Victorian Vampires
PARÍS, FRANCIA
AÑOS 1800

Nos encontramos en París, Francia, exactamente en la pomposa época victoriana. Las mujeres pasean por las calles luciendo grandes y elaborados peinados, mientras abanican sus rostros y modelan elegantes vestidos que hacen énfasis los importantes rangos sociales que ostentan; los hombres enfundados en trajes las escoltan, los sombreros de copa les ciñen la cabeza.

Todo parece transcurrir de manera normal a los ojos de los humanos; la sociedad está claramente dividida en clases sociales: la alta, la media y la baja. Los prejuicios existen; la época es conservadora a más no poder; las personas con riqueza dominan el país. Pero nadie imagina los seres que se esconden entre las sombras: vampiros, licántropos, cambiaformas, brujos, gitanos. Todos son cazados por la Inquisición liderada por el Papa. Algunos aún creen que sólo son rumores y fantasías; otros, que han tenido la mala fortuna de encontrarse cara a cara con uno de estos seres, han vivido para contar su terrorífica historia y están convencidos de su existencia, del peligro que representa convivir con ellos, rondando por ahí, camuflando su naturaleza, haciéndose pasar por simples mortales, atacando cuando menos uno lo espera.

¿Estás dispuesto a regresar más doscientos años atrás?



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Mensaje por Årsland P. Byström el Mar Jun 12, 2018 11:49 pm

El mundo es un lugar desagradable, y quien opine lo contrario, o bien se está engañando a sí mismo, o ha tenido la suerte de nacer en una posición privilegiada. En su caso, siempre había tenido los pies bien anclados en la tierra, y por eso mismo sabía de primera mano las miserias que realmente existían. Y por supuesto, la palabra suerte jamás había existido en su diccionario. No es que este hecho le pareciera agradable, ni mucho menos -soñar es gratis, y a él, tanto como a cualquiera, le hubiese encantado que las cosas le fueran mejor-, pero la única forma de sobrevivir a tanta decepción era aceptar la realidad que le tocaba. Y la suya era la que era. Vendía su cuerpo a cambio de dinero para poder sobrevivir y darle un techo a la única familia que le quedaba. No era algo de lo que estuviera especialmente orgulloso, pero tampoco sentía la necesidad de negarlo, o esconderlo, o avergonzarse por ello. Al final, no era más que una patética persona más en un universo que no conoce límites. ¿De qué serviría quejarse? Sus lágrimas no conmoverían a nadie, pero sí le harían verse mucho más débil, y eso sí que no podía permitírselo. Porque los fuertes aprovechaban cualquier oportunidad para pisotear a aquellos que consideraban más blandos. Y a él aún le quedaba algo que necesitaba proteger. 

Pero no siempre es fácil hacerse cargo de alguien más pequeño y delicado que uno mismo, especialmente cuando tu trabajo te lleva a tener que involucrarte con personas de bastante mala calaña. No conocía bien cómo eran los clientes de otros de su misma... profesión, pero en su caso, en general, no es que pudiera alardear de la grandeza de aquellos que compraban sus servicios. Los deseos de pasar la mayor parte de su tiempo con su hermana lo habían llevado a rechazar el trabajo en un burdel como opción, así que su clientela no gozaba de una buena reputación, precisamente. No podía quejarse de las sumas que obtenía, pero en muchos casos, eso implicaba tener que satisfacer fantasías bastante más peligrosas que con las que se habría cruzado de haber sido representado por un "local" en concreto. Tampoco ayudaba mucho su excesiva terquedad, y ese ego que le hacía repetirse a sí mismo que no necesitaba a nadie más que a sí mismo para protegerse. Pero era lo que había elegido, y aceptaría su destino. En parte porque a aquellas alturas no creía poder/saber hacer ninguna otra cosa; y por otro lado, y aunque lo negara, porque ya se había resignado. Moriría siendo un cualquiera, pero mientras eso ocurría, se esforzaría porque su hermana tuviera al menos una vida mejor que la que él había tenido que llevar. 

Claro que no siempre resultaba sencillo evitar los problemas, y mucho menos pasar desapercibido ante aquellos que acababan obsesionándose con él. No es que le supusiera un mayor problema la mayor parte del tiempo: mientras más lo desearan, mayor provecho obtendría. El problema residía en que no era el único que se convertía en objetivo, especialmente cuando frecuentaba según qué zonas de la ciudad. Normalmente era cuidadoso, pero aquella tarde en concreto había cedido a los deseos de Anja de salir al exterior, y cuando quiso darse cuenta, ya estaba anocheciendo. El camino de vuelta a la humilde pero confortable casa que tenían los obligaba a pasar por los callejones más humildes de la ciudad, y aunque rezó a todos los dioses que nada sucediera, para varias, la suerte -tan esquiva para con ellos-, no estuvo de su parte. ¿O acaso alguna vez lo había estado? A veces su vida le resultaba tan patética que no podía hacer otra cosa más que reírse.

- ¿Philip? ¿Eres tú, verdad? -Simplemente el sonido de su voz logró hacer que se estremeciera de arriba abajo. - ¿Me recuerdas? Hace dos noches pasamos un rato de lo más entretenido... -La carcajada que siguió a sus palabras le supieron a mofa, a insulto, pero estaba completamente petrificado. ¿Cómo olvidarlo? Por culpa de aquel malnacido las marcas en sus muñecas y tobillos aún no habían desaparecido, al igual que el dolor en sus nalgas. - Vaya, vaya, no sabía que tuvieras... amiguitas tan jóvenes. ¿Qué te parecería que pasáramos un rato juntos? Dudo que se te levante con una cría, pero yo estaría más que encantado de enseñarle cómo se comportan las mujeres... -Lo que antes era miedo se convirtió en auténtica rabia, y de no haber estado la niña presente, le habría intentado golpear, aún a sabiendas que tenía todas las de perder. Anja se le quedó mirando, sin comprender qué era lo que estaba sucediendo. Y así deseaba que siguiera siendo. No necesitaba que su hermana supiera de qué modo lograba conseguir el dinero que necesitaban para vivir. Tras acuclillarse hasta quedar a su altura, le susurró que saliera corriendo en dirección a casa y cerrara la puerta con llave. 

La chica pudo escapar, pero Årsland no fue tan afortunado. En dos zancadas aquel tipo le dio caza. Y el joven no pudo mñas que cerrar los ojos y esperar que todo pasara. El cabrito apestaba a alcohol, lo cual no iba a ayudar precisamente a que se controlara. 


Una media hora más tarde, cuando se hubo dado por satisfecho, dejó caer el cuerpo inmóvil del prostituto a un lado, no sin antes arrojarle una bolsa de francos a la cara. Lo único que fue capaz de discernir, en el estado de inconsciencia en que se encontraba, era otra más de aquellas carcajadas. Y fue en ese preciso momento cuando se prometió a sí mismo que la siguiente vez que se lo encontrara, si es que lo hacía, lo abriría en canal y le cortaría aquella cosa apestosa que le colgaba entre las piernas. De lo único que no estaba seguro era del orden en que lo haría. Pero pagaría. 

¡Pagaría!


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Årsland P. Byström
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