va platicando con el Comodoro, agradeciéndole la atención de haber enviado un mensajero antes de su llegada. - Pensé que llegarías como a las ocho de la noche, no te esperaba tan temprano, tuve que ocupar a Johnson con un sinfín de tareas - susurra con tono de reproche - los carruajes no tuvieron descanso, además, tengo a uno de los sirvientes del Duque de York tras mis talones. Te está buscando en la habitación, por poco y no la contamos - son las últimas palabras en el sitio.


DOS HORAS DESPUÉS


A la habitación de la Baronesa es entregado un obsequio y una misiva de sobre blanco atada con cintas rojas delgadas y lacrada con el sello del Ducado de Devonshire. A la letra, dice:

Su Ilustrísima Baronesa Femke Van Roosevelt.

Disculpo mis actitudes ante su Ilustrísima acontecidas hace unas horas atrás. Comprenderá que no fue el mejor momento para conocernos y entablar una charla más acorde a lo esperado. Dicen que si una vez no funciona, vuelvas a intentarlo y tal mi carácter incapaz de aceptar un fracaso, le pido encarecidamente acepte mi propuesta de cabalgar conmigo el día de mañana a las ocho.

Prometo que esta vez mis cinco sentidos estarán concentrados en tan hermosa dama y que mi comportamiento estará a la altura de lo esperado por su Ilustrísima. Tampoco habrá interrupciones.

A vuestros pies
Lord Charles Moncrieff
Duque de Devonshire
.


Aunado al primer regalo, está un segundo obsequio. Quizá una forma de evitar que ella le conteste negativamente por carecer de un atuendo adecuado. O más el deseo del Duque por vestir a la mujer como él quiere.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Miér Mayo 16, 2018 6:29 am

Error, jinete.
Porque no todas las serpientes viven para morder,
algunas son fuente de enigmas y otras asfixian.
Y a algunas yeguas, a las salvajes, no les gusta ser domadas.
Tiene otra oportunidad.


Se suponía que los agradecimientos cuando se daban iban en serio, o eso era a lo que le habían enseñado. Sin embargo, el ser humano tenía las útiles herramientas llamadas tono y sarcasmo, así, con ambos, le fue muy claro que no había honestidad en las palabras del Duque, por lo cual guardó silencio. Desde que había tomado las manos de su padre en el aprendizaje de la corte y sus maneras, había conocido y escuchado de enemigos por múltiples razones, desde las más tontas como la envidia, hasta las más sinceras y comprensivas como el cansancio ante la crueldad. La razón de poder hacer lo que quisiera por ser algo suyo le parecía demasiado básica y cruel.

Lo miró sin inmuntarse, parecían dos montañas, tercas y férreas en sus creencias. Pero se toma un descanso, cuando siente que es necesario, si no, su paciencia comenzará a flaquear, lo siente, y tomando un poco de té, deja la taza a la mitad. La baronesa responde por la educación que no puede dejar atrás, esa que la impulsa a moverse en casi todo los aspectos de su vida. - Es entendible, - lo es, - yo me disculpo por mi falta de pensamiento y comprensión por el tiempo ajeno - es algo que parece ser el culpable en toda la situación - y el malentendido que pude haber creado. - dice sincera, aunque desconoce lo que haya hecho para ofenderlo.

Pronto se halló ante su presencia un nuevo hombre, sus vestidos y el trato al Duque le dieron a entender que tenía un puesto más alto en la jerarquía inglesa, lo que dijo demostraba que Lord Moncrieff se había salido con la suya y la baronesa lo rectificó por la satisfacción y regocijo que se reflejó en el rostro del él, en todo. Las palabras que siguieron la hicieron sonrojar por la cuota de indignación que cerró el conocerlo, pero aceptó fingiendo que en nada le afectaba. - Fuerte, se fuerte y orgullosa.- se dijo a si misma.

Extiende su mano para recibir su beso, es increíble como pueden parecerle una completa hipocresía los protocolos en aquel momento. Tomó las últimas fuerzas, más al ver la sonrisa de la victoria plasmada con socarronería en su rostro. - Queda excusado, Lord Moncrieff, que tenga un muy buen día. - no dijo nada de aceptar una nueva invitación, sería una tonta si lo hiciera.
Lo siguió con la mirada mientras se alejaba. Era incomprensible, aún no entendía porqué lo que había planeado como una tarde tranquila se había convertido en esto, nada, una nada que se le antojaba irritable y que la lastimaba, que llegaba a hacerlo por más que siempre intentara no doblegarse ante nadie ni dejarse herir por circunstancias.

Miró los pastelillos sobre ambos platos y en un gesto infantil, tomó el de él, lo comió de un bocado, sintiendo el chocolate amargo en su lengua. Necesitó terminar su té, limpiando sus labios. Sí, amarga era la sensación que había dejado en ella la tarde que ya caía sobre el jardín en el palacio Royal. Aguardó minutos mirando el cielo antes de decidir levantarse. No cenó nada, después del pastelillo había decidido que no tenía apetito alguno.


***


Ya en su habitación, le quedaba por lo menos la satisfacción de que no había sido una orden de muerte al marqués, él no se había salido con la suya. Pensando en una noche tranquila, escuchó el toque en la puerta, sorprendida observó cuando al abrir la puerta sus mozas, los ramos comenzaron a entrar llenando de color el lugar, tres en total. Se levantó sintiéndose halagada, emocionada al ver que eran tulipanes, con ganas de saber de quién eran, mientras los olfateaba y curioseaba, notó que seguido venía otro regalo que no demoró en abrir, arqueando una ceja extrañada. Aún más atónita quedó cuando a leer supo la identidad del hombre, también cuando supo a qué se debía. Disculpas y una cita cabalgar por parte del Duque Moncrieff.

Pensó en si debía asistir al segundo encuentro con él hasta que se quedó dormida.


***


Al despertar a la mañana siguiente aún no tenía respuesta y mientras peinaban sus cabellos, seguía meditando en qué hacer, viendo el regalo sobre el diván al lado de la ventana, el negro resaltaba entre toda la decoración de la habitación y el olor de los tres ramos de tulipanes que las mozas e incluso ella, habían acomodado de manera armoniosa, llenaban todo el espacio con una belleza que si no fuera por el origen de esta, sería perfecta. Si tan solo tuviera una razón para ir al encuentro del noble, si tan solo no hubiese sido tan abrupto aquel primer encuentro.

Porque sí, sentía una grieta en su orgullo al haber sido plantada. En realidad entendía lo que las labores hacían de las personas, disponer de las vidas como se les antojaba y causar malos momentos innecesarios como el que había pasado el día anterior, podría haber sido que el Duque estuviese estresado y esa fuera la razón de su comportamiento tal y como explicaba la nota, ¿acaso no había estado ella anonadada al ver tantas cosas por hacer los primero días?¿Acaso no llegó incluso a pensar por momentos que no podría? Como ferviente creyente de las segundas oportunidades se levantó decidida a dar una.

Se bañó y perfumó con rosas, se colocó aquel atuendo que poco le gustaba por el color tan opaco, se sentía como si fuese a un entierro y lo poco cómodo que se veía, pero extraordinariamente lo halló cómodo, era su talla y dio algunas vueltas frente al largo espejo para ver como la falda tomaba vuelo. Pero decidió darle su toque, una coleta impecable ataba sus cabellos y a un lado del sombrero una rosa roja como el fuego los adornaba.
No envió ninguna nota avisando, otro agregado más a su rebeldía, un castigo al comportamiento del hombre.

Encontró otra razón más para asistir al encuentro, aún le quedaba entregar el regalo que con tanto empeño había elegido, si él se lo merecía, era algo que debería verse con el desarrollo de la jornada de hoy, aunque era seguro que terminará haciéndolo como el protocolo de su familia lo decía. Pidió a los mozos que ensillaran el caballo más rápido y sin prisa pero a tiempo para que llegar como mujer puntual y amante del tiempo a la hora indicada, caminó hasta el lugar de encuentro, seguida de los mozos y el cok cok de los pasos de la yegua humo que la llevaría aquella mañana soleada de primavera.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Vie Mayo 18, 2018 6:54 am

"¿Otra oportunidad?
Ésto no es una adivinanza, mujer.
Ya te dije qué eres para mí, lo demás
es insignificante."

Si ella creyó que la ausencia del mensajero le haría pensar que faltaría a su entrevista, estaba equivocada. Charles sabe que asistirá. Es propio de una dama de la clase que ella encabeza, el quedarse con la duda y asistir. Por lo que el inglés sigue presionando a sus empleados para resolver todo lo pendiente antes de las dos de la mañana para asegurarse de que esté resuelto en su totalidad y lo que falte, que se queden ellos despiertos para hacer los decretos, mensajes y cartas para que en cuanto Su Gracia se levante, los firme, lacre y envíe. Así entonces, cuando dan las cinco de la mañana, el León de Devonshire se incorpora para ir a entrenar con uno de sus aliados en estas lides.

Su cuerpo es un templo que cuida al extremo, entre movimientos de lucha greco-romana y esgrima, pasa cerca de hora y media en total actividad física tras la cual, el sudor de su cuerpo va resbalando por su rostro y su tórax desnudo. Algunas gotas más atrevidas recorren la espalda masculina bajando hasta donde ésta pierde su nombre. Entre comentarios típicos de varones en plena actividad sexual respecto de féminas y otros menesteres impropios para los oídos de los curiosos, regresa el Duque a su habitación para darse una ducha rápida en su tina ya preparada con sales y aromas más oscuros. Se levanta cuando considera que está limpio, seca su cuerpo acercándose al traje que usará en esta ocasión.

Quince minutos después, ya peinado, con la barba recortada, emerge de la habitación para revisar los documentos, firmarlos, sellarlos y dejar todo listo para su partida. Toma el sombrero a juego con la levita que le ofrece uno de sus sirvientes. Con paso regio se dirige a las afueras del lugar poniéndose los guantes para llegar al lugar de la cita cinco minutos antes de las ocho. Puntualidad inglesa impecable. Se mantiene estático tras ponerse el sombrero mirando hacia el horizonte hasta que escucha a una comitiva acercarse. Lo primero que sus ojos captan es el ejemplar que ella trae, una yegua que le roba una sonrisa. Uno de sus secretos más guardados es la fascinación que tiene por los caballos. Hace una reverencia formal ante la dama tomando su mano para depositar un casto beso en ella - Su Ilustrísima, es un honor que haya aceptado mi invitación - en su tono de voz se denota lo contento que está con la expectativa de salir a cabalgar.

Su montura es una incógnita, ha mandado por ella y está por llegar, algo que en lugar de incordiarlo, le satisface porque significa que les metió en problemas. Si hay algo que a Charles le encanta, es el carácter indómito de Lucky, - está usted hermosa, si bien es cierto que el negro no le favorece mucho, los colores opacos harán que pase desapercibida por cualquier criatura salvaje del bosque. He visto hasta felinos que están muy lejos de su hogar en cabalgatas pasadas - rememora la que hizo con Cinder, con aquél cambiante. Espera que en esta ocasión no haya contratiempos. - A mi montura le gusta el protagonismo, lamento si tardamos un poco más, sólo deje que pueda asegurarme de algo, por favor - los sirvientes les llevan un par de sillas y Charles le invita a tomar asiento antes de hacer una reverencia para acercarse a la yegua.

La observa poniendo su mano en el hocico del animal manteniéndose quieto. Lo primero, es obtener su confianza, cuando deja de cocear ladeando la cabeza hacia él, sabe que está lista. Entonces la rodea acariciando su costado, revisando cada una de las patas con apreciación asegurándose de que ninguna herradura esté floja. Después de ello, revisa las amarras de la silla. Las ajusta o las libera dependiendo de lo que él considera prudente. Todo hablando muy bajo con la yegua - así, así, tú eres la reina. ¿Verdad? - le acaricia la crin aceptando el peso de la cabeza contra su hombro - ya podrás correr, sólo no te asustes con Lucky, es medio bestia más es muy noble como vos - deja que le acaricie la mejilla con la suya relinchando dándole palmadas suaves en el cuello. Una vez termina de comprobar que todo está bien, se acerca a la dama mirando su reloj - ya deben de estar por llegar, lo lamento mucho, acaba de ser desembarcado proveniente de Irlanda, así que ha de estar bastante molesto - como si lo invocara, un carruaje con una cabina anexa, avanza por el camino.

Viene a toda velocidad a pesar del peso extra. - Por favor Su Ilustrísima, le ruego me dé unos momentos más - Charles se acerca a donde la yegua para tomarla de la brida acariciando su lomo para relajar cualquier tensión provocada por el carruaje que se detiene frente a ellos, bajando un hombre con rapidez acercándose a Charles - hemos tenido problemas, Lucky no parece estar muy contento con eso de ir y venir - anuncia preocupado, con el sombrero en las manos girándolo entre éstas con expresión nerviosa - ya me encargo yo, mantén tranquila a la yegua, voy a por él - en cuanto toma el otro la brida de la belleza color humo, el Duque se va acercando al contenedor - CUIDADO, CHARLES, LE DIO TREMENDA COZ A JOSEPH - parece nervioso, mira a la baronesa haciendo una reverencia acercándose con la yegua - my lady, un placer, lamento la tardanza, espero pueda disculparme - es un hombre ya grande, canoso, con ropas modestas, más de buena calidad.

El Duque se mete en el contenedor con rapidez procurando evitar los cuartos traseros para poner su mano frente al caballo que relincha con vehemencia - tranquilo, Lucky, tranquilo, lo sé, ¿Te trataron mal? ¿Joseph se atrevió a tocar a mi chico? - se oye el golpeteo nervioso del córcel dentro de tan pequeña cámara - vamos a sacarte ¿Si? Despacio - los sirvientes que vienen en el carruaje abren las puertas con cuidado dejando unas tablas para que el caballo pueda apoyarse. Charles lo lleva en reversa, acariciando el lomo hasta que por fin puede verse por completo - maldito mocoso, no entiendo cómo los doma - susurra el hombre mirando cómo el hermoso equino termina de salir del contenedor antes de relinchar levantándose sobre los cuartos traseros haciendo correr a los sirvientes en tanto Charles da pasos atrás con las manos al frente.

Su rostro tiene una enorme sonrisa en tanto el caballo cae a cuatro patas al piso y da coceos relinchando antes de escaparse a toda velocidad. Si Charles es alto con su metro ochenta y cinco centímetros de estatura, el caballo le saca toda una cabeza. El duque va acortando la distancia con la Baronesa - no tardará mucho, sólo cinco minutos más en lo que estira las patas, le prometo que valdrá la pena, no sé si conozca a los percherones, son caballos españoles, éste ya tiene veintiún años - toma su mano para besar su dorso con suavidad - ¿Podría darle algo de tiempo de libertad a un animal enjaulado? - su voz es suave en tanto el caballo a la distancia relincha.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Sáb Mayo 19, 2018 9:54 am

De acuerdo, de acuerdo.
Yo cederé y usted podrá imaginarme como la que desee.
Pero luego no podrá culparme de mentirosa, Lord.



Cinco minutos.
La hora se acercaba.
Y sí, ya había preguntado a sus acompañantes varias veces por el tiempo mientras caminaba y acariciaba a la yegua que hoy sería su confiable amiga en el paseo, podría ser que no estuviese aún muy convencida de la buena fe del Duque, apegándose al hecho de que si se llegaba a demorar era porque le dejaría plantada... de nuevo. Así se tratara de solo cinco minutos que tardara, se iría. O bueno, de eso estaba convencida, podría ser que a la primera impresión que él había dejado se sumase la duda de aún darle una segunda oportunidad. ¿Se la merecía? Esperaba que sí, si no en realidad si sentiría que su tiempo había sido nada, perdido, arena que mecen el viento de la primavera como el que soplaba ahora, levantó los ojos mirando como se movían las hojas de los árboles que existían camino al lugar del encuentro. Algunas se desprendieron de las ramas y Femke las siguió con la mirada. La idea de ver sus minutos así le hizo preguntar de nuevo qué horas eran.

7.58 de la mañana.
No, se rehusaba a que su tiempo fuera perdido, si llegaba a no aparecer el noble, tomaría a la hermosa yegua y saldría a cabalgar ella sola, a recorrer lugares que no conocía y a volver a disfrutar los que sí, esperaba encontrar una amplia llanura o un bosque, pero primero se quitaría aquel sombrero y saco, dejaría sus cabellos por completo sueltos.
Volvió a posar la mano sobre el pelaje suave y cenizo del animal, amaba la naturaleza, pero su afecto se veía robado por los caballos cuando veía alguno. Sus ojos eran honestos e inocentes, la verdad y completa sinceridad en dos profundos y marrones ojos, aunque ella tenía entre sus corceles algunos de ojos azules. Se perdió unos segundos en los orbes del animal hasta que comenzó a encontrar siluetas ajenas a las suyas en su camino, le saludaban con la formalidad y el respeto de su título. Inclinó la cabeza como era debido.

Ver al Duque en tan elegante espera de su presencia borró cualquier pensamiento de una cabalgata solitaria, también la hizo sentir culpable por haber pensado tan mal y aunque no estaba segura que fuera un respiro que se reunieran de nuevo, se propuso a no ser una hipócrita y comprometerse con el voto de confianza que con su propia presencia ella le había dado. Alargó su mano, escuchó sus palabras sintiendo la caricia en esta, hace pocas horas que habían tenido el mismo protocolo, inevitable pensar que aquello no era muy buena seña, pero se apegó al plan de es la primera vez que nos encontramos, borrón y cuenta nueva. Lo escuchó atenta, era cierto, faltaba su montura y ella moría por conocerla.  - Honorable, Duque, buen día. - hizo una reverencia. - Era una invitación difícil de rechazar, encuentro algo indescriptible pero tranquilizante en cabalgar. - era lo más cierto, quizás era completa libertad.

- Hoy nos haremos dueños de tal arte. - aseguró permitiéndose una sonrisa con él, ambos se veían a gusto con tal actividad, no era notorio a simple vista pero por algo estaba convencida que no se podía contar como la única buena jinete entre los dos. Caminó aceptando su invitación hacía las sillas y que él hablara sobre bestias no la asustó para nada, solo llamó su atención y abrió los ojos, inspeccionando su rostro por si era mentira. - ¿Criaturas salvajes?- preguntó notoriamente interesada. - ¿En realidad cree que podamos ver alguna?- que fuera un sí, que fuera un sí ,se decía sin entender las consecuencias de aquello.

Él no tomaría asiento y lo miró acercarse a la yegua, siguió de cerca sus movimientos con la misma curiosidad de cuando nombraron salvaje y criatura en una misma frase, esta vez fue un motivo diferente. La baronesa terminó por volver a sonreír al escucharlo hablar al animal y con las caricias que le brindó, pensó que un hombre que amara de tal forma a un animal, no podía ser malo. - Me dijeron que se llama Brisa.- le dijo, era importante.

Lo miró con un asentimiento suave. - No hay prisa, la mañana es joven.- dijo segura de ello, tener paciencia y ser comprensiva era como respirar, desde niña siempre lo fue, un carácter suave y agradable. Además entendía, la personalidad nerviosa de los caballos los volvía bombas de tiempo y se estresaban con facilidad, más si se les había tenido mucho tiempo en altamar o encerrados. Por eso mismo ella no llevaba, aunque fuera un sueño y algo que la hiciera sentir más segura, a sus corceles en sus viajes, a no ser que fuera muy necesario.  La espera pareció verse recompensada ya que fue muy corta, el sonido del carruaje anticipó a la vista y pronto se hallaron cerca de ellos. Un nuevo asentimiento para excusarlo, pero ella no se quedaría sentada, por lo que se levantaría y daría unos pasos al frente para recibir al sirviente con las riendas del caballo entre sus manos.

Avanzó mucho más, tenía curiosidad.
No supo qué decir o si debía hacer algo, no quería, como todos, que le sucediera nada malo al Duque. Pero a la final solo le quedó esperar. Y aunque su semblante fuera calmo, estaba preocupada por él, por eso pidió a Dios que nada malo le sucediera juntando sus manos con nerviosismo. Lo bonito fue ver la manera en que león y equino salieron del contenedor, a salvo, en paz y paso a paso, la manera en que controlaba la situación y como el caballo confiaba en él, el aura del noble se veía tranquila. Pero nada fue más hermoso que ver al animal saliendo indómito y salvaje a correr ante la vista de todos. Se sintió feliz por aquel, escuchando las palabras de su dueño. - Eso ha sido magnífico, Lord. Si algún día se aburre de ser un Duque o un comerciante, tendría un buen futuro como domador de caballos.- afirmó seria y sin ánimo de burla, quizás de esos era lo que necesitaba más el mundo, no otro como ellos o burgueses.

Asintió mirándolo cuán alto era. - Los conozco, aunque nunca serán tan sentimentales como un pony. - río recordando el carácter de esos pequeños. -Es hermoso y nunca me opondría a la libertad, menos la de un animal. Puede Lucky tomarse el que quiera, solo si es él.- dijo alegre, volviendo a observar cómo se perdía de su vista por la distancia que les llevaba, sabía que regresaría cuando agotara la vehemencia del sentimiento de libertad que debía estar sintiendo en aquel momento. Era envidiable y hermoso. - Además - lo miró a los ojos, - debo agradecerle por su halago y sus regalos. Si bien es cierto que el negro lo he vestido casi siempre solo para despedir a los muertos, - otra verdad que debía decir porque no, no había pasado por alto su comentario que no supo si era halago, problema o no, y era una espinita recién incrustada en su piel, - heme aquí a salvo de bestias salvajes y a los tulipanes en mi cuarto, es como tener un poco de su país y el mío en París.- aunque bromeó con sutileza en la primera frase, no había mentira, sus regalos le había gustado, sobre todo el detalle de las flores nativas de su hogar.

- Le dije ayer que deseaba darle un regalo.- levantó la mano llamando al mozo al que había encargado con tal. El hombre se acercó a ellos con la caja de madera y Femke desenguanto una de sus manos. - Dentro hay tres reliquias del hombre, son todas armas de fuego porque era tradición de mi padre regalar una a los nobles que recibían su título, yo sigo con honor su tradición haciéndola mía en mi baronía. - dijo al tiempo que abría el cofre y mostraba una de las tres bellezas y antigüedades que muchos habían buscado, deseado y que solo su padre había encontrado y que ahora eran suyas, una hoy se despediría de ella.
No era solo la tradición de su padre por regalar lo que seguía la baronesa, era su gusto y excelente puntería inculcados y adquiridos desde pequeña, pero era algo que no muchos sabían.

- A los pies de cada una hay un pequeño pergamino, este y no la belleza de cada arma será lo que eligira cuál será suya. Le parecerá tonto el porqué no puede elegir por solo la vista, pero también hace parte de la tradición. Cada quien tiene lo que se merece. Y como creencia, espero desee compartirla conmigo. - lo miró a los ojos quedando en completo silencio, dando un paso a un lado para que se sintiera libre de leer y escoger, la luz del tímido sol caía sobre el metal, se perdió unos segundos en ellas. Las seguía a pesar de años de verlas, considerando hermosas y parte de su padre. La primera, un trabuco turco del siglo pasado rezaría en su pergamino: "Quien me escoja ganará lo que muchos desean". La segunda de tiempo similar al anterior, un fusil de chispa holandés dictaba: "Quien me escoja obtendrá tanto como merece." La última un fusil Jean Louroux de dos siglos atrás y en el papel: "Quien me escoja debe dar y aventurar todo lo que tiene."

Deseo, ambición o desapego.
Caballos y armas, cuánta belleza en un día.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Sáb Mayo 19, 2018 11:31 am

"No se dé tanta importancia."

Al volver tras dejar libre a Lucky, sabe que tiene respuestas pendientes con la dama a quien desea esta vez conocer antes de maltratar. Por lo que se queda pensativo al tiempo que acaricia a Brisa con mano firme - no sé si encontremos alguna criatura extraña, desearía que tuviéramos un paseo tranquilo por el bienestar de nuestras monturas y el nuestro, por supuesto. Por eso es que revisé que Brisa esté en condiciones de pasear - ahora puede ella entender por qué toda la revisión meticulosa. Juguetea con sus guantes pensativo antes de susurrar por lo bajo - lo fui. Domador de caballos, Lucky fue el primero que logré domar, por eso lo adquirí cuando la Corona me regresó lo que por derecho le correspondía a mi familia - y esas últimas palabras traen consigo una rabia implícita. Hasta el hombre a su lado baja la cabeza para retirarse y sacar del carruaje una enorme caja ayudado por los otros sirvientes.

Charles calla, ha hablado demasiado. Justo ella le saca el hierro al asunto provocando una risa alegre en el León - ponys, jamás olvidaré la expresión de mi hermana cuando papá le prometió un caballo y llegó con un pony. Tenía cinco años, así que ella esperaba un percherón enorme como el de mi padre y en cambio, le tocó un caballo a su tamaño. Estaba roja, no sabíamos si de indignación o de tristeza - Annabeth. Su pequeña hermana. Por un momento se olvida de todo lo que está viviendo, de que Lucky está corriendo y de que está dialogando con la Baronesa. Para él, el mundo se congeló pensando en la pequeña de ojos tan azules como el cielo que con una sonrisa derretía su corazón.

La cabeza se mueve de un lado a otro, para su fortuna alcanza a recoger los últimos fragmentos de las frases de la dama - es una retribución a sus atenciones, my lady. Y el negro es perfecto para pasar desapercibida, si necesita cambiarse de ropas, estaría dispuesto a esperarle - propone con voz neutral entre unos y tantos recuerdos en tanto acaricia la yegua con gesto ausente. ¿Un regalo? Lo recuerda escuetamente de la reunión pasada, mira cómo abre el contenido para mostrarle las armas con las condiciones en cada una de ellas. Afectado por sus memorias, Charles toma cada uno de los pergaminos más no hay para él una respuesta que pueda auxiliarle en su gran búsqueda por lo que acomoda los papiros para mirar a los ojos de la dama - Es hermoso el obsequio más prefiero la caja que las contiene. No existe arma que pueda ayudarme en mi empresa y tampoco regalo que pueda paliar mis pensamientos. Una caja puede contener todo lo que necesito y quiero. Así como su vacío recordarme lo que tengo - si fue brutal en su sinceridad le importa un comino.

De reojo observa que Lucky va regresando con paso calmo y contento - quizá no es lo que esperaba, más esa es mi determinación. Si me disculpa, prepararé a Lucky para partir - una reverencia antes de acercarse al hombre que tiene el cofre que ahora abre mostrando todo lo que pueden ponerle al caballo. El inglés lo resuelve rápido, le pone las bridas, una enorme manta cubriendo el lomo y voltea a mirar a la mujer - estamos listos ¿Quiere partir de una vez? - deja las riendas con uno de los sirvientes para acercarse a ella y tomar su mano. En caso de que sea afirmativa la respuesta, la ayudará a montar. En caso de que no, esperará el por qué.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Dom Mayo 20, 2018 3:21 pm

"Debo pedirle disculpas, Domador de caballos.
Creo que usted me ha malentendido de nuevo.
Pido disculpas por nuestros encuentros que no han sido más que una serie de eventos desafortunados."


Lo escuchó paciente. Su respuesta aunque fue razonable y ella encontró en sus palabras conciencia y aplomo, además de lógica, no dejaron de ser algo desesperanzadas, cortando cualquier deseo de poder vivir de cerca lo que en sus años pasados siempre su madre, sus chaperonas y chaperones, los que la acompañaban que consistían en una corte larga y metódica, le habían prohibido tener. Quizás podrían ver aquellas criaturas desde lejos, no había necesidad de tener contacto directo con ellas y ponerse en riesgo a ellos o a los corceles, quizás él podría hablarle de lo que le ha sucedido en el encuentro con ellas, si había sido buena o mala su experiencia, aunque de su prevención podía deducir que no había sido muy amena. Pero no dijo nada, guardó silencio y asintió. - Gracias por su preocupación. - le respondió cortes, no puede más que agradecer la amabilidad y la molestia que él se ha tomado al pensar en su bienestar.

Lo siguiente que él dice la maravilla ya que nunca había conocido un noble con tal pasado y por lo fascinante que encuentra tal oficio, aunque no pasa para nada por alto el comentario acerca de recuperar lo que era suyo y de su familia en un acto de justicia por parte de la corona inglesa. Si es así como ocurrieron las cosas, la baronesa no opinaría al respecto. Aprende rápido, siempre lo ha hecho y del poco tiempo a su lado ha aprendido que entre menos se acerque a la privacidad y los secretos del Duque estará más a salvo y así lo prefiere, dejar claro el límite que da desconocerse el uno al otro. Está implícito en sus silencios gracias a él.- Pues mis felicitaciones, Lord Moncrieff, tiene usted una gratificante y hermosa experiencia. Encontrar afinidad con ellos no es más que un regalo del cielo. Cualquier afinidad con la naturaleza lo es. - así que elige aferrarse a lo bueno que ve de sus palabras y es lo que considera cierto. Pocos hombres podían llevar tal título de domador de caballos.

Miró a la fiera domada seguir su carrera, deseoso de más tiempo, agitando su crin con el viento que no demora en soplar para impulsarlo en su carrera, el noble sigue hablando de su pasado y sí, Femke siente curiosidad. A pesar del límite que no quiere traspasar la tiene, desearía preguntar más pero deja que las palabras del hombre hablen por si solas. Piensa en los ponys, imaginando la escena de la que él le hablaba, le pareció divertida así que disfrutó de ella. Regresó sus ojos al hombre, sigue siendo imponente aún en la ausencia en la que parece quedarse. - La vehemencia infantil y el deseo de tenerlo todo. Es lo hermoso de...- hizo una pausa, recordando lo que no poseía, lo que jamás tendría, - de tener hermanos.- la pausa terminó muy rápido siendo imperceptible, recordando el umbral que había marcado, también aplicaba para el pasado propio.  Aunque tuvo primos y algunos niños visitaban su hogar, le fue imposible crecer compartiendo, enojándose, celando, envidiando, perdonando.

Tantas cosas brindaba la hermandad, quizás por eso era como solía ser con sus amigos, quizás por eso intentaba dar siempre lo mejor, todo lo que tenía y lo que no.
Niega, nunca sería tan maleducada para agraviarlo de esa manera, además era capaz de adaptarse siempre que las circunstancias y la situación fueran lógicas, no fueran en contra de sus valores y tradiciones o si en realidad atentaban contra su persona, ser egoísta y orgullosa también venía incluido en el paquete de baronesa, solo que jamás se la había antojado excederse en ello. Acariciando a Brisa respondió. - Creo que el día de ayer no fue el más ameno de su vida, mis atenciones no fueron tan acertadas y aún así usted me dio regalos. No me mal interprete, no deseo cambiarme. - en su voz se nota tal decisión, estaba segura de ello, si no, no lo habría vestido.

En acompañar con su vista la lectura de los pergaminos  dedicó sus siguientes segundos, deseaba saber cuál sería su elección, así podría conocer sin comprometerse algo más del Duque, lo que lo movía. Encuentra sus ojos y su respuesta, fue una completa sorpresa. No podía recordar a nadie que hubiese rechazado aquella ofrenda que su familia, no había en su memoria historia así de su padre o de sus antecesores. La hizo suspirar, muy profundo. si bien se esperaba de ella la perfección y la palabra justa, no supo qué debía decir en un momento así, acongojada bajó la mirada observando el suelo en una pausa larga que duraría lo que él iba, preparaba a su corcel y regresaba. Pero mientras callaba miró a su sirviente que la observaba también, se preguntaba qué haría su señora, el porqué de tal desplante y quizas sintiera recelo por el ingles.

Femke cerró la caja con suavidad y enguanto de nuevo su mano, miró al noble en la distancia, sus acciones y no tan pronto halló que no debía culparlo ni a él, ni sentirse mal, quizás si triste por la realidad que vivía el Duque de Devonshire, porque ¿quién podría culpar al hombre por la verdad y ser honesto? Debía ver su fuerza y agradecer la sinceridad de sus palabras y de hecho, le halló por primera vez real sentido a la tradición de su padre. Cada quien tiene lo que se merece. Siempre habían tres armas con tres pergaminos, pero no había regla que dijera que el homenajeado no podía elegir la caja. Lo correcto era el trasfondo de ello, cada quien tiene lo que cree que merece y él ya había hecho su elección.
Dio la orden de que entregaran la caja, limpia y pulida, sin ningún adorno que lo envolviera, él había sido claro y Femke seguía aprendiendo.

Le recibió la baronesa, era notorio que lo miraba con completa contemplación. Él le había resultado una incógnita que ella recordaría toda su vida, aunque en realidad no sabía ya qué decir o hacer, parecía ser que cada cosa que hacía o pronunciaba era desacertada ante el hombre, por ello sintió confort cuando él preguntó si estaba lista para partir. Asintió sin permitirse la oportunidad de sentirse acongojada en tal momento, menos insegura. - Es el tiempo justo, Lord.- tomando su mano subió a su corcel, pero no de la forma que se esperaría de una dama, que la perdonara de nuevo pero ella montaba y cabalgaba como lo harían las amazonas en los mitos y como se lo habían permitido sus padres luego de cansarse de insistir en que lo hiciera según dictaban los protocolos.  - El regalo ha sido entregado a uno de vuestros mozos. Espero que pueda llenarla algún día. - le dijo al estar ya encima de su caballo, acariciando las mejillas de Brisa antes de partir.

No había ninguna mala intención en sus palabras, era su deseo más preciado, quizás el mejor regalo que podría ella haberle hecho en aquellos dos días. Esperó que él se pusiera cómodo sobre Lucky, haciendo ella lo mismo al asegurarse por sus propios medios que todo estuviera en perfecto estado, la ayuda del Duque había sido sin duda alguna muy buena, tomó las riendas y en espera de que él iniciara la partida, se dio cuenta que se moría por salir corriendo a toda velocidad.
Y así lo hizo no sin antes mirar al Duque y sonreírle sincera, traviesa y espontánea, partió rauda para huir del silencio entre ambos que no sería tan cómodo luego de lo acontecido, de todos sus desaciertos como baronesa en aquellos dos días, de la vergüenza que llenaba su corazón y de cierta tristeza,  de lo que él le había dejado vislumbrar tenía por dentro y lo rodeaba, vacío. Que fuera un momento de libertad para ambos, el poder ser uno con viento y caballos, sin que la diplomacia y las palabras a medias los tocaran o intervinieran en lo que realmente eran, seres en busca de un real propósito y una experiencia más que humana.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Miér Mayo 23, 2018 4:10 pm

"No se disculpe, ocúpese de disfrutar."

Asiente cuando ella habla de lo hermoso que es tener hermanos - quizá mi hermano mayor nos mirara con aburrimiento. Tenía quince años la última vez que lo vi y la hizo de nana en la mayoría de las ocasiones. Es mi hermana la que ocupa mis pensamientos, sólo tenía cinco años cuando la hicieron partir - recordarla le crea un nudo en la garganta. Está todo tan fresco, la recuperación de su título nobiliario, de su residencia donde ni siquiera pudieron sacar la mayoría de sus objetos. Aprieta los puños con fuerza aprovechando un relincho de Lucky para voltear hacia él dando la espalda a la dama. Finge preocuparse por su caballo en tanto sus músculos están tensos por la forma en que sus puños están comprimiéndose.

Todos sus hombros denotan estrés aún por debajo de la levita. Va aligerando la tensión con las palabras de lo acontecido el día pasado. - Me parece que estuvo mi conducta por completo fuera de lugar. Si bien soy indomable, una bestia fuera y dentro de mis recintos, usted no debió pagar ni presenciar lo que fue una movida de la Corona en pos de atrapar a todos aquéllos que traicionaron a mis padres. Así que lo mínimo que podía hacer era mandarle los obsequios para que al menos se dignara a aceptar esta invitación - al ver que Lucky va cediendo a los impulsos de correr para empezar a mirarle con ánimos de tener sus acostumbrados mimos, cede un poco para acercarse a la dama, tomar su mano y depositar en el dorso un suave beso - agradezco su venia al acudir a esta sencilla entrevista, my lady - esta vez su tono es más suave, más galante. Eso incrementa la seducción pasiva del Duque, tan famosa ahora en Inglaterra.

Después de tener listo a su caballo, ese par de ojos cobalto se fijan en los de la mujer antes de sonreír con pereza empezando a relajar los músculos al completo. Es una buena expectativa la de ir a cabalgar con una dama como ella. Va a ayudarla a montar a la usanza femenina cuando le sorprende montando con una pierna a cada lado. Se guarda el comentario que le pasa por la mente, le pasa las riendas del caballo para asentir haciendo una reverencia. En cuanto comenta lo del regalo, se queda un instante plantado en el lugar antes de mirarla con cierto pesar en la mirada. - ¿Por qué presiento que la he ofendido al no elegir un arma? Si es tradición familiar, la reconozco como algo muy honorable de su parte entregarme algo que considera prudente como forma de celebrar la recuperación de mi título. Sólo que - se interrumpe antes de llevarse la diestra a la nuca acariciándose los cabellos - mejor se lo comento en la cabalgada - hay demasiadas personas.

No quiere que se haga demasiado público por lo que toma las riendas de Lucky acariciándole el morro - quieto, ya sabes qué hacer - el hombre que le ayudara, entrelaza las manos para hacer un escalón alto que Charles no duda en pisar tras un impulso y montar en el enorme semental quien se remueve inquieto coceando - take easy, take easy - le palmea el cuello para luego acariciarlo suave. En cuanto Lucky está listo, voltea a mirar a la Baronesa - cuando diga, my lady - apenas pronuncia la palabra, ve el brillo travieso en los ojos de la fémina que sale a toda velocidad. Se ríe con la acción acariciando el cuello del semental - creo que nos dejaron mal parados, Lucky ¿Crees poder alcanzarlas? - el caballo le mira.

Relincha un poco antes de salir a todo galope, las patas son tan grandes que come la distancia con una velocidad impresionante, ríe divertido agachándose para tener mayor facilidad en el avance. Lucky relincha de nuevo a metros de ellas anunciando que les va a pasar por un lado y les va a dejar atrás. Las alcanza cuerpo con cuerpo, el Duque se sujeta bien antes de dar una pequeña palmada en el cuello del caballo que capta la señal empezando a alcanzar una velocidad atroz superándolas por las grandes zancadas que da tan tremendo semental que supera en altura a la yegua. Cien metros después, una vez logrado el cometido, va bajando la velocidad hasta detenerse orgulloso, coceando y relinchando en tanto el león ríe divertido mirando cómo las otras dos llegan.

Se queda acariciando el cuello del caballo antes de mirar a la Baronesa - no soy quien debió tomar el título si no mi hermano Bruce, que es el mayor. No sé dónde esté él, mucho menos mi hermana Annabeth. Así que como comprenderá, no necesito más armas en mi casa, suficiente tengo con el odio que siento a todos aquéllos que nos separaron. En cambio, sí necesito una caja para guardar todos los recuerdos que aún tengo en mi hogar. Y me parece, my lady, que me dio más de lo que un arma podría darme. Esperanza. Porque de la caja de Pandora lo último que se quedó dentro fue eso, la esperanza - mira hacia el frente tras fuerte confesión. No está acostumbrado a demostrar sus sentimientos. Hacerlo con la Baronesa le hace sentir indefenso.




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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Femke Van Roosevelt el Jue Mayo 31, 2018 5:47 pm

Gracias, Lord. Debe saber que me alegra que sonría.
Ahora una frase para el recuerdo: "¿Cual es el sueño de los
que están despiertos?. La esperanza." -Carlomagno


Una faceta nueva.
Es lo que el duque le comenzaba a mostrar sin cohibirse ni encender hogueras y llamas en círculo para impedirle el paso, incluso la estaba haciendo olvidar lo que en la hora del té del día anterior le mostró de él, lo que había sucedido y el trato con el que la había dejado, que por poco no había sido más que un trago amargo.
Imaginó el semblante de su hermano tal cuál se lo describió, serio, demasiado absorto en la realidad como para darse el tiempo de disfrutar de las banalidades que duque y baronesa se estaban dando.

La ambigüedad del recuerdo que le brindaba en palabras la detuvo de decir algo. Era esa felicidad melancólica de los momentos que se recuerdan con alegría de una realidad que a la final no termina siendo más que triste y cruda. Por ello guardó silencio con una sonrisa dulce que parecía un boceto que se dibuja suave con el carboncillo más claro. Sí, había sido un comportamiento inesperado y abrupto, algo tosco a pesar de los modales que nunca perdió, tampoco era el peor que había visto y agradecía las disculpas que le daba. Además, así conocía de antemano el carácter del hombre que ostentaba uno de los cargos más importantes de Inglaterra. Él mismo se llamaba indomable, una bestia. Un león, rectificaba Femke, o un caballo salvaje en plena llanura. ¿Y ella?¿Qué animal sería? Lo dejaría para descubrir en otro momento, por ahora las palabras que ocuparían su mente serían las de su familia y lo que les había sucedido.

Se sentía egoísta y voluntariosa por su comportamiento el día anterior, el no saber el contexto de un problema para opinar era una afrenta a lo que su padre le había enseñado, pero tenía que dejar claro que no era una espía. - Entonces usted debe encargarse de que la justicia sea eso, justa y que cada culpable tenga el castigo que se merece. - dijo seria y con la plena convicción de que así debía ser. La deslealtad, las mentiras, la crueldad y la maldad no debían ser patrocinadas, justificadas, desapercibidas con la excusa de la ignorancia, ni compadecidas. Aunque se preguntó qué haría ella si alguno de sus consejeros más cercanos, si algún otro noble que se llamaba amigo de su familia las traicionara o tratara de algún modo imperdonable o inesperado a su madre o a ella. ¿Perdonaría o clamaría venganza en forma de justicia a sangre y fuego?¿Qué hubiese hecho su padre?

Si algo la ha caracterizado siempre es la valentía, esa que alcanza para aceptar cuando ha dado juicios de valor errados, apresurados, cuando se ha equivocado y al ver que él es capaz de inclinar su cabeza - no literalmente - y buscar un acercamiento con aquella actitud más amable y suave, ella lo hace igualmente, disfrutando del bienestar y sentimiento que da ser humilde.  - No se preocupe, Lord. Acepto sus disculpas y tome las mías, no debía meterme en asuntos ajenos, aunque el consejo fue sincero y sabio, me lo dio mi padre aunque usted lo haya tenido que escuchar de labios más jóvenes de los que él tenía cuando falleció. Todos tenemos días difíciles que parecen no querer terminar. Estoy disfrutando de este presente, mejor dejemos nuestro pasado en el pasado. ¿Está de acuerdo?- acentuó la sonrisa.

Ambos debían caminar sobre sus pasos y comenzar de nuevo, de eso se trataba todo, incluso las relaciones entre reinos. Errores, perdones y un vuelve a intentarlo, de eso estaban hechas las vidas de las personas. Además no puede negar que le gusta verlo sonreír, se siente bien poderse dar a ambos un poco de alegría y de olvido, de sus obligaciones, del pasado, los dos lo necesitan y merecen.
¿Por qué presiento que la he ofendido al no elegir un arma? Mantuvo su mirada unos segundos más y por fin retiró sus ojos para observar el paisaje y la manera en que los mozos intercambiaban palabras entre si, neerlandeses e ingleses interactuando entre sí, era divertido ver tal escena.

Pensó en aquella realidad...Sí. Le había ofendido por ser una tradición y por la buena intención con la que deseaba homenajear tan importante suceso en la vida del duque, pero habiendo comprendido el punto de su padre ya todo parecía una enseñanza más. De hecho, la enseñanza era un tesoro y no dejaba de sorprenderse de que su padre aún después de muerto le siguiera enseñando con actos del pasado, como si fueran cosas que antes de morir él supiera que ella debía entender sola y solo al él ya no estar presente. Así que sin pronunciar palabra de nuevo, asiente, conforme y satisfecha, esperando escuchar más de su vida, no tiene afán. Le gusta eso, conocer personas, ¿para qué utilizara aquello que escucha y conoce? Para nada más allá de vivir y recordar.

La carrera fue maravillosa. Como beber agua fresca que sacia la sed después de un día caluroso y largo, cómo una cómoda cama en tierra firme luego de un viaje extenuante en barco o en un carruaje, cómo recibir en el rostro el primer rayo del tímido sol primaveral luego de un largo y duro invierno, como lo contrario, los primeros copos de nieve que se multiplican poco a poco cuando se lleva esperando demasiado tiempo a que neve, como un niño. Llenando sus pulmones con el viento que de lleno la recibía con cada zancada que daba Brisa disfrutó del terreno que verde y fecundo se abre ante ella, sintió como en la carrera eran ambas una sola, escuchando el sonido del trote de Lucky, sabiendo que ya se acercaban los miró de reojo, sin perder de vista el camino, esperó a verlos del todo con una sonrisa traviesa. Se siente feliz, de eso no hay duda.

Haciendo una onda en la marcha, se deleita mientras vuelve a acercarse a él con la manera en que se ve la anatomía del equino cabalgar a toda velocidad, cómo las supera sin dejar de admirar a tan magnífico semental. Disfrutando de los últimos metros de libertad que le quedaban antes de llegar al lugar donde jinete y corcel se habían detenido, tensa las riendas para rodear al duque mientras toma un respiro de la emoción que la embarga, con una de su manos acaricia a la yegua que puede descansar unos minutos. Y a punto de celebrar y exaltar la velocidad de Lucky, recibe tal confesión que la deja perpleja. Permitiendo la baronesa que el silencio se adueñe de ambos, mientras contempla como el ingles mira el paisaje, es una extraña sensación la que la embriaga.

El día era bello, demasiado, contrastaba con el frío de la realidad y realzaba la belleza de la esperanza, una caricia tibia, conmovedora. - A veces me gustaría tener las palabras indicadas para todos los momentos. - por fin habló posando ambas manos sobre el cuello de Brisa dejándola dar unos pasos hacia atrás. - No las tengo. Lo único que puedo decirle es la verdad,- ella también se confesaría, - hoy no me importa si no seguimos la tradición de mi familia, nadie me dijo que no se podía escoger la caja de Pandora. - era un buen nombre para completar el ritual. - Hoy puedo hacer una excepción, quizás decida trascenderla para darle el toque propio de mi baronía al rito,- algo que le hacía sentir que dejaba su propia huella a sus descendientes.

- No me importa porque si usted siente que le di lo único que es útil en este mundo, lo que nos dice que los milagros sí existen así como el dolor, o el odio que usted puede sentir, - era triste tener que decir aquello último, - entonces solo significa que soy muy buena dando regalos y el Honorable Duque Moncrieff me debe quizás otros 5 ramos de tulipanes para compensarlo.- dijo con una vanidad y una ambición fingida que era notoria en sus ojos y labios, queriendo hacerlo sonreír de nuevo por un instante, así fuese pequeño. Una idea apareció en su cabeza, no supo si era correcto decirla, ya debía el haber movido cielo y tierra para que fuera posible encontrarlos.

- Conozco de la reputación de vuestros detectives en Inglaterra, pero si...- volvió a intervenir con suavidad, ya más seria por lo que iba a proponerle.
- Si usted gusta y sin el ánimo o deseo de entrometerme de más y le juro por mis ancestros que no soy una espía, solo alguien que desea que sea feliz y que llene aquella caja en el futuro con recuerdos hermosos de su presente, yo podría encargarme de pedir que sean buscados sus hermanos en los dominios de mi baronía, también podría pedir a mi rey que extienda tal búsqueda por todo el reino. - entendería si era un no y a la vez esperaba que su gesto no fuese malinterpretado, que la vistieran de espía o de interesada en causar daño alguno no le agradaba demasiado. Lo sabía gracias al día anterior.


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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

Mensaje por Charles Moncrieff el Dom Jun 03, 2018 10:21 am

"No sólo de esperanza vive el hombre,
para hacerla realidad, hay que trabajar en ello."

Acaricia el cuello de tan noble animal que mira a la yegua relinchando y sacando pecho tan semental que es haciendo que el Duque sonría de lado reconociendo sus instintos. Su mano desnuda recorre el pelaje del brioso animal en tanto las palabras de la dama atraen su atención, antes de responder con voz tranquila, firme y contundente - está bien la tradición de una familia, más no espere que todos los demás apreciemos de la manera que usted lo hace dicho rito. Es como mi familia, puedo estar desesperado por las circunstancias que viví, más usted las escucha y tal cual lo indica, no sabe qué decir porque no lo ha vivido, no lo aprecia como yo. De igual forma que no puedo sentir la misma alegría y el orgullo de usted al imitar los gestos de su padre cuando quizá en lugar de producirme una satisfacción por su regalo, me produjo incomodidad - se queda en silencio dejando que ella pueda entender sus palabras que si bien no son una reprimenda, pueden sonar duras para alguien que ha visto esa tradición un deber.

En ocasiones es así, todavía puede recordar sus reuniones con las familias acaudaladas del ducado de Devonshire cuando era un crío. Esas tradiciones le parecían lo más aburrido del mundo, más como eran parte de la nobleza, tenían que hacerlo. Mueve las bridas de Lucky para hacerlo caminar - vamos hacia el lago, podemos tomar un refrigerio si le parece bien. No traigo mucho, algo de fruta, pan, queso y vino. Sólo piénselo. Tengo una mala afición de sospechar de todos porque mis experiencias me han hecho así. Nadie entrega nada sin que haya ocultas intenciones. Si bien es cierto que usted me ha ofrecido sus armas, cada una con su mensaje dice mucho de la personalidad de quien la elige - su músculo bucal repasa los pliegues de su boca dejando sus labios brillantes en tanto sigue cabalgando a paso lento.

Apenas termina de decir la dama que le debe cinco ramos de tulipanes más cuando la carcajada del hombre resuena por todo el lugar, se pone la mano en la cintura para echar atrás la cabeza al tiempo que la risa sigue emanando de su fuerte garganta antes de mirarla por el rabillo del ojo y con posterioridad, su cabeza se mueve de un lado al otro en una negativa que más bien es asombro por la osadía de la fémina - cinco ramos más, menuda mujer está hecha. Bien, intentaremos lograr que sea satisfecha, my lady - hace una reverencia a pesar de seguir montando el brioso corcel. Se queda pensando en algo que le hace cambiar las facciones de divertidas a enigmáticas con un leve tono de maldad en éstas.

Todo desaparece cuando ella le hace la propuesta, los ojos acerados se tornan vulnerables antes de que desvíe la mirada con fiereza, el león sacude la melena en tanto la cabeza del hombre se mueve con rapidez antes de quedarse quieto como si esperara cualquier movimiento brusco para saltar encima. Las bridas se aprietan en sus puños haciendo que la piel se torne blanca. El siniestro se levanta hacia su rostro para ser apreciado por los orbes antes de relajar la tensión para mover el pulgar entre los nudillos con movimientos ascendentes y descendentes. Por inercia, sus manos van a la bolsa trasera para sacar de ella una pequeña caja y de ésta, un largo cilindro de papel arroz que enciende con el hambre de paliar su ansiedad oral. El cigarrillo emana el primer hilo de humo que asciende antes de que por las fosas nasales del león emerja una espesa nube de blanquecino vapor.

La caja es devuelta a su lugar antes de la siguiente calada apretando el cilindro entre sus poderosos labios a comparación de la fragilidad del mismo para inhalar con violencia en tanto su pecho se hincha con el esfuerzo. Se queda pensativo, sus labios forman una "o" perfecta cuando exhala y esta vez mueve las riendas para que el caballo se apee al costado de la yegua y ambos humanos queden mirándose. Desde la altura que la montura y su propia estatura contrastadas con los dos seres del sexo femenino, el Duque alarga la mano que sujetaba las riendas para acariciar la barbilla de la baronesa - ¿Y qué quiere a cambio de tales movimientos, my lady? - el corcel se mueve un par de pasos al costado estirando el brazo sin que el león se atreva a romper el contacto entre ellos, hasta que la mano que sujeta el cigarrillo obliga a la bestia a volver a su lugar de origen - pida y le será dado. Y si encuentra a cualquiera de los dos, tenga en consideración que poco es lo que podrían resultar mis riquezas comparada al agradecimiento eterno que tendría de mi parte, le protegería contra todo, no habría nada que se plantara ante mí antes de hacerlo trizas - su voz es potente con las palabras exhaladas.

Es el conocimiento a cuestas de tener un Abrazo seguro, de una licántropa entre sus aliados y de paso, todo lo que podría adquirir en caso de ser necesario para defender a tan frágil mujer en caso de emergencia. - Pida, que su boca sea la medida - susurra antes de que su mano tome la de la baronesa dejando caer el cigarrillo antes de agachar la cabeza para depositar en ésta, el más sincero de sus besos como demostración del respeto y el agradecimiento que ese simple ofrecimiento le genera.




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Charles Moncrieff
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Re: La diplomacia como arte {Charles Moncrieff}

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