Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Caminante no hay Camino - privado

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Caminante no hay Camino - privado

Mensaje por Fergus Sinclair el Miér Mayo 30, 2018 9:10 am

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar…”


¿Qué era lo que necesitaba? Ni yo mismo lo sabía en ese momento, pero algo tenía claro cuando lo vería y sabría qué era eso que necesitaba, el último tiempo mi vida había cambiado de la noche a la mañana. El comienzo de aquel lugar era casi oculto para cualquier parisino el mercado ambulante estaba por todos lados mi izquierda y la derecha repleto de puestos que vendían de todo lo imaginable y lo no, pero andaba en busca de algo especial para Pascalle y Fyn, ya que estaban de aniversario y en mi hogar, allá en mi antiguo hogar mis padres siempre le hacían un regalo y claramente yo no me quedaría atrás. Agradecía aquella educación que me habían dado, el trato con los criados era casi como tratar a un amigo, el respeto estaba por delante de todo lo que conocía en mi familia, menos por las bestias nocturnas que tanto aborrecía. Pero no era tiempo de pensar en aquellos, era de día y el sol estaba tras mis hombros eso hacía que mi cuerpo, mi alma y mente se relajaran de alguna medida. El calor primaveral era algo agobiante y no quería pensar como sería el próximo verano. Mi mente jugaba con las ideas claras que llevaba, menee la cabeza de lado a lado sacando todo pensamiento vago de mi mente, como si se escaparan al moverme, reí ante el pensamiento sin sentido que había tenido y luego volví a poner mi rostro rígido.

Me abrí paso entre la multitud que se aglomeraba en puntos estratégicos bloqueando el paso a los que tan solo caminábamos en busca de algo único e inigualable. Me detuve en un puesto de reliquias de tiempos lejanos quizás ahí logre encontrar lo que aún no sabía que necesitaba. Tome entre mis manos una escultura de cristal, muy delicada y sin definición a mi parecer la estudie pero no, no, cabía en lo que tenía en mente. El vendedor me hablo que era del rey de no sé dónde que la había comprado para no sé quién en un tiempo donde aquellos regalos eran exclusivos, levante una ceja y deje aquella escultura en su lugar, no me creía aquel cuento banal y sin sentido. Seguí observando la improvisada mesa que tenía aquel caballero de aspecto sucio pero de finas manos, si siempre algo me llamaba la atención de las personas y aquel hombre nunca le había trabajado un día a nadie, lo sabía. Había una caja de madera con incrustaciones de plata, con una gran flor de Liz en la cubierta que llamaba demasiado la atención a mi criterio, la abrí y pude ver que su interior estaba forrado por una tela muy roja tan parecida al color carmesí de la sangre que brotaba de las venas de cualquier mortal, el vendedor empezó hablar de donde había conseguido aquella caja, pero sinceramente poco me interesaba saber su origen hasta que vi el nombre, D'Artagnan que estaba grabado en una esquina de la flor de Liz casi invisible pero me había llamado la atención. De seguro a algún caballero le había pertenecido, aquel nombre venia y se iba de mi recuerdo, recordé la historia en ese momento del rey Luis XIV… estaba seguro que mi padre me había hablado de D'Artagnan, como fuese llegaría al fin del asunto en cuestión. Pague al vendedor una suma más de la que me había dicho, ya que una parte de su historia parecía ser real. Tome la caja y la puse bajo mi brazo, no era más grande que mi pie ni muy pequeña como mi mano, tenía la medida justa ¿para qué? Eso lo averiguaría. Seguí mi caminar observando en completo silencio cada puesto comercial, frutas, verduras, artilugios esotéricos, joyas, artesanía, animales, telas, vestidos, sombreros. Definitivamente en ese lugar encontraría algo con un sentido especial.

Me detuve nuevamente frente a un puesto que traía artículos de la india, con llamativos colores, aromas que embriagaban y hasta podrían dar un gran dolor de cabeza, artículos dorados con perlas de diversos colores aquello hizo que a mi mente se viniera el recuerdo de mi querida amiga Sophia, que prontamente estaría de Cumpleaños, de seguro que le gustaría alguna de estos artículos, sin soltar la caja tome entre mis manos una lámpara para inciensos el tallado era muy delicado y fino brillaba tanto como el sol de la mañana y parecía ser un imán para mis ojos, deje aquella en su lugar y luego vi otra pequeña caja, donde seguramente un anillo o un prendedor caerían en su interior. Al momento que estire mi brazo para alcanzarla una mano se me adelanto y la tomo primero. Demonios, pensé. Mientras me quedaba viendo al que se me había adelantado.


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Re: Caminante no hay Camino - privado

Mensaje por Aimée Leblanc el Lun Jun 18, 2018 11:39 pm

Nunca había sido de esas “señoritas” que se quedan quietas o que están todo el tiempo buscando algún chisme jugoso que contar, para mi buscar “nuevas aventuras” como solía llamarlo mi padre era mejor que quedarme en donde sea que nos hospedáramos y ahora de regreso en Paris estar casi todo el tiempo en el hospital con las monjas era mejor que estar en casa o con esas chicas que se reunían a la hora del té a hablar de quién salía con quién y si dejaron plantada a saber quién. No, esa no era yo, a mí no me gustaban esas cosas y para mi padre había sido totalmente en vano intentar introducirme en ese mundo, en esa clase social tan artificial que hasta escalofríos me provocaba, para mí la casa era como un lugar más que visitaba, además el recuerdo de mi padre y su esencia aún estaban muy presentes ahí y eso solo hacía que sintiera ganas de quedarme en cama todo el día. Si tan solo hubiera podido hacer algo más por él, si tan solo hubiera tenido la mitad del conocimiento que tenía ahora, tal vez él no habría muerto o al menos no de esa manera.

Por suerte para mi y desgracia para mi tío, la nana necesitaba ir al mercado a comprar algunas cosas o a media semana nos quedaríamos sin comida, digo desgracia para mi tío porque justo ese día quería que lo acompañara a hacer unos encargos, sobre todo a ver a la modista, pues según él mis vestidos eran más sencillos de lo que una señorita de mi clase debía usar, pero estando todo el día en un hospital curando gente no requería de una vestimenta muy ostentosa, pero él no lo veía así. Para François Leblanc estar todo el día en un hospital lleno de gérmenes no era otra cosa más que un capricho por parte de su sobrina, además decía que lo único que quería era llevar a cabo los últimos deseos de mi padre. Encontrarme un buen prospecto, alguien que se encargara de todos los negocios cuando mi albacea –o sea él- muriera. Convencer a mi nana de que me dejara acompañarla no fue para nada complicado, ya la tenía medida y las dos lo sabíamos, además no íbamos solas, mi tío no tendría por qué enojarse.

Me alegre de haber elegido un vestido de tela ligera pues el sol resplandecía en lo alto y el calor de la estación se hacía cada vez más presente. Deje que Laoghaire se adelantara junto con Claude a comprar lo que necesitaban para la casa y mientras yo me dedique a ver lo que aquellos sencillos pero bien surtidos puestos tenían para ofrecer, no hacía falta más que ver a una joven bien vestida para que los comerciantes le ofrecieran telas, sombreros, joyas que no parecían muy reales e incluso hubo quien se acercó a venderme algo como un lagarto. ¿Para qué querría yo un animal así? Me pregunte pasando la punta de los dedos por la áspera piel del reptil, seguramente terminaría de causarle un ataque a mi tío con una criatura así. Me aparte de todas esas personas que se acercaban a ofrecerle su mercancía a todo el que pasara frente a ellos y camine con cuidado entre la multitud, mi padre había sido un excelente comerciante y me había enseñado a identificar cuando un artículo era genuino y a no creer todo lo que te contaban sobre éstos, aunque yo misma guardaba en mi habitación una zapatilla de cristal que decían era de la auténtica Cenicienta, un peine mágico y muchas otras cosas que mi padre me regalo en cada uno de mis cumpleaños, objetos que reales o no, conservaba con mucho cariño y recelo.

Me detuve en algunos de los puestos mirando lo que tenían, evaluando si eran auténticas antigüedades o solo una imitación, una caja musical con grabados de oro, una muñeca de porcelana que decían había pertenecido a la hija de un emperador, un juego de muñecas rusas que pertenecieron a la zarina Catalina la Grande y muchas cosa más, en un lugar tan grande como ese podías encontrar todo tipo de artículos y todo tipo de historias, esas eran las que me atraían a mí, incluso más que el brillo de los objetos, sin embargo me detuve frente al colorido puesto de un hombre que tenía cosas de la India, todo tan colorido y llamativo. Pase los dedos por la superficie brillosa de un par de objetos pero extendí la mano para alcanzar una pequeña caja que llamo mi atención justo en ese momento, algo en ella me hizo pensar en mi padre, cuando la levante note que otra persona había intentado lo mismo, levante la pequeña caja y me gire un poco para ver a aquel hombre, sonreí levemente y le mostré la caja. –Disculpe, creo que la he visto primero –sonreí levemente notando la otra caja que llevaba en la mano, la cual me llamo aun más la atención-, pero si me dice donde ha conseguido esa otra caja, tal vez podamos llegar a un trato –eleve un hombro esperando una respuesta de aquel extraño, mis ojos se posaron de nuevo sobre la otra caja, era evidente por los grabados en plata que era valiosa, tal vez no muy antigua pero si valiosa-. ¿Le parece?


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Aimée Leblanc
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