Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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A thousand moon diamonds —Libre

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A thousand moon diamonds —Libre

Mensaje por Ghenadie Monette el Lun Mayo 14, 2018 10:36 pm



A thousand moon diamonds
los espejos en la noche son trampas del alma que alimentan el resplandor de mil estrellas
La Luna era un agujero de hambrienta pureza apostado en las entrañas de las más recónditas tinieblas. Decíase de los poetas que dedicaban a ella, la dama albina, todas sus estrofas que sus almas eran estandartes de la más vulnerable humanidad, una esencia en constante pugna por apropiarse de la luz, aún viéndose sumida en una oscuridad escogida por capricho reiteradas veces a lo largo de la historia.
En la noche se desenroscaban las pasiones, se velaban las mentiras, se independizaban los sueños; pero, más aún, en ausencia del resplandor diurno, se ocultaban los colores y desenmascaraban las apariencias.

En veladas como aquella, cuando la silueta del astro refulgente cabía en la circunferencia de un anillo, los monstruos se desprendían de sus pieles y salían a merodear por la faz de un mundo que se redoblaba ante su soberanía. Sin importar cuánto se esforzara el ser humano por defender su amplio dominio, cuando sus predadores afloraban desde las sombras y exhibían los colmillos, bastaba, únicamente, elevar oraciones al Altísimo e imaginar una muerte veloz.
Ghenadie tenía claro que su vida valía lo mismo que la hoja en una fronda; adosado a un mismo universo que las otras, recibiendo y devolviendo energía a la red palpitante que le dotaba de existencia, aguardando el día en que arribara su otoño y el invariable destino le sentenciara al suelo, a la tierra, a la podredumbre. Pero él, sin embargo, lo veía todo velado por la dicha, creía firmemente en que aún le quedaba mucho a su primavera, que aunque poco estuviera a su alcance, las caricias de la brisa eran suficientes para invocar su voluntad y la caída, más que terrorífica, le demostraría cuán maravilloso podía sentirse el volar.

Las lluvias torrenciales habían sembrado su devastación en la ciudad de París las últimas dos semanas, apenas se había logrado vislumbrar un atisbo de luz solar durante los días y las noches eran, simplemente, un vasto manto de negrura omnipresente que recubriera sin excepción todo lo apostado sobre la tierra. Los ríos se habían desbordado, al igual que las cloacas, sentenciando a los marginados a la eterna hediondez. Aquellos que disponían de un hogar se privaban de salir a las veredas y quienes carecían de un refugio propio se amontonaban como insectos en los rincones donde menos les atosigaba el agua.  
Durante la corriente noche, no obstante, la llovizna había cesado sin brindar indicios sobre un inminente retorno y la Luna, esplendorosa, se abría paso entre las nubes para contemplar su redondo reflejo en cada charco a disposición.
El joven gitano, ofuscado por tan prolongada permanencia en casa, había tomado ventaja de la ocasión para salir a recorrer la noche en la ciudad. París descansaba detrás de sus muros y el silencio gritaba en cada esquina.

Una astilla recientemente adquirida le escocía en la consciencia y el encierro sólo había colaborado a enterrarle el remordimiento en mayor profundidad. Necesitaba un respiro, soledad. Por ello, tal vez, sus pasos le condujeron hasta los dominios del cementerio, donde los inquilinos gozaban de reposo eterno.
La entrada se hallaba cerrada, así que se dignó a tomar asiento en el gélido camino, recargando el cuerpo contra el estoico enrejado, en compañía de una desdichada arañita que se había quedado atrapada en el universo de una gota. Los vestigios de la lluvia resplandecían como diamantes atrapados en el entretejido de su seda, trampas mortales para el autor de tan compleja red.
El gitano, compasivo, arrancó un tallo entre las hierbas y empujó a la araña para que lograra liberarse de la gota. Una vez estuvo a salvo, el joven se acomodó en el suelo y, con la misma herramienta, comenzó a esbozar en el barro el retrato de la pequeña amparada.


Gracias Hero ♥

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Re: A thousand moon diamonds —Libre

Mensaje por Galina A. Cherenkova el Miér Mayo 16, 2018 5:22 pm

Últimamente no dejaba de llover en París y eso, para aquella mujer gitana y su familia solo significaba una cosa: no podían ir al mercado a vender las frutas y verduras que cultivaban. Y eso, a su vez, significaba que no había comida en casa y que las cosas dependían más que nunca de ella. De ella y de su capacidad para robar y para adivinar el futuro. Y, ¿por qué no?, de inventárselo también de vez en cuando.

En aquella ocasión venía de la casa de un hombre adinerado que últimamente estaba solicitando bastante sus servicios, lo cual resultaba un poco raro. Ella no terminaba de fiarse mucho de sus verdaderas intenciones, pero hasta ahora no había corrido ningún peligro. Que si una lectura de cartas a la semana, que si un pequeño ritual para atraer la buena suerte, que si un poco de quiromancia... Pero lo que hoy le había propuesto había sobrepasado sus límites.

Quería hablar con su difunta esposa, dijo. Los muertos solo deberían estar bajo tierra, eso era lo que pensaba ella y así se lo hizo saber. Si bien es verdad que desde que había llegado a París no habían parado de sucerle cosas extrañas, algunas de ellas relacionadas con muertas que resultaba que no lo estaban del todo, pues sus espíritus aún vagaban por ahí, sostenía aquella idea que le habían inculcado desde bien pequeña. Nada en el mundo podría hacerle cambiar de opinión, aunque quizá si...

Miró al cielo. La luna brillaba en todo su esplendor. Inmediatamente, se le olvidó lo que estaba pensando. La luna siempre había tenido cierta influencia sobre ella. No sabía explicar muy bien por qué, pero ahí estaba. Se quedó observándola durante unos cuantos minutos sin hacer nada más, hasta que se dio cuenta de que realmente era muy tarde y quería llegar ya a su casa y ver a sus hijos y a su pobre tía, que estaba enferma.

Cuando llegó a casa de aquel hombre, todavía había luz y ahora, ya de noche, las cosas se veían de otro modo. Lo que menos le gustaba de la casa de su cliente es que para llegar allí tenía que pasar por delante del cementerio de Montmartre. Le ponía muy triste pensar en que su amado Grigoriy nunca hallaría la paz de ser enterrado en tierra sagrada. Que ella nunca llenaría su tumba de flores ni le cantaría aquellas canciones con las que crecieron. Que jamás podría hablarle de cuánto crecían los pequeños que habían tenido juntos.

También, siempre que pasaba por allí, un sentimiento de inquietud invadía su espíritu, como si este conectara con los de los muertos que allí moraban. Desde que había llegado a la capital francesa, no se había atrevido a poner un pie sobre aquel lugar y, sin embargo, el ricachón pretendía hablar con su esposa muerta como quien va a comprar una hogaza de pan al mercado.

Normalmente, cuando volvía de allí, más que nada por lo tarde que era, no solía encontrarse a nadie en el camino, pero aquella noche era distinto: había un joven sentado allí. La gitana, ni corta ni perezosa, cuando estuvo a su altura, le interrogó:
Muchacho, ¿caces aquí tan solo? ¿Tas bien o qué?

Podría haberle ignorado y ya está, pero es que ella era así de puñetera.


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Galina A. Cherenkova
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