Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Mar Mayo 15, 2018 4:37 pm

Tras dos meses le seguía pasando, le parecía absurdo, carente de toda lógica y ausente de cualquier tipo de razón pero ahí estaban otra vez, esos nervios que se acumulaban en la boca de su estómago, haciendo que aquellos días que quedaban para verse le costara comer, su pulso se le antojara errático y desacoplado, al igual que sus sueño se volvía inquieto y agitado la noche anterior. Parecía un adolescente, perdiendo la cabeza por una jovencita y sin embargo era algo que no podía evitar. El magnetismo por la señorita Annabeth de Louise era de una naturaleza casi sobrenatural, simplemente no podía escapar a aquellos ojos azules infinitos, ni dejar de pensar en aquellos labios capaces de dar una diatriba sobre muchos temas de manera interesante, culta y elocuente para instantes después ser capaces de depositar un meloso beso que dejaba sin respiración al mercader. Por no hablar de aquel olor, una de las pocas cosas en el mundo capaz de poner de acuerdo al hombre y a la bestia que habitaba dentro de él, un olor femenino y penetrante que siempre dejaba al licántropo con ganas de más.

Aunque aquella circunstancia no era extraña, para desgracia de Bernard. Durante aquellos dos meses había tenido el infortunio de comprobar como los negocios familiares, cualesquiera que fuesen de Annabeth le dejaban un más que paupérrimo tiempo libre, que limitaba las veces que la veía a unas pocas horas una sola tarde a la semana. Ni siquiera cuando fue a su mansión a entregar el enorme pedido de pieles que ella le solicitó en su primera cita había sido capaz la muchacha de encontrar poco más que una hora para el té junto al último de los Favre e incluso durante aquella hora, parecía que no acababa de ser del todo bien recibido en la casa, un clima demasiado extraño y restrictivo.

Por eso el licántropo resignado había optado por intentar disfrutar de aquellos efímeros momentos con ella, tampoco se atrevía a exigirle mayor transparencia cuando a aquellas alturas ya había desaparecido dos veces en Luna llena, una de ellas impidiéndole concertar una cita con ella ¿Cómo podía entonces pretender que ella compartiera su vida con él? Aunque la poca validez de las excusas de ella no facilitaban aquella postura en absoluto.

Madamme Abbes se acercó a su silla, acostumbrada ya a su nuevo cliente, sonriéndole gentilmente mientras le traía un vaso con agua fría, un gesto habitual en la amable mujer al verle llegar siempre antes de tiempo y normalmente con una transpiración superior a la que la temperatura del sitio sugeriría.

Decir sin embargo que la vida de Bernard había hecho algo menos que mejorar desde la aparición de la dama sería una injusticia, a los tiempos de calidad con ella había que sumarle una mayor vitalidad general, se notaba más alegre y contento e iba a trabajar con más ganas que en mucho tiempo, incluso su capacidad para hablar con la gente había mejorado visiblemente en algunos aspectos entre las cariñosas regañinas de Annabeth por su exceso de modales y sus intrigantes conversaciones, muchas veces dirigidas hacia el mundo paranormal que había resultado ser su pasión oculta según había podido comprobar Bernard, descubriendo varios datos de su naturaleza que incluso el obviaba.

Y como cada vez que la puerta se abría mientras él estaba allí sentado, la alegre campana que avisaba de la entrada o salida de un nuevo cliente es acompañada por un pequeño sobresalto en su pecho, ansioso de verla otra vez.
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Miér Mayo 16, 2018 8:49 am

"Al mentir debes hacer a un lado el corazón,
para cuando se descubran tus falacias, no llores por lo que perderás"

Esa mañana Annabeth volvía a su hogar con el cuerpo más que adolorido. Se enfrentó a algún tipo de fantasma en un hospital abandonado que a punto estuvo de morir del susto como de las heridas infringidas. Ni se lo esperaba siquiera porque era de día cuando entró al nosocomio para buscar ciertos archivos. ¿Cómo pudo perder tanto la noción del tiempo? La herida de su pierna no deja de sangrar. Escapó por poco, auxiliada por alguien a quien no pensó ver más. El cazador la lleva en brazos serio como es su costumbre. No ha emitido palabra desde que la rescató, ni siquiera en el traslado en el caballo que ahora se queda en la entrada principal en tanto sale madame Violet para negar con la cabeza - estaba preocupada, qué bueno que está bien, signorina Annabeth, por aquí - les conduce a ambos hasta la habitación.

Ahí, la mujer es depositada con cuidado para ser atendida de inmediato por su ama de llaves en tanto su salvador sale del lugar callado. Entre gasas, agua y algo de alcohol, la heredera de Phoenix es reprendida por la que fuera su nana de pequeña - debería darle un par de azotes, arriesgarse así - ni siquiera le permite explicarse, se apresura a quitar el cinturón del cazador que hace de torniquete para deslizar algo de los fomentos preparados por los hechiceros para casos así. El dolor es tremendo haciendo que la De Louise apriete los ojos - ni sueñe con que va a salir hoy, necesita reposo - es la indicación, cuando Annabeth quiere refutar, la mirada de madame Violet la calla - debió pensarlo antes de arriesgarse así. Mire nada más, ésto va a dejar cicatriz - la joven mujer se recarga contra las almohadas pensando que podrá con la poción recuperarse antes de la cita con Bernard.

Se niega a faltar a esa cita semanal. Le es tan necesario como el aire que respira, ver sus ojos, escuchar su voz, sentir su calor bajo las ropas. Se siente tan mal por lo acontecido, por las emociones que se dispararon en el interior del hospital, cómo el fantasma jugó con ella que sacude la cabeza. Necesita de Bernard, de su contención. Lágrimas se resbalan por sus mejillas al darse cuenta de que Bernard se ha convertido en uno de sus ejes más importantes en su vida. Que lo necesita tanto y quisiera verlo siempre. Más Phoenix se vuelve más y más una carga de la cual querría deshacerse pronto.

Madame Violet piensa que las lágrimas son producto del dolor, niega con la cabeza en tanto va vendando la herida de su pierna y sigue con los moratones y raspones de su rostro - debería ser más precavida, signorina. No puede arriesgarse así - los regaños siguen y siguen. Annabeth desearía tener aquí a Celine, ella entendería todo. Necesita ir con su amiga, desde que conoció a Bernard el tiempo se esfumó, las actividades aumentaron, las presiones, el estrés. Necesita un hombro amigo. Se desprende con furia de las lágrimas que recorren sus mejillas. Está a punto de estallar entre tantas ocupaciones y poco esparcimiento. Siente que la cabeza le va a explotar. Permite que madame Violet la atienda, la cure, le desnude y limpie el cuerpo con paños húmedos y aceites que le dejan más relajada.

Así, se queda dormida. Exhausta anímica y físicamente.

Cuando abre los ojos, el reloj anuncia las cuatro horas con treinta y ocho minutos. Se incorpora con violencia intentando sentarse, el dolor de la pierna le mata, más faltar a con Bernard será mucho peor. Hace dos semanas él canceló la cita dejando un mal sabor de boca en la inglesa. En silencio, se levanta para arreglarse con rapidez. Aprieta los dientes con cada movimiento que hace que provoca un dolor que podría tirarla. Sabiendo que le será imposible caminar con largos ropajes, toma las de montar. Puede que la pierna colapse, más espera que sea estando ya con Bernard. Además, así será más sencillo escaparse. Porque tiene que hacerlo, madame Violet impedirá que salga de la casa. Las botas de montar le dan mayor estabilidad a su lesión. Asiente peinándose con rapidez con algunos mechones cayendo sin que les tome importancia.

El reloj da las cinco de la tarde. Por un momento piensa en faltar. Es tardísimo, más el pensar en que ni siquiera tiene un previo aviso le obliga a sacudir la cabeza con decisión. Irá, así sea lo último que haga. Tras tomar el sombrero sale de su habitación mirando para un lado y para el otro como si fuera una prisionera de su propio hogar, se apresura a bajar las escaleras con cuidado de seguir viva hasta llegar a la base. Cuando lo logra, sonríe aliviada, se escabulle por la puerta trasera de la enorme mansión agradeciendo haber elegido un lugar con cuatro salidas para avanzar hasta las caballerizas y sin siquiera ensillar a Thunder -su consentido percherón claroscuro- que cocea impaciente, monta a pelo sujetando al brioso animal de los mechones de su crin - Despacito, Thunder, despacito, no hagas mucho ruido, vamos, ayúdame a escapar -si algo le encanta del animal es su inteligencia.

Ni siquiera emite sonido, va despacito como le ordenan, pata a pata avanza hasta doscientos metros antes de la valla que rodea el perímetro de la mansión, mirar a la derecha como si realmente buscara a alguien que le pudiera detener y ahí sí, dar tremendo relincho golpeando el piso con los cascos antes de acelerar la carrera para saltar las vigas con tal habilidad que podría ganar cualquier concurso. Luego de eso, relincha de nuevo como si celebrara su hazaña avanzando a velocidad del rayo, tal cual su nombre. Annabeth lo guía con rapidez por los caminos, teniendo bajo las piernas al enorme corcel, recorre la distancia en menos de quince minutos rogando porque Bernard esté.

Como si el cielo quisiera que la joven amazona cumpliera con su cometido, lo ve a través del cristal sentado en la mesa que acostumbran elegir, arrea a Thunder que hace sentir su presencia en el sitio con un relincho descomunal en tanto se levanta sobre las patas traseras coceando en el aire antes de caer de golpe con la amazona todavía encima suyo, blanca del susto - ¡Odio que hagas eso, Thunder! - un relincho y un sacudón de cabeza son su respuesta antes de que vaya acercándose lento hasta un abrevadero para beber tranquilo, ni siquiera el paso de un cambiante a su lado le produce nerviosismo tan acostumbrado está a los sobrenaturales que en Phoenix se encuentran. La inglesa voltea a mirar al caballero que se le acerca manteniendo su pose en tan gloriosa montura, para su sorpresa, descubre que es Bernard a quien le sonríe sin tapujos - Lamento llegar tan tarde, tuve algunos problemas en casa - le extiende las manos con la fusta aún en la diestra invitándole a ayudarla a desmontar. Está montada como un varón, a piernas abiertas.

Si se hubiera sentado como indican las normas, se iría de boca con semejante animal que ahora cocea impaciente en tanto sigue bebiendo - Ya te consigo manzanas, ya, ya - le acaricia el lomo cuando por fin baja de la montura, sólo que no apoya la pierna herida, en su rostro se reflejan los golpes que le inflamaron el pómulo derecho que va amoratándose y le rompieron la comisura siniestra del labio. - ¡Lo siento por la tardanza! - traga saliva antes de que el corcel le dé un par de golpecitos en la mejilla - ¡Ya voy, ya voy por tus manzanas, Thunder! Eres muy exigente - el caballo sacude la cabeza haciendo una trompetilla coceando de nuevo - ¡Madame Abbes, un par de manzanas por acá me irían bien, por favor! - grita a la dama que está en la puerta mirándoles, el caballo relincha como si objetara la comanda - ¡Que sean tres! - ahí sí, el hermoso percherón sigue bebiendo agua en abundancia.


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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Jue Mayo 17, 2018 10:39 am

Bernard arrugó el entrecejo al comprobar otra vez la hora en su reloj de bolsillo –Llega tarde- murmuró para sí mismo preocupado mientras volvía a cerrar el complicado mecanismo y lo guardaba en uno de los bolsillos de su chaqué. Desde luego no era para menos pues la dama había demostrado en aquellos dos meses una puntualidad que dejaba en ridículo incluso a la de sus raíces inglesas al otro lado del canal. Con la ínfima salvedad de su primera cita, la aristócrata había llegado cinco minutos antes a la hora de su cita con una exactitud y predictibilidad tan absolutas como el replicar de las campanas de Notre Dame.

Por ello el retraso de casi media hora de la fémina se volvía una rareza más que preocupante ¿Habría olvidado su cita semanal? No parecía algo típico de la ordenada y puntual dama desde luego, siempre aparecía puntual y parecía entusiasmada en volverlo a ver. Tampoco pareció agradarle la idea de no ver al mercader de pieles cuando una de sus citas semanales debía coincidir con la Luna llena y él tuvo que animarla. ¿Le habría pasado algo? La idea empezaba a inquietar al licántropo, pues era una oscura posibilidad aunque remota, dado que la dama siempre veía a las citas en su carruaje privado, lo que limitaba mucho los percances que podía sufrir.

Por eso, sus ojos se abrieron como platos cuando un impresionante semental reclamó la atención de toda la manzana con un fuerte relincho mientras se mantenía en un precario equilibrio sobre sus cuartos traseros. Semental que montaba nada menos que Annabeth para sorpresa del caballero. Desde luego el caballo había salido ya en varias conversaciones, más nunca había entendido que pudiera domarlo y montarlo como allí se mostraba, como una auténtica amazona.

Sus pasos abandonaron la mesa y se encontró en la puerta del local, caminando hacia la joven, aun sumamente sorprendido de las circunstancias. Pero su preocupación no haría más que aumentar con cada paso que daba hacia la joven. Su inmaculado aspecto que solía presentar, se veía hoy ensombrecido por varios hematomas en la cara, así como un corte en su labio, pero para el sensible olfato del licántropo aquello era aún peor de lo que parecía. No pasó mucho hasta que pudo corroborar que la dama ocultaba al menos una herida de mucho peor aspecto, la peste a sangre coagulada y a herida abierta la rodeaba como una mortaja por encima del olor a equino y a aceites, mostrando una extraña postura cuando sus piernas descendieron al fin del caballo, ayudada por él. Sus ojos se mostraban oscuros, evaluándola, mostrando su preocupación, más no dijo nada, demasiada atención había llamado ya la aristócrata. Cuando las plantas de ella estuvieron firmemente asentadas en el suelo, le dio un caballeroso beso en el dorso de la mano diestra. –Una entrada absolutamente triunfal mademoiselle de Louise- sonrío el caballero mientras los transeúntes parecían volver poco a poco a sus vidas, obviando la peculiar escena en el café. -Un animal soberbio Annabeth, debe de ser de los mejores de sus establos.- comentó distraídamente intentando dar una imagen de normalidad, mientras su mano acariciaba el lomo del caballo que ahora comía sonora y animosamente algunas manzanas que la siempre sonriente camarera le había proporcionado. –¿Le apetece su pastel? Madamme Abbes me había comentado algo sobre una tarta de queso a la que me ha parecido ciertamente complicado resistirme- Le ofreció con expresión grave su brazo, no como todas las demás veces porque le apeteciera mantener a la dama lo más cerca posible de él, si no porque sospechaba que ella necesitaría apoyarse en algo para caminar.

Una vez sentados en su discreta mesa habitual, el licántropo pudo comprobar además que el perfectamente peinado cabello de ella lucía hoy solo pobremente arreglado, posiblemente debido a su medio de transporte, al igual que sus típicos vestidos elegantes de ella habían sido sustituidos por uno más funcional. Tras un pequeño y tenso silencio, Bernard simplemente no pudo resistir más -Annabeth- dijo con un tono dulce -¿Qué está pasando? ¿Te encuentras bien? Sé que no hace demasiado que nos conocemos pero si hay algo que...- hace una pequeña pausa encontrando las palabras –Si hay algo que vaya mal puedes decírmelo preciosa.-
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Jue Mayo 17, 2018 12:14 pm

El primer pensamiento que la atraviesa en brazos de Bernard es lo bien que el hombre huele este día. Se está acostumbrando a grabar su aroma en cada entrevista para recordarlo cada vez que él está ausente en su desquiciada y multi-ocupada vida. Aprovechando que él debe tomarla en brazos para ayudar en el proceso de desmonte, desliza las manos por sus anchos hombros resguardando sus dedos en la nuca sintiendo sus cabellos en ésta, es cuando se da cuenta de que se ha olvidado del libro, de los guantes y hasta del bolso con el dinero. Todo eso importa nada cuando su cuerpo se pega al masculino al ser dirigida al suelo, ese simple y banal contacto le electrifica las sensaciones queriendo seguir así el resto del día. Es tan boba cuando está con él, que seguro hasta a su amiga Celine, tan entusiasta en esas lides, le parecerá excesiva su conducta y la reprenderá. Sus mejillas se tiñen de rojo con ese acercamiento tan propio de unos esposos bajando un poco la cabeza con timidez ante su gallardía.

Cuando por fin puede mantener el equilibrio en el piso, mitad ayudada por su pretendiente, mitad porque busca con la mano sostenerse de Thunder aparentando acariciar su lomo, puede sucederse la escena ya antes relatada. Donde un equino reclama su premio tan arrogante como un humano por la empresa cumplida con tal atino y la solicitud de sus manzanas. Tres en total que Madame Abbes no duda en traer con rapidez sonriendo al ver tan soberbia montura. - Hermoso, qué hermoso eres - dice dándole de comer en tanto le acaricia - ya me encargo yo de su montura, mademoiselle De Louise, tremendo susto que nos ha sacado con ese relincho, más vale la pena al ver lo bien que la cuida y cómo lo domina - está sorprendida de que tan indefensa mujer, tan cándida y alegre, así como educada y fina, tenga este lado tan salvaje e impropio para la dama que acostumbra ver. Algo que a la joven mujer sonroja un poco - es uno de mis muchos secretos, madame Abbes - confiesa al tiempo que su colmillito aprieta el labio inferior con preocupación.

Ahora que lo medita, se dejó llevar por la preocupación sin siquiera pensar en lo que podría provocar en la sociedad tremenda aparición. En cuanto madame Violet se entere la reprenderá y esos rumores corren más rápido que el propio Thunder en sus días de mayor actividad. El beso que Bernard le da en el dorso de su mano desnuda impide que siga con ese derrotero mental. Vino a por él, así que le importa poco y nada lo que los demás comenten de su persona. Claro, siempre y cuando él esté de acuerdo con ello. En momentos así, odia a la sociedad con su mente tan pequeña, añorando que sean los sobrenaturales quienes dominaran la mayoría. ¿Y si su actitud daña también la reputación del caballero? Muerde más su labio inferior hasta el extremo, antes de darse cuenta de que si sigue así, tendrá dos heridas en la boca. Si madame Abbes notó los golpes en la joven, es precavida de mantener la boca cerrada. Y así es, la madura dama es capaz de comprender que si algo le pasó a la señorita de alta sociedad que frecuenta su café, será un asunto de ella y del cual es mejor ignorar. - No creo que sea del todo triunfal si toma en cuenta que mi reputación y la suya pueden ser pisoteadas por mi poca prudencia - susurra bajo en tanto él ofrece su brazo que toma como si fuera una tabla de salvación.

La pierna empieza a doler de forma implacable, mira a Thunder tras el comentario de Bernard para sonreír con ternura - es el mejor, el más rápido, el más ágil, el más inteligente, el que sabe sacarme de casa sin que nadie lo note, pasito a pasito antes de que sea demasiado tarde y se lance a la carrera saltando las vallas para poder sentir el viento en el rostro al tiempo que él disfruta de la libertad - susurra como si lo viviera de nuevo, en una sonrisa amplia y el brillo en sus ojos. Algo en su voz, hace que el animal deje de comer para acariciar su cabeza contra la de la dama desprendiendo algunos mechones - quédate quietito, Thunder, obedece y ya vuelvo por ti. ¿Sí? - el caballo mueve la cabeza de arriba a abajo como si asintiera golpeando con la pata diestra el piso relinchando. Annabeth le da palmaditas en el lomo para voltear con Bernard - ¿Lo ves? Es más inteligente que la media - dice orgullosa antes de asentir con la oferta del pastel.

Es hora de ver si puede acortar la distancia del establo a la cafetería. Llena los pulmones de aire para envalentonarse y avanzar conforme él indica el paso que, para su intriga, es más lento de lo que acostumbra. Paso a paso logra llegar a la cafetería sin reflejar demasiado su dolencia. Con una sonrisa media a sus estándares más alegres y cantarinos, disimula su precaria movilidad y logra que nadie se fije demasiado en eso. Apenas toma asiento, aprieta los dientes dejando a la vista la compresión de las mandíbulas a la altura del término de las orejas. Aspira más para relajar los músculos de la pierna antes de que el silencio se instaure entre ellos. Se queda preocupada pensando que seguro le disgustó su presencia en el lugar, lo confirma al ver que él la recorre fijándose en su mediocre peinado y en sus ropajes impropios para la compañera de un caballero de su clase.

Se queda angustiada, sus preguntas sólo la envuelven más en esos pensamientos antes de que baje la mirada jugueteando con sus dedos desnudos - lo siento, no lo pensé. Sé que para su estatus el estar presentada aquí ante usted, con estos desfiguros, con mi cabello pobremente arreglado y los ropajes de montura cuando espera que su novia sea toda una dama de sociedad, son impropios. Lo siento - podría sollozar de no ser porque carece de un pañuelo y de paso, están en un lugar público. Le tiembla el labio inferior sintiendo la opresión en la nariz al tiempo que los ojos se tornan acuosos. Se restriega las manos una contra otra intentando contener el llanto, es demasiado para ella, todo lo vivido la noche anterior, las presiones, los exabruptos en la mansión y de toda la locura, que él vuelva a su vida. Le enloquece. Con discreción se pasa la mano por el rostro quitándose una lágrima recordando la primera frase que Valentine le dijera al volverla a ver - supongo que sigo sin ser una dama a la altura de las circunstancias. Entenderé si decide no volvernos a ver - para su cabeza todo ésto es una vorágine de sentimientos entrecortados y entremezclados.

- Quizá debí quedarme en casa y no venir. Debí hacerle caso a mi nana - susurra bajito.


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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Jue Mayo 17, 2018 8:22 pm

Para Bernard aquella escena se vuelve aún más surrealista cuando el aroma de ella lo envuelve, cuando sus femeninas manos se aferran primero a su nuca y luego a su antebrazo, cuando puede volver a perderse en aquellos ojos de un azul tan intenso, cuando cada fibra de su ser vibra al mismo son que el cuerpo de su dama. Se permite el lujo de suspirar en su pelo mientras se apea del caballo, de estrecharle la cintura mientras ella se afianza en el suelo, no puede evitarlo, la necesita, necesita tocarla, sentirla a su lado y sentir que está bien, un sentimiento más oscuro empieza a nacer dentro de él ¿y si alguien le ha hecho aquello?¿Quién ha podido herir así a una dama como ella?¿Quién podía atreverse a semejante acto? Si aquello de verdad era obra de algún desalmado, el licántropo no iba a dejar piedra sin remover hasta que pagara con creces aquella fechoría. Un pequeño dolor en el pecho se acomoda entre ambos pulmones. Descubre en aquel momento que protegerla es una prioridad, que la simple idea de que a aquellos ojos azules les ocurre algo se le vuelve insoportable, inaguantable. Haría todo lo posible por protegerla, se prometió en aquel instante.

Su repentina preocupación lo coge por sorpresa, suele ser ella la que le reprende por ser demasiado correcto o demasiado formal, por lo que aquella muestra de preocupación por la honra de ambos tampoco es algo común. Un poco sorprendido intenta quitarle hierro al asunto -¿Bromea mademoiselle? A los que más ha dejado en evidencia es a la mitad del cuerpo de húsares, que no serían capaces de repetir esa hazaña de la hípica- responde divertido, aunque preocupado por el estado de la dama.

Se queda contemplando al noble animal tras el comentario de la dama. Tras semejante galope, su respiración es ya tranquila y sosegada y sus fuertes cascos golpean los adoquines con fuerza mal contenida. Su mirada no deja de rebotar entre el licántropo y su dueña, lo que explicaría el nerviosismo del animal al reaccionar al olor del lobo, por lo que se abstiene de tocarlo otra vez, intentando limitar su alteración a la mínima necesaria hasta que ambos toman el breve camino hasta la pastelería.

En el camino de vuelta, se hace patente para el ojo predador del lobo que aquella dama tiene una herida en la parte inferior del cuerpo que le impide moverse con su soltura y elegancia normales. La presión de sus dedos en el antebrazo no es la normal, dejando caer parte de su peso en él mientras anda. El olor a sangre es sin embargo empalagoso y pesado para el sensible olfato de la bestia, que no puede evitar con preocupación apenas contenida todos los movimientos de la dama, porque de no hacerlo, su mirada se centraría en los golpes y cortes de la cara y Bernard no sabe que le pone más nervioso en aquel momento.

Las disculpas tan nerviosas unidas a la profunda tristeza que destilan aquellos irises azules le confirman al caballero que algo definitivamente no ha ido bien. Su frente se perla de sudor mientras escucha las palabras de su dama con creciente pánico. Sabía que no era bueno con las palabras pero ¿de verdad se había explicado tan sumamente mal? Al ver como aquella expresión tan triste degenera en unos pequeños mohines, antecediendo al llanto que se agolpa tras las pestañas de la aristócratas, Bernard solo puede reaccionar pasándose brevemente su pequeño pañuelo por la frente antes de suspirar. Algo más recompuesto sus manos toman las inquietas manos de la joven en un gesto firme pero cálido. –Debo de haberme explicado sumamente mal Annabeth. Cierto que me parece una locura que vengas aquí en tu estado pero no por tus ropas o por tu cabello, que por cierto ese aspecto salvaje de amazona, de noble sármata, de Atenea ataviada para la batalla me parece que te favorece mucho- responde aumentando levemente la presión en las manos de ella, transmitiéndole calidez y carraspeando antes de continuar con la parte complicada de verdad –Te dije Annabeth hace dos meses en el río que la única opinión importante para mí es la de usted. Lo que si me preocupa de sobremanera son esos golpes en la cara, ese corte en el labio y esa pierna lesionada- continúa con voz pausada –Por eso le he preguntado si te ha ocurrido algo Annabeth, para poder escucharte, comprenderte, ayudarte.- finaliza tras depositar otro pequeño aunque sonoro beso en el dorso de su mano.
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Vie Mayo 18, 2018 8:25 am

Vaya que es un día muy malo para la pequeña De Louise, quien tiene que soportar el dolor de sus heridas y aparte, el de su corazón que se hace pedazos al comprender que el caballero necesita una imagen que mantener para bienestar de sus negocios y su buena reputación. El llegar toda desaliñada es causal de los cuchicheos. Y si los hay, lo que ella desconoce, es porque muchos admiran su habilidad de controlar a un caballo mucho más grande que la media, en el que ella parece sólo un crío pequeño y algunos más piensan que sus heridas se deben a que seguro el animal la ha tumbado un par de veces antes de que haya logrado domarle. Su apariencia es acorde a lo que cualquier mujer de alta sociedad elegiría para una actividad donde sólo la montura importa, inclusive, la parte alta del vestido acentúa su figura y el cinturón en su cintura la hace lucir más diminuta llamando la atención de un par de caballeros con pensamientos muy diferentes donde ellos sean la montura y la joven su jinete.

Los cabellos desordenados en lugar de darle un aspecto impropio, sólo remarcan su dulce rostro y sus facciones elegantes y distinguidas, haciéndola lucir más vulnerable. Aunado a la forma en que aprieta los labios procurando que el llanto se vaya lejos, se antojaría abrazarla para confortar a tal mujer tras un gran susto como lo fue el que el semental se haya levantado sobre sus cuartos traseros. Más Annabeth ignora todo ésto, sólo está sumida en un mar de desesperación como resultado de una semana agotadora donde lo que debería hacer es recostarse por dos días sin levantarse, incluso, si tuviera que comer, debería ser en su enorme lecho. Uno que como su mansión, es tan grande que a veces reniega por haberlo elegido así. La diminuta mujer porque comparada con la estatura de Bernard, es más pequeña con su metro setenta de estatura y sin los zapatos de tacón que acostumbra, queda mucho más baja de lo acostumbrado, sólo denota tristeza e impotencia.

El roce de las manos masculinas envolviendo las suyas le obligan a alzar la mirada con esos ojos azules como agua pura que le observan con vulnerabilidad. Sus palabras van endureciendo sus orbes hasta que sólo hay un cielo dulce y tranquilo que es acompañado por una exhalación suave de puro alivio que se escapa por su boca de fresa antes de que sus labios se extiendan un poco en lo que podría ser una sonrisa sin llegar a serlo en su totalidad. Su colmillito atrapa de nuevo su pliegue bucal inferior antes de asentir levemente. Hasta suelta una risita nerviosa con la comparación que él hace de ella con una sármata. La continuación de sus palabras la deja muda. ¿Tanto se nota que está mal de la pierna por más que intentó disimular? Una de dos, está perdiendo el toque de la actuación o él es demasiado observador y con un solo movimiento en falso, la descubrió por completo.

Su músculo bucal recorre sus labios antes de que, cual iluminada por los dioses, madame Abbes se presente entregando el típico café de Bernard y el té de la inglesa - servidos, les traigo un trío de tartas a probar, cortesía de la casa a tan amables clientes y espero que todo esté bien, mademoiselle De Louise. Perdone mi curiosidad ¿Acaso fue asaltada como algunas jóvenes que les ha pasado en los caminos? Dicen que hay una banda de desalmados ladrones, espero que no sea su caso - salvada por la campana. Ahí tiene una escapatoria. Va a decir que sí cuando se queda pensando una fracción de segundo que semejante comentario la hará la comidilla de todos. Por lo que niega con la cabeza antes de responder - tuve un encuentro poco afortunado anoche con alguien en casa, se me atravesó el perro que perseguía a mi gato y en el proceso, terminé rodando por las escaleras, más fuera del susto y estos pocos golpes, estamos los tres en perfectas condiciones, madame Abbes. Era muy noche y salí asustada por el escándalo, debí esperar a mi ama de llaves con los candiles - explica haciendo que la mujer niegue con la cabeza - en ocasiones mi señora, deberá hacer caso omiso de las peleas domésticas y dejar que se arreglen solos. Qué bueno que no pasó a mayores, no debería estar montando a caballo de tener una lesión en la pierna. Estoy segura que messié Favre le llevará en su carruaje sana y salva a su hogar - la mirada que le da al caballero es elocuente.

Como la deje ir de nuevo montada en el caballo, madame Abbes se encargará de ponerle un buen digestivo a la siguiente bebida que él consuma en su comercio para hacerle saber cuán molesta estaría de dejarla ir así. Tras una reverencia, se retira dejándolos solos con tres tartas: una de chocolate, una de frutos rojos y una más de durazno. Annabeth toma el tenedor para cortar la última y dar un pequeño bocado buscando las palabras que deberá decirle a Bernard porque por supuesto él no se creerá tan fácil eso de la caída por las escaleras. La porción del postre de durazno endulza un tanto sus papilas amargas, piensa en qué decir porque entiende que si Bernard va a ser parte de su vida, tiene que hacerlo partícipe de todo lo que le acontece. Así que darle un pequeño esbozo no estaría mal - mi familia tenía un negocio bastante interesante. Tenían una red de espionaje en toda Europa y parte de América, digamos que - se interrumpe. Ahora que empezó no sabe cómo continuar.

Se acaricia la frente con nerviosismo sin saber qué decirle - digamos que me pidieron algo, así que fui a buscarlo ayer a un nosocomio en las afueras de la ciudad, está ya abandonado. Entré de día, más no sé por qué perdí la noción del tiempo, cuando me dí cuenta era de noche y corría para escapar de ahí cuando - no le va a decir que fue atacada por el fantasma, así que lo acorta - cuando me caí y bueno, me lastimé la pierna y eso - hace una mueca, porque los golpes de la cara fueron los del espíritu enojado por haberse adentrado en sus dominios. Sus manos tiemblan al recordarlo en tanto toma la taza a diferencia de lo que acostumbra, con ambas palmas como si los dedos fueran insuficientes para sostenerla. Incluso, cuando se la lleva a la boca, la porcelana tiembla un poco. - He tenido una semana espantosa con cada cosa que me han pedido - deja la taza sobre el platito.

Coloca los codos sobre la mesa para sostener con sus palmas su rostro. Está agotada. Por primera vez en su vida, necesita descanso.


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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Dom Mayo 20, 2018 6:36 pm

No es fácil para el caballero ser testigo de aquel cambio, de aquella metamorfosis tan humana y tan alienígena al mismo tiempo. Es cierto que su querida Annabeth es una persona y como tal tiene sentimientos, se cansa, se puede poner triste, enfadarse, sangrar, llorar y poner aquella cara de pena que le estaba matando lentamente. También puede vestir de la manera que quiera y no llevar siempre perfecto su cabello, pero se había acostumbrado durante aquellos dos meses a aquella dama perfecta en todos los aspectos, siempre con una sonrisa gentil, siempre con aquella fuerza y energía que la caracterizaban. Siempre con aquella perfecta apariencia, aquella cara impolutamente maquillada enmarcada por su siempre bien peinado cabello, un conjunto acompañado siempre por los más exquisitos vestidos. Sin embargo, aquella Annabeth se mostraba frágil, toda la energía y brío de la dama se usaban en mantenerla con aquel perfecto porte incluso en aquellas circunstancias. Sin embargo para un ojo que por suerte se había acostumbrado a verla en sus óptimas capacidades aquella dama estaba pasando por un momento muy malo.

Y Bernard supo con total seguridad que la quería en aquel preciso instante, como no había querido antes a otra persona. Lejos de molestarle la imagen que aquella dama mostraba aquel día, solo veía que todo lo que la había atraído de ella no era un espejismo que desaparecía tras las cortinas del lujo, que aquella mujer era de carne y hueso, que pese a lo que pudiera haber pensado en un principio, su Afrodita particular no era una diosa, pues sangraba como los humanos como él. Lo que si llegó a odiar hasta aborrecerlo fue a todo lo demás, todo aquello que le impedía levantar a aquella dama y llevarla hasta su silla como ella se merecía, que le impedía darle un abrazo reconfortante o besar aquellos labios lastimados con infinito cuidado y ternura, pero sobre todo odiaba unas reglas sociales capaces de mortificar a una mujer en aquel estado en vez de ayudarla y facilitarle la situación.

Todos aquellos pensamientos pasan por su mente mientras espera la contestación a su pregunta. Si tan solo supiera que tan solo desea protegerla, no por ser más débil si no como todos necesitan ayuda en ciertas situaciones, si pudiera hacerle ver que la seguiría hasta el fin del mundo y la mantendría a salvo.

Madamme Abbes interrumpe aquellos pensamientos con su gentileza y osadía a las que ya se ha acostumbrado con cariño y aprecio. –Muchas gracias mademoiselle y no se preocupe, le aseguro que no voy a permitir que le ocurra nada más ¡Estas mascotas suyas acabarán con ella algún día! – exclama divertido mirando aquellos ojos azules.

Y allí estaba, él mismo se había prometido acompañarla hasta el fin del mundo y si aquella declaración era cierta, no distaba mucho de serlo pero ¿Por qué iba a ser una farsa? Las implicaciones de aquella declaración eran simplemente inconmensurables y la aristócrata no era dada a aquellas bromas de tan mal gusto ¿Estaba siendo sincero con él entonces? Su Annabeth, aquella dulce y perfecta damisela siendo poco menos que una espía buscado dios sabía que en un hospicio abandonado. Su cabeza daba algunas vueltas sin soltar las manos de la joven, aunque las suyas empezaban a enfriarse y a sudar por instantes. Demasiado vaga la explicación para un tema tan enorme pero ¿Cómo hablar de aquello en una cafetería en la que ya habían llamado la atención? No tenía sentido desde luego por lo que por el momento era más que suficiente información para ir digiriéndola.

Tragó algo de saliva mientras volvía a acariciar las manos de ella, moviendo levemente el pulgar sobre el dorso de ella, tanto para mostrarle apoyo como para reactivar la circulación que parecía negarse a entrar en sus falanges, cada vez más frías. –Annabeth yo…- ¿Cómo podía estar sudando tanto por la espalda en aquel momento? Ella necesitaba su ayuda, había sido sincera y necesitaba saber más de todo aquello, pero para ello debía de estar al menos a la altura de la situación que ella le planteaba. –Annabeth, te quiero- estaba claro que no era ni lo que iba a decir ni el lugar indicado para revelar aquella información, pero el resto de pensamientos de su cabeza estaban demasiado enrevesados como para que sus labios dieran forma a cualquiera de ellos. Tras una breve pausa decidió intentarlo por tercera vez –De verdad que valoro mucho que hayas venido en tu estado a tu cita conmigo Annabeth, lo valoro muchísimo- respondió al fin esbozando una sonrisa nerviosa –Así que creo que yo debería hacer algo también por usted ¿Qué le parece si acabamos estos deliciosos pasteles y la llevo a su mansión en mi carruaje? Está claro que necesita descansar después de tan agotadora semana mademoiselle y por supuesto podremos retomar la conversación en el trayecto, estaba siendo de lo más interesante, al fin y al cabo hay ciertos temas complicados de tratar con tan deliciosas tartas delante- responde mirándola seriamente a los ojos, intentando transmitir su interés de continuar con la conversación. –Estaré encantado de saber más de tan traviesas masscotas- ¿De verdad estaba dispuesto a conocer aquel extraño mundo? Un mundo en el que la simple superficie ya le daba pavor, aunque más miedo le daba aún dejar a aquella preciosidad frente a algo capaz de dejarla en tal estado.
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Dom Mayo 20, 2018 7:19 pm

Pillada estoy. Pillada, quemada, golpeada, maltratada y muchas "adas" más. Estoy en un momento de mi vida donde veo una encrucijada gigante de lo que quiero y lo que debo hacer. Y es más mi lado emocional el que me atrapa que el práctico. Me siento tan humillada -ahí está, otra "ada"- por lo acontecido en el nosocomio, por las heridas infringidas tanto en mi espíritu como en mi cuerpo. Que él apareciera para rescatarme es el peor fracaso desde que tomé Phoenix en mis manos. ¿Por qué? Por sus palabras. Me sentí tan capaz de avanzar en la vida sola, de hacerme cargo de todas las ocupaciones en mi mansión y en mi sociedad que me olvidé del punto más importante de todos: yo. Y sí, es mi persona la parte medular, sobre la que todo gira haciendo que las cosas funcionen. Si estoy mal, todos lo están. Mi agotamiento mental, físico y emocional da prueba de ésto. De que quise abarcar con mis cortos brazos un enorme reto que resultó ser mucho más grande que una ballena.

Fútil es mi intento porque todo salga bien, de que las cosas funcionen si mi propio ser carece de movilidad y de espíritu. Mis padres por eso participaban activamente coordinándose, apoyándose, equilibrándose. Estoy sola. Necesito un soporte a mi lado. Alguien que pueda comprender lo que me pasa, todos los enredos deben deshacerse entre dos o más personas y quiero abarcarlo todo creyendo que puedo y la realidad me abofetea en forma fantasmagórica una y otra vez. Causando daño en mi pómulo, en mi labio y en mi pierna. ¿Ves que no puedo sola? ¿Entiendes lo que necesito de ti? Es en este momento en que, sentada frente a la persona que se está convirtiendo en la parte más importante de mi existencia que comprendo que fui una tonta. Y esa persona eres tú. Quisiera que las lágrimas pudieran resbalar por mis mejillas para así paliar el dolor que tengo de sentirme derrotada.

Quisiera que pudieras tocarme, sentir tus brazos alrededor mío dándome la contención que necesito. ¿No entiendes cómo me siento? Es por mi propia falta de confianza en tu persona. Ahora lo sé. Te miro en tanto muerdo mi labio inferior sintiendo cómo el dolor me golpea el lado contrario de mis pliegues bucales herido de antemano. Antes de llegar hasta este lugar donde me esperabas con impaciencia, ya venía más que herida. Es contigo donde tengo un refugio el cual no quiero perder. ¿Cómo decírtelo sin que salgas corriendo? ¿Cómo hacerte ver hasta dónde mis ocupaciones limitan mis tiempos sin tener un espacio para verte con más frecuencia? Es ésta mi auto-penitencia. ¿Por qué? Por desear que mis padres se sintieran orgullosos y en algún lugar del otro mundo, sé que están gritándome para que pueda entender que mi vanidad no puede ser mi punto de apoyo. Te necesito, ¿Serás capaz de soportar toda la verdad?

Y héme aquí, frente a ti, sin saber qué decirte, qué hacer, limitada por una sociedad que me hostiga, que me obliga a ser la dama educada, culta, perfecta que ahora sólo soy un pálido reflejo de aquélla que te gustara para que empezaras a pretenderla. ¿De verdad te importa poco lo que los demás digan y sólo es mi palabra la que escuchas? Quisiera que fuera así realmente. Que no veas más allá de lo que los demás y que sean tus propios ojos los que me juzguen. Llamas mi atención pronunciando mi nombre, un éxito tras muchos fracasos que logré contigo. Que logramos juntos. Y como si mis padres decidieran darme una lección de humildad, pronuncias la frase más hermosa que jamás he escuchado en tus labios. Que me quieres. ¡Me quieres! - ¿Me quieres? - escucho esa pregunta al tiempo que mis propios temores son reflejados en ella.

Cual espejo, te hago saber que no entiendo por qué lo dices, que no lo logro comprender. La tan inteligente Annabeth De Louise sólo está en estos instantes acongojada y agotada, ¿Por qué me quieres? Quisiera decirte tanto, quisiera que todo ésto sea un mal episodio, que pasara el tiempo y voltear atrás teniéndote todavía a mi lado para recordarlo con diversión en tanto bromeamos. ¿Lo lograremos? - También te quiero, Bernard - susurro porque si deseo que ésto cristalice, tengo que ser sincera de una vez por todas, decirte todo lo que necesites para quitar la niebla y poder tener la visión completa - te quiero tanto que me duele, me duele no estar contigo, no dedicarte tiempo, tener que estar al pendiente de mis ocupaciones y relegarte a segundo término me lastima más que mi pierna herida, que mi labio roto o que el pómulo golpeado. Me duele no estar contigo - ahí está, vas bien Anna. Puedo decirte en realidad lo que me acontece.

Dejo que la saliva pase a trompicones por mi garganta cerrada haciendo que ese simple espasmo duela. - ¿Cómo no venir? ¿Cómo si te necesito más que el aire que respiro? - si te suena a poesía barata, ¡Qué suene así! Porque es la verdad. Ya necesito verte tanto que me es imposible concentrarme y pensar en algo que no seas tú. ¡Tienes la culpa! Has sido tan maravilloso, tan agradable la mayor parte del tiempo que todo ésto de anoche es una carga que debo quitarme de los hombros para convivir contigo. Propones irnos, voy a decirte que sí con mi cabeza cuando escucho que iremos a "mi" mansión. Eso significará que todos te mirarán, que él se hará presente y lo arruinará todo. Gimoteo llevándome las manos al rostro antes de siquiera pensar en alguna solución. ¿Tengo que decirte todo respecto a Phoenix? Lo haré.

Mis traviesas mascotas, claro. Perros, gatos, arañas, serpientes, de todo hay en mi hogar. Quisiera tener otra solución para no llegar a él y de pronto, como si la luz se encendiera en mi cabeza, pienso en algo que alarga mis labios para sonreír, te miro como si fueses tú el único escape de mi locura - te lo conmuto Bernard. No quiero ir a mi casa a seguir solucionando problemas. Quiero paz. Quiero estar contigo. Y que tiemble la tierra, estallen los volcanes y el cielo se caiga porque te propongo llevarme a tu casa. Quiero ir a tu casa, donde nadie nos vea, donde pueda tocarte, donde pueda dejarme envolver por el sueño entre tus brazos. ¿Suena demasiado atrevido? Castígame entonces. Sólo quiero demostrarte que esta vez, no voy a mentirte ni a ocultarte nada. Castígame si soy una impertinente, más quiero ir contigo a donde sea, sólo que la condición es que nadie nos moleste - mi voz se rompe al final, como un vidrio golpeado por un martillo. Es mi propio ego el que ha sido machacado. Es mi propia autoestima la que necesita ser restaurada y sé que sólo contigo podré rehacerme.


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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Lun Mayo 21, 2018 5:45 pm

Bernard tuvo un pequeño bloqueo tras aquella confesión tan espontánea como innecesaria. Se había jurado y perjurado no utilizar aquella frase demasiado pronto y hacerla por primera vez en el momento más adecuado, con un ambiente preparado para que fuera un momento inolvidable en la relación de ambos, para al final no hacer una cosa ni la otra, normal que la dama reaccionara de aquella manera, era del todo impropio, del todo absurdo y fuera de lugar. Estaba claro que  lo que menos necesitaba en aquel momento era que la atosigara con sus impaciencias y sus prisas, incapaz de esperar y respetar los tiempos. Desde luego que sonaba mucho mejor aquella frase de aquellos dulces labios, unos labios que para el licántropo seguían siendo los más apetecibles de besar incluso magullados. Aquella pregunta sonaba asustada y nerviosa, pero también anhelante. –Te quiero Annabeth de Lousie- repitió con mayor convicción contestando a la pregunta de ella. Lo había dicho, lo sentía y no había necesidad de ocultarlo más tras una fachada que empezaba a resquebrajarse ante la luz de esos ojos azules imposibles.

Sonríe como hacía años que no lo hacía, feliz, realmente feliz por primera vez. No podía haber una respuesta más maravillosa de la más maravillosa de las damas. Ojala pudiera besarla ahora mismo como le pedía cada una de las fibras de su cuerpo, como la sociedad le pedía que no lo hiciera porque era una falta de respeto, una falta a su honor y a la honra de ella, un pecado, un ultraje, una locura, una impertinencia. Por lo que contraviniendo todos y cada uno de sus impulsos, aprieta las manos de ellas con aquella boba expresión en el rostro, lo único que podía hacer para demostrarle lo inmensamente feliz que lo hacía esa simple frase. No obstante, revelándose levemente, coge las manos de la aristócrata, ocultándolas bajo la mesa para poder acariciarlas y apretarlas de un modo mucho más íntimo.

Le encoge el corazón la pena con la que la dama le habla sobre su ocupada vida, sus inacabables tareas y todas las responsabilidades que la acorralan. Hace que se sienta un idiota por estar a punto de haberse enfadado por la poca disponibilidad de la dama cuando posiblemente le esté entregando el cien por cien de su tiempo libre si no más. –Te quiero Annabeth y te lo he dicho hoy porque por primera vez en dos meses puedo al fin verte tal y como eres. Llevas dos meses intentando ser la dama más perfecta y educada de esta ciudad pero tú no eres perfecta, tu eres Annabeth de Louise y eso es mucho mejor- le sonríe bajando la voz, dándole un tono más íntimo a la conversación. –Es el primer día que me dejas ver a la maravillosa y sensible mujer que se asfixia tras esa aristócrata intachable. Si no puedes con todo descansa, respira y déjame ayudarte- continúa intentando animarla. –Mi único interés es hacerte feliz aunque sea por mi egoísta deseo de disfrutar de esa hermosa sonrisa que me alegra todas las semanas- susurra aún más cerca de ella.

El gesto de cansancio de ella al nombrar su casa le rompe el corazón. Entiende que es el epicentro del terremoto que ahora la golpea de alguna forma, de toda aquella tensión que  aguantaban a duras penas aquellos pequeños hombros. El símbolo de gran parte de lo que le ocurre aquella preciosa tarde de primavera tan poco acorde con el temporal que se ha desatado dentro de su compañera. -Annabeth- responde repentinamente serio –Si el cielo tiene que desprenderse sobre nuestras cabezas, si el mar se desborda por esto y los infiernos se desatan y se abren de par en par, que sus jinetes vengan a buscarte entre mis brazos- hace una pequeña pausa –Señorita Annabeth de Louise ¿le gustaría acompañarme a mí casa esta tarde de primavera?- responde con un brillo de ilusión y alegría despedida en los ojos. –Suena simplemente maravilloso-

De manera casi dolorosa, se aleja un poco de la dama, entrando en una banal conversación sobre “La divina comedia” el libro que habían pactado comentar esa semana, un tema humanista y sombrío bastante acorde con el estado de su acompañante. Tras unos pocos minutos prudenciales en los que la merienda ha desaparecido de los platos, Bernard se dirige de manera segura a la camarera –Mademoiselle apúntelo todo a mí cuenta por favor. La señorita no se encuentra bien y voy a acompañarla a casa. Demasiado mal se encuentra la señorita como para torturarla con más tiempo de mi aburrida diatriba- sonríe el caballero de manera cortés. –Le prometo que es la mejor tarta de durazno que he probado en mi vida.- Acto seguido, coge su sombrero de copa y ayuda a su acompañante a levantarse, dejando el brazo bien rígido para que ella encuentre en el apoyo a su dolorida pierna. Sale del local intentando que el paso sea cómodo para su lesión, avanzando los pocos metros que le separan del carruaje, al que la ayuda a entrar con infinito cuidado. –A casa garçon- es lo último que dice dándole la dirección, antes de dirigirse a su asiento.
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Mar Mayo 22, 2018 4:36 pm

Se me mueve todo el piso cuando me tocas, cuando me sonríes con esa expresión soñadora que grabo a fuego en mi corazón para que se quede ahí por siempre. Atesorando este momento como nunca, agradeciendo el acudir a esta cita porque de haber faltado no me habrías aclarado cuánto me quieres y que es un cariño igual o muy parecido al que te tengo. Aunque eso de que soy una chica ordinaria y no la dama que me he esforzado por ser para ti me deja muy insatisfecha. Procuraré compensarte este momento en el futuro. Quizá con ese vestido que me trajeron de Italia que seguro te dejará boquiabierto como hace una semana lo hizo el color marfil que tanto te gustó. Soy coqueta por naturaleza, me encanta arreglarme para agradar a la vista, más cuando se trata de ti, me esmero en demasía. Por eso es que ahora mismo me siento como una zarrapastrosa horrible y poco bella.

Importa poco que intentes consolarme diciendo que así te muestro a la verdadera Annabeth porque estás equivocado. La verdadera mujer que me jacto de ser, lo demuestra con cada atavío que atrae miradas y te hace anhelar que vuelvas a verme. ¿Acaso lo hice mal todo este tiempo? Estoy segura que no. - Prefiero mostrarte a la maravillosa y sensible mujer que hay en mí en uno de mis vestidos más bonitos - refunfuño con el típico gesto Moncrieff en mi rostro bajando un poco la cabeza abochornada por mi rabieta. Más es así, quiero que cada día estés orgulloso de tenerme como tu compañera, como tu novia. ¡Dios, qué cosas pienso! Siento mis mejillas teñirse de rosa pasando al rojo intenso sólo de recordar ese término: "novia". ¡Estoy demasiado descolocada si estoy ya pensando en dar otro paso en esta relación! Aunque si lo medito, el que tú hubieras iniciado estas confesiones locas, significa que tú estás ya listo para ello ¿O no?

Y cada frase que dices con esa voz que encandila mis oídos, con esos ojos verdeagua que me fascina observar y que me atrapan, me hacen detestar que tengamos que elegir un lugar tan público para estar juntos. ¿No podemos irnos a algún lugar discreto donde pueda rodear tu cuello con mis manos y hacerte saber cuánto es lo que siento por ti y que nos olvidemos de todo lo que nos acontece para que me tomes la nuca como es tu costumbre para detener mi voz y derretir mi alma con uno de esos besos tuyos que me hacen olvidar todo lo que no sea tu aroma, tu sabor y cómo es que me siento a tu lado? Te quiero tanto que ni siquiera que ocultes a los ojos de los demás nuestras manos para acariciarlas como si no hubiera mañana me es suficiente. No me basta con ésto. Quiero que me contengas como prometes, que me abraces contra tu pecho dejándome olerte y sentir tu calor.

Estoy que me muero por ti. ¡Qué pena que lo piense! ¡Qué atrevida que soy! Lo único "bueno" es que no lo he dicho en voz alta porque si lo hiciera seguro que te pondrías de mil colores. Eso me agrada, que seas tan varonil y al mismo tiempo tan tímido, tan preocupado de nuestra imagen ante la sociedad. Y como si te hubiera dado cuerda, como un juguete de relojería, me propones ir a tu casa para hacer que mi risa emerja de mi boca un poco más alta de lo normal de la alegría que me causa que estés en sintonía con mis propios deseos. Me llevo una mano a la boca para acallar la risa tonta que tengo, de pura felicidad he de reconocerlo. Mi colmillo atrapa mi labio inferior como acostumbro cuando estoy nerviosa moviendo la cabeza de arriba a abajo para demostrarte en silencio que estoy de acuerdo en fugarnos y hacer una locura donde nadie sepa dónde buscarme y estar rodeada por tus brazos, el mejor de los planes dichos por tu voz es el que quiero seguir sin mirar atrás.

Cuando veo que te alejas, quisiera retenerte, más hay algo en tu mirada, en ese verde que domina sobre el azul que voy reconociendo como parte de ti cuando estás planeando algo más acorde al atrevimiento mismo que a la cordura que tanto he tenido que desatar como si fueran los nudos de una madeja de hilos, lo que me da la esperanza de que estás preparando el terreno para irnos. Y la conversación se torna algo más común, donde puedo relajarme contigo, hablando sobre el libro de la semana, dándote mis puntos de vista y escuchando los tuyos. ¿Hay algo más bello que compartir nuestra pasión por los libros? Por supuesto que sí, más el lugar no es el propicio para ello. A ojos vista, seremos una pareja que gusta discutir sobre las lecturas y que no tienen más interés que en degustar sus bebidas y los pastelillos que madame Abbes prepara para nosotros.

Estoy terminando mi último pedazo de tarta cuando escucho que pides la cuenta. Escucho tus excusas sobre que me siento mal y por un momento pequeño te observo con el típico gesto Moncrieff en mi rostro hasta que tus ojos verdáceos me observan haciéndome saber que ahí está tu salida. Así que pongo mi cara de cansancio más creíble para asentir a la camarera que me mira comprendiendo que estoy agotada. Y sí, más no sabrá que es de estar fingiendo a la vista de todos que soy la más correcta dama de sociedad cuando en realidad sólo quiero estar por fin entre tus brazos. - Entiendo, mademoiselle, espero que se recupere y me da mucho gusto que el caballero le acompañe - susurra con empatía en tanto sólo puedo asentir con la cabeza y los ojos agotados que pareciera que se me cierran - gracias madame Abbes. Le pido por favor que se encargue de mi Thunder. Mañana le mando el dinero para sufragar los gastos que erogue mi pequeño - la dama le quita importancia al asunto moviendo la mano para incitar a que nos vayamos.

Así que me pongo en pie con tu ayuda tomando mi sombrero para colocarlo sobre mi cabeza y luego, tomar tu brazo para caminar con tranquilidad agradeciéndote con una simple mirada lo bueno que eres conmigo. Pronto logramos estar frente al carruaje, logro colocarme dentro con un suspiro de alivio cuando por fin me acomodo. Llevo una mano a mi muslo para darle un consuelo al dolor que me mantuvo todo el tiempo rígida en cierta manera. Te observo subir tras hablar con el cochero para sonreírte con diversión - supongo que éste es el escape perfecto, ni siquiera mi ama de llaves sabrá dónde estaré, ¿Debería mandarle una carta? Me parece que lo haré cuando lleguemos a tu hogar con este cochero. No quiero que nos interrumpan, más tampoco quiero que se preocupe tanto porque me escapé - confieso con un profundo suspiro.

Repaso mis palmas sobre las enaguas de mi falda contra el muslo lastimado al tiempo que te observo curiosa - pues satisface mi curiosidad. ¿Dónde vives? Ya viste mi hogar, más no sé nada del tuyo. Y por favor dime que no eres un mal hombre que estuvo todo este tiempo ganando mi confianza para después raptarme y cobrar un rescate por mi persona -porque sería el colmo. Tanto es lo que siento por ti para que al final resulte que me has engañado sería doloroso. - No creo que me duela tanto que cobres rescate por mí, más la traición no me gusta - me muerdo el labio inferior con cierto cansancio pensando que también tuve omisiones. Más no creo que sean tan tonta como para juzgarte tan mal. ¿O sí?


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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Bernard Favre el Miér Mayo 23, 2018 7:37 am

Me es complicado dejar de mirarte, aparentar normalidad ante una mujer tan excepcional como tú ¿Cómo volver común algo tan sumamente especial como eres tú mademoiselle? Llevo dos meses a tu lado, un tiempo dolorosamente corto, cierto y tal vez por eso aún me quita la respiración esos ojos de un azul imposible, enmarcados por aquellas kilométricas pestañas que te empeñas en resaltar, atrapándome, condenándome a ser tuyo con un simple y breve aleteo de ellas, aunque dudo profundamente que algún día me pueda acostumbrar a semejante dama, a tan indomable carácter escondido tras la cara más dulce de París, a tus devastadoras caricias, capaz de crear torrentes de sensaciones con el más leve gesto de tus dedos sobre mi piel, al aluvión de sensaciones que me deja cercano inconsciencia a la que me transportan los besos que son capaces de dar aquellos labios prohibidos. Simplemente no me creo capaz de liberarme del hechizo a la que mi Dafne particular me había atado.

He ahí tu indomable carácter de leona, de tigresa, de loba indomable que reacciona ante mis palabras con bravura y genio. Me encantas ¿acaso no te das cuenta? Ni reñirme suavemente como ahora pues hacer sin que me hagas sonreírte. Lo único que consigues es que mis ganas de besarte para acabar con aquella fútil protesta y demostrarte con hechos lo que no puedo con palabras, que para mí eres única, que a ninguna otra dama por más noble y bella que sea podría compararse a tu porte y elegancia llevando el mismo atuendo y que ningún vestido por obra del más fino artesano que exista sobre la tierra podrá compararse a las manos de Afrodita que labraron tu cuerpo ni a las dotes que Atenea guardó a buen recaudo en tu psique. –Me has entendido absolutamente al revés – río conciliador al ver esa preciosa cara irritada. –Eres simplemente la dama más preciosa de esta ciudad en cualquier circunstancia, aunque admito su titánico esfuerzo porque el envoltorio esté a la altura de la absoluta exquisitez a la que envuelve.- Intento explicarme más sigo sin poder transmitirte todo lo que me provocas.

El camino hasta la puerta del establecimiento se me hace eterno, cada una de mis células me pide que acelere el paso, no pueden más con la agonía de no besarte, de no estrecharte contra mí, pero sé que estas herida, aquel olor me sigue preocupando, aquellas heridas me inquietan, dejan traslucir una vida que me tendrás que explicar en no demasiado tiempo, pero mi prioridad ahora mismo es curar aquella parte de ti de la que sé que puedo encargarme mejor que nadie, mejor que cualquier médico que puedas pagar, mejor que cualquiera de tu servicio y solo verme capaz de tal responsabilidad me hace sonreír de nuevo como un niño mirando tu bello rostro.

Al fin me acomodo junto a ti en el carruaje. Cierro las cortinas dándonos la intimidad que tanto ansiamos unos minutos antes de alcanzar al fin la privacidad total. Es el primer día desde que te conozco que ansío volver a casa y es que esta vez vas a mi lado en el camino de vuelta. Un profundo calor se apodera de mí, volviendo la escena, más confusa, más irreal mientras me acomodo a tu lado, -Relájese mademosille- sonrío mientras me acomodo a tu lado, -Ahora todo en lo que debes pensar Annabeth es en relajarte, aunque me parece bien que mandes esa carta para no preocupar en demasía. Tal vez podía dejar la dirección en blanco para evitar interrupciones- sugiero sugerente mientras mi rostro se va acercando al tuyo hasta depositar un tibio y suave beso en la zona de los labios menos maltratada.

Se me escapan unas descontroladas carcajadas que me permiten mitigar levemente el nerviosismo de la locura que estamos a punto de cometer, una locura tan dulce y hermosa por la que merecería la pena pasar los siguientes lustros en el manicomio. Si la sociedad lo veía mal es que no se estaba fijando en lo realmente importante, si a su santísima majestad le incomodaba su comportamiento, que mirara hacia las muchas faltas de sus propios obispos.

Soy casi un testigo mudo de como mis propios dedos toman tu rostro con suavidad, acercándolo hacia el mío con infinita suavidad aunque con decisión mientras contesto a su irreverencia con mi atrevimiento –Un poco de paciencia Annabeth, aunque ya le aclaro que después de ver su palacio mi humilde morada le parecerá menos que un cuchitril.- Contesto mientras rozo levemente tu nariz con la mía. -No sé preocupe mademoiselle, lo único que deseo conseguir de usted está ahora mismo justo a mí alcance.- Sentencio mientras mis labios sellan los suyos con un contenido beso, intentando evitar dañar aún más sus heridas mientras mis dígitos avanzan hasta acariciar tu sensible nuca, entregándome a ese olor que me conquista, intoxica, envenena y abduce sin que yo pueda hacer nada por evitarlo. –Te quiero- suspiro en tus labios antes de continuar besándote con el dolor que producen las ganas tanto tiempo contenidas.
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Re: La belle et les bêtes (privado)

Mensaje por Annabeth De Louise el Miér Mayo 23, 2018 11:20 am

"Lo que quiero es estar contigo siempre, siempre
y hacer a un lado lo que piensen los demás.
Es tu belleza la frecuencia que me trae tan loco
pon de tu parte, para ver ¿Qué pasará?"


Debería estar en un carruaje rumbo a casa, debería estar comportándome como mi madre me enseñó durante tantos años y no en este sitio contigo. Es lo primero que pienso cuando veo que vas cerrando las cortinas para dar lugar a una intimidad que sólo provoca un hueco en mi estómago a sabiendas de lo que a continuación se aproxima al tiempo que me pides que me relaje. Voy a soltar algo que seguro hará que vuelvas a pensar en la clase de mujer que tienes ahora a tu lado cuando como si fuera una cámara lenta, vas acercando tu rostro al mío. El pecho me duele, me falta la respiración hasta que por fin la distancia se termina y puedo sentir el roce de tus labios contra los míos, paladeo el café de éstos en unión al dulce que elegiste. Los pliegues de mi boca se mueven temblorosos en tanto mis propias manos les imitan antes de que por fin, se sujeten a los laterales de tu levita con anhelo como si fuera la tela una tabla de salvación.

El miedo es una sensación que contigo ha pasado a segundo término. Paso a paso vamos reafirmando lo que me parece correcto, un contacto entre dos personas que van conociéndose y queriéndose. Porque te quiero, de eso no hay lugar duda. Te miro reír sin comprender el qué es hilarante de todo ésto cuando lo último en lo que puedo pensar es en emitir un sonido demasiado alegre porque la mayor parte de mi ser está ansiosa de sentirte. Mis ojos azules se vuelven curiosos en tanto te recorro el rostro con éstos, la barba que me encanta y que se nota el empeño que pones en arreglarla cada vez que nos vemos. El contacto de tus dedos contra mi rostro para acomodarlo a tu gusto y placer me provoca una sonrisa ansiosa, mi colmillito muerde mi labio inferior sin saber qué hacer con las manos inquietas que mejor siguen a buen resguardo sobre mis enaguas habiendo abandonado el calor de tu pecho. - Cuchitril, habitáculo muy pequeño, especialmente si está sucio o descuidado - mis ojos se abren demasiado al pensar en que tu hogar puede tener esa descripción.

Incluso te observo con curiosidad, misma que se esfuma con tu contacto nariz con nariz, ronroneo cerrando mis ojos para sentir mejor la caricia antes de que mis pestañas se levanten buscando de nuevo tus ojos verdeagua que esta vez están más cerca, se cierran, un gesto que imito al tiempo que tu boca toca la mía causando un escalofrío que recorre mi cuerpo desde el punto donde tu piel hace contacto con la mía. Podría sentir que mi constitución física colapsa cayendo de espaldas más el roce de tus dedos sujetando mi nuca, evita que pueda escapar de tus labios, del aroma que me atrae como polilla a la flama, de las atenciones dulces que se hacen adicta. Cada roce es mejor que el anterior, no quisiera terminar con ésto y cuando te separas mis manos vuelven a sujetar los extremos de tu levita como si te exigiera que vuelvas.

Sólo es un impulso que se derrite cuando vuelves a repetir las dulzuras de esas palabras que hacen latir mi corazón como potro enloquecido que avanza a todo galope nublando mis sentidos para que sólo existas tú, mi adorado caballero, mi romántico hombre que trae flores de vez en vez conquistando más mi amor. Haciendo que el tiempo pase como agua entre los dedos y cuando te vas, pase tan lento como la tortuga que quiere llegar al mar. El beso se intensifica, aprendo poco a poco a satisfacer lo que demandas con movimientos silenciosos, con roces que estremecen cada fibra de mi piel antes de que un gemido gutural emerja de mis labios cuando los abandonas. Mi cabeza se recarga en tu hombro cerrando el telón de mi escenario visual para refugiarme por fin entre ellos.

Recargando mi nariz contra tu cuello, mis manos bajan deslizantes por tu tórax hacia tu abdomen plano para refugiarse tímidas en tu espalda uniendo las falanges entre ellas para no soltarte. Lleno mis pulmones con tu fragancia que tiene oculta un aroma a las pieles que manejas en tu negocio, aunada a tu propia esencia que se me antoja compararla con algo salvaje y perenne. Con unas notas entremezcladas de bosque y aromas propios de los árboles, del pino y el arce antes de que tu corazón atrape mi oído. El constante golpeteo me arrulla. Puedo sentirme más alegre y segura sólo por compartir contigo este momento que va calmando todas mis inquietudes, mis miedos y nerviosismo. El estrés va disminuyendo conforme el tiempo pasa así, en total quietud.

Noto que nos detenemos, el tiempo que pasó en el trayecto me parece que lo pasé dormida. ¿Cuándo fue que bajé tanto las defensas para permitirme dormitar? Te observo con cierta congoja al tiempo que me preocupo por tus pensamientos - lo siento, me he quedado dormida. Ni siquiera lo noté. ¿Me disculpas? - susurro bajo tallando mis ojos con los puños antes de que un impertinente bostezo me obligue a llevarme una palma para contenerlo. Por curiosidad reviso que las ventanas todavía están cubiertas. Quiero saber dónde vives. Ese pensamiento alegra mi corazón. ¡Estaré en tu casa! En tu hogar donde podré olvidarme de todo para sólo quedarme contenta igual que en este vehículo, segura entre tus brazos.

Cuando por fin bajo del carruaje habiendo arreglado algo el sombrero, escribo rápido la nota para Madame Violet dándosela al cochero - por favor lleve ésto a la Mansión De Louise, está a las afueras de la ciudad, recorriendo la calle de Lorena y un favor más, si preguntan, no responda nada. Aquí está explicado todo. La deja y se retira - el hombre asiente tomando la nota para irse. Entonces sí, puedo voltear hacia tí para tomar el brazo que me extiendes seguro y confiado para mirar tu hogar con alegría - veamos a qué te refieres con "cuchitril". Avisado estás que no soy buena ni para sacudir los cojines - advierto porque las actividades caseras escapan de mi comprensión y mi paciencia. Demasiado inquieta soy como para hacer ese tipo de quehaceres tan repetitivos.


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